Ocean de Dead can Dance

La serpiente

 

hacia 1845


No es una niña bonita, es demasiado alta y demasiado delgada, pero tiene unos grandes ojos soñadores  y un hermoso pelo oscuro que su madre le peina en bucles y tirabuzones. Como todos los niños, vive en un mundo propio. Uno lleno de castillos, hadas  y caballeros que salvan a su princesa, como en los cuentos que lee, a escondidas en el desván, porque el médico de la familia se los ha prohibido aduciendo que son malos para su temperamento nervioso.

Muy joven todavía, sus días transcurren en la casa apacible y silenciosa, en el jardín de rosas de la parte de atrás. Su vida son los juegos, la iglesia, las lecciones, y las clases de piano, donde indefectiblemente aprende a tocar himnos religiosos, la única música permitida por su padre.
Pero es una niña feliz, que ríe con sus hermanos y juega a servir el té a sus muñecas. Salvo en esas veces, claro. Cuando el tiempo se enreda.
Entonces oye voces, y ve cosas, cosas terribles. Como cuando, sin saber apenas hablar, señaló la olla que al romperse escaldó a la criada.

Drusilla la mayor parte del tiempo vive en un mundo sin horas, donde el futuro aparece con la misma claridad que el presente o el huidizo pasado, pero de todos modos los niños no comprenden el tiempo y no le preocupa demasiado. Sí las cosas que ve, a veces. Ve muchas cosas antes de que sucedan, aunque ya esta aprendiendo a no contarlo porque terminan castigándola en la leñera. Pero otras tiene que decirlas, pese a todo, aun arriesgándose al castigo. Son demasiado terribles.

—Esas cosas provienen del diablo—murmura la madre, manos enharinadas. Se las limpia en el delantal, ante los ojos de la pequeña—. Tengo que castigarte de nuevo, es por tu bien.
Pero temo que, así como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestras mentes sean desviadas de la sencillez y pureza de la devoción a Cristo—dice el padre, con su voz de trueno, desde las alturas—. Corintios II, 11:3

Pero ella intenta ser feliz, a su modo. Con la inconsciencia de la infancia que le permite olvidarlo todo para correr por el jardín junto a sus hermanos, con los bolsillos del pequeño mandil llenos de galletas recién hechas.
Aunque siempre la acechan las cosas que ve. Pueden saltar ante sus ojos en cualquier momento. Inmisericordemente madura para su edad, sus temores no son los susurros y duendes nocturnos de otros niños. Ella vive con el miedo al Demonio, a perder la Gracia de Dios. A ser arrastrada por las sombras. Ella ha visto a su compañera Edith rodeada de nietos, meneando sonriente la cabeza blanca. Pero nunca se ve a sí misma. Quizás de algún modo -desde su escasa comprensión del tiempo, porque los niños no comprenden el paso del tiempo- intuye que no tiene futuro.

Pasa noches de pesadillas, debatiéndose entre el temor y la necesidad de contar lo que ha visto. Finalmente lo hace, a una de las criadas. Horas vuelta contra la pared, mientras en la sala juegan sus hermanos. No le permiten volverse a mirar los juegos.
El médico de la familia, un anciano malhumorado poco propenso a tolerar las tonterías de las mujeres, le receta dos gotas de láudano antes de dormir. Con eso las pesadillas ceden un tiempo. Aunque empeoran las visiones y la sensación de estar parada mientras el tiempo se desbarata a su alrededor yendo y viniendo como a oscuras olas.

—¡Eres una niña mala! El diablo va a venir a buscarte y te llevará consigo—riñe la madre, con aspereza. Y luego, indefectiblemente, la voz del padre en tono admonitorio, tonante.
—¡En esta casa no cedemos ante los trucos del Maligno!

La serpiente es el mayor de sus terrores, y hay una en la leñera. La mira con sus ojos amarillos y brillantes de demonio. La pequeña grita gritos de terror mientras la serpiente avanza entre la oscuridad del carbón y la madera seca. Ella grita que hay una serpiente en la leñera, lo grita con voz aguda, destemplada por el pánico. Pero está castigada por decir a los vecinos que la rama del viejo manzano iba a romperse y caería sobre la casa, y nadie viene a sacarla.

Ojos llenos de cansada incomprensión de la madre. Ojos como ascuas, del padre. A su derecha la omnipresente Biblia que lee por la tarde a su familia.
Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua que se llama el Diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él. Apocalipsis, 12:9

Y por un momento, en el paroxismo de su terror, en la claustrofóbica oscuridad, con la serpiente mirándola, Drusilla tiene un atisbo de otros ojos animales que la vigilan, unos ojos de demonio. Y se dice que sus padres tienen razón, que está maldita, que será arrojada de la tierra a los infiernos, como los ángeles de Lucifer, porque puede verlos ahora a todos hechos pedazos mientras monstruos de ojos amarillos y afilados dientes los devoran. Los limones que está cortando su madre, también amarillos, caen desparramados por la encimera, por el suelo, y los gritos que la niña escucha ya no son solo los suyos, sino los de sus hermanas y hermanos. Y ve al Demonio, el Demonio que viene a buscarla, pisando con sus elegantes botas los charcos rojos de sangre.
Es un terror que no comprende, que no quiere oír, que no quiere ver. Por eso, más que por la serpiente, es por lo que grita y grita ahora hasta que, agotada y sin aliento, la negrura se cierne sobre su espíritu y pierde el conocimiento.


FIN