Carta de Las Huelgas

Londres, hacia el s. XVI

El Maestro levanta la vista del pergamino y la dirige hacia la puerta, alta, apuntada, abierta, por la que entra a la carrera su secretario. Sin dejar de mirarlo espera a que el vampiro detenga el paso y se acomode las extrañas y pequeñas gafas. Ingenios que sin duda no necesita, y única afectación del austero subordinado que al Maestro siempre le ha parecido divertida.
—Monseñ...—comienza el vampiro, se trabuca un momento mientras elige mejor la palabra y tiende hacia el Maestro una abultada carta con el lacre abierto—. Señor. La Madre Abadesa de Las Huelgas, de Burgos.
—Sí, qué le pasa.
—Ha encerrado a nuestros enviados en la torre.
Qué.
—¡A pan y agua!
El Maestro lo mira, fijamente.
—Sabe que son vampiros ¿no?
—Sí, por supuesto—dice el secretario, luego traga saliva—. Lo del pan y agua es por... tradición, imagino.
—¿O por... fastidiar más?—pregunta el Maestro El secretario lo mira como sin comprender—Qué poco conoces el espíritu femenino.

El secretario no dice nada a eso, aunque parpadea varias veces. El Maestro gruñe por lo bajo.
—Maldita...mujer. ¿Quién se cree que es, el Papa?
El otro deja caer los hombros con abatimiento bajo la casulla de corte monacal.
—Pues... según su alcurnia dicen que, de hecho...
—Era una pregunta retórica.
El secretario no prosigue. El Maestro se queda también en silencio, mirando la carta que sigue en las manos, largas y delgadas, del otro vampiro. El documento se compone de varios pliegos unidos y tiene casi seis pies de longitud.
Finalmente deja lo que estaba haciendo y se recuesta contra el respaldo de madera y cuero del sillón alto.
—Bien. Un resumen— pide.
El secretario se acomoda de nuevo las pequeñas gafas redondas y ojea la apretada, elegante caligrafía de la carta.
—Dice que nuestros enviados son engendros del demonio e hijos de Satanás.
—Bien. Razón tiene, hay que decirlo.
—¡Maestro!
—Esta bien, está bien... continúa.
—Y que no les va a dejar salir hasta que renuncien a su depravación.

—Oh... dichosas mujeres. Son únicas para complicarlo todo—suspira el Maestro. Se levanta y camina por la habitación, entre las islas de luz que las velas arrojan en el piso de piedra. Se acerca a la ventana, y se apoya un momento en el lateral, la mano en las pequeñas columnas góticas que dividen en dos el vano. Afuera los álamos, casi sin hojas, tiemblan en el frío de la noche.
—Entiendo que no nos quiere dar la reliquia— dice.
El secretario se acerca unos pasos y –sin atreverse a tomar asiento estando su señor depié- deja la carta sobre la mesa y la estudia de nuevo.
—Dice que es una reliquia santa.
—Bien, si, pero para nosotros, no para ellos—dice el Maestro, volviéndose hacia el acólito—. O sea, es la mano de un hereje.
—Mantiene que es la de un Santo.
El Maestro maldisimula una sonrisa.
—Bien, esa sí es la eterna cuestión.
Camina de nuevo, alejándose de la ventana, del aire fresco, de los susurros de los árboles y de las criaturas de la noche. Se sienta a su mesa y hace seña al secretario de que lo imite. El vampiro con aspecto de clérigo toma asiento.
—¿Nuestros enviados le hicieron notar que es una garra de demonio de color verde?—pregunta el Maestro.
—La Señora Abadesa dice que se ve verde por la momificación.
—Lo cual explica también las uñas tres pulgadas y los símbolos demoníacos, claro.

El viejo vampiro coge como con descuido la copa de sangre que acaban de traerle –todavía caliente- y bebe un par de sorbos.
—Está bien, le escribiré—claudica.
El secretario carraspea para llamar su atención. El Maestro lo mira inquisitivamente
—Hay más—dice el subalterno—. Nos acusa de haber soltado entre las...eh... devotas y castas hermanas cistercienses al Señor de los Deseos más Ocultos e Inconfesables.
—Ese... pequeño diablillo. ¡No será verdad!
—¡No mi Señor! Es totalmente imposible—dice el secretario. Luego, ante la mirada fija y oscura del Maestro. Se apresura a añadir—. Lo he comprobado, no ha salido de su dimensión en los últimos cuatro meses.
El Maestro asiente con la cabeza. Tabalea con los dedos en la mesa abarrotada, mientras se pregunta por qué se le ocurriría fundar la dichosa abadía de las Huelgas a esa... maldita Plantagenet. Total, podía haberle puesto un altar a San Thomas Becquet en cualquier otra parte.
—A quien enviamos, recuérdamelo—pide.
—A Marcus de Cambria... ya sabéis, el anciano erudito.
—Si bien. No haría nada mas grave con una monja que pedirle la receta de las yemas. ¿Y quién era el otro?
—Guillaume de Lusignan.

El Maestro arquea las oscuras cejas.
—Refréscame la memoria: noble, encantador... y francés.
—Sí.
—Y también alto, moreno y con grandes ojos castaños.
—Sí, el mismo.
El Maestro lo mira, fijamente.
—Famoso ya en vida por sus atrevidos líos de faldas.
—Pues... ¿sí?—murmura el secretario.
—No hacía falta el demonio—suspira el Maestro—. Ese condenado lleva uno en los calzones.
El secretario se remueve, sin saber qué decir. Su timidez siempre sorprende al Maestro, aunque ya hace mucho tiempo que lo eligió para servirle.
Se queda un rato pensativo.
—¿Dice ahí si Lusignan ha alegado algo? —pregunta. El acólito asiente con la cabeza, enfáticamente.
—Si, que no es culpa suya, que las monjitas lo confunden y lo distraen de sus rectos propósitos.
—¡Oh, Dios! Entonces lo ha hecho—suspira el Maestro.
Bebe un trago de la copa, cuyo contenido ya se ha enfriado. Hace una mueca de desagrado y la deja de nuevo sobre la mesa. El secretario se inclina hacia él y toma aliento.
—La Abadesa exige veros a vos en persona—dice.
El Maestro se queda un momento pensativo. Luego se recuesta pesadamente contra el respaldo.
—Bien, necesitamos esa reliquia demoníaca— dice.
—Y... rescatar a nuestros enviados—murmura tímidamente el secretario. El Maestro lo mira un momento, intensamente, hasta que el otro baja la cabeza.
—Ganas me dan de dejarlos en esa maldita torre—gruñe el Maestro, luego añade—:  Le ofreceremos a la Abadesa... algo interesante para negociar. La localización de donde está enterrados los restos de... San Bartolomé de Bregantia. El auténtico, lo maté yo mismo. El que tienen en Vicenza no es él..
El secretario moja una pluma y extiende un pliego en el que va tomando rápidas notas.
—Malditos... entrometidos siempre vigilando, él y su Milicia de Cristo—rumia el Maestro, como para sí. Luego hace un gesto hacia el secretario.
—¿Y Agnelo de Pisa?—inquiere. El otro asiente y toma el nombre.
—Puede interesarles—asiente.
—Era un... franciscano alborotador—resopla en Maestro, todavía perdido en sus recuerdos. Luego niega con la cabeza— No, sólo es un Beato. Ella querrá mínimo un Santo.
Se quedan un momento pensativos los dos. El Maestro se pasa las manos por el pelo oscuro, recogido en una pulcra coleta baja. El otro hace un gesto con la pluma.
—¿Dejamos en reserva a San Luis de Brignoles? El Obispo—dice.
—Oh sí... a ése también lo maté yo. Lo había olvidado.
—Tenemos... habéis... Matamos a muchos.
—Y siguen saliendo—dice el Maestro, con un hondo suspiro. Luego hace un gesto displicente con la mano—. Creo que con San Bartolomé será suficiente. Les salen un montón de relicarios si les damos el esqueleto completo.
El secretario termina las notas, recoge la carta. En su cabeza se van formando ya las palabras con las que le contestará a la Abadesa. El Maestro ha cogido de nuevo la copa y aunque está fría por completo, la bebe de un trago.
—Esas mujeres endemoniadas...—murmura. Luego encoge los hombros—. Bien. España. Hace tiempo que no voy tan al sur. Prepáralo todo, ¿quieres?
El secretario se levanta, asiente con la cabeza. Antes de salir mira al Maestro y le dice:
—Esa insufrible Abadesa... a vos no se atreverá a afrentaros.
—¿Bromeas?—dice el Maestro—. Yo sólo llegué a obispo. Me encerraría sin dudarlo.
Pero el secretario casi nunca sabe si el Maestro habla en serio o está bromeando, ni siquiera al mirarle los ojos, y lo mismo le ocurre en esta ocasión.
Opta finalmente por pedirle la venia y salir de la sala, casi tan rápido como cuando ha entrado.

 

FIN


Notas: En reciente visita al Monasterio de las Huelgas (Burgos) nos contaba la guía que una de las abadesas, mujeres de armas tomar y mínimo categoría de Reina de España o similar, había mandado encerrar a cuatro sacerdotes que se negaban a cantar en la torre prisión que se encuentra a la entrada del conjunto monástico. A pan y agua, un mes, hasta que los díscolos imagino que cantarían ya de todo los pobres.
Inspirándome en esta anécdota, de la que no logro recordar quién entre las ilustres Abadesas de las huelgas era la protagonista, he escrito este divertimento.

Dedicado a Ehiztari y a Adicta, ellas ya saben por qué.

Gracias a nycox por su ayuda recopilando santos