El juego

Londres, hacia 1885

Corren aterrorizadas por los sucios adoquines, la mujer arrastrando a la niña, contra la lluvia a ráfagas, contra el vaho de vapor espeso como niebla, amargo de suciedad y salitre. Él las sigue de cerca, a pasos firmes, rápidos, seguro de que puede atraparlas. El terror de la huída hace que ella  apenas mire por donde pasan, imágenes a ráfagas inconexas, muros sucios de hollín, ladrillos viejos, cristaleras sucias de las fábricas, el olor del río, el puente del río, escalones, bajando hacia el paseo. Las largas faldas le dificultan la carrera, la niña agotada es casi un peso muerto tras de ella. No hay nadie en una noche tan desapacible, nadie a quien pedir ayuda, nadie que las oiga gritar.
Comienzan a bajar los escalones y entonces la mujer lo escucha más cerca. Oye los pasos de sus botas en los adoquines húmedos, el siseo de la seda del forro de su rica capa. Oye su risa. El terror la paraliza y se queda atrapada en esas viejas escaleras y simplemente no puede moverse, y tiene tiempo de fijarse en la barandilla de hierro ennegrecido, desgastado por el uso, los dibujos del liquen en los escalones, los signos ilegibles que el tiempo ha trazado en las piedras, los escalones los hierros la balaustrada los relieves de cada entrepaño las telarañas roces de óxido herrumbre que le deja sabor amargo en la lengua, metálico al respirar, y lo escucha de nuevo, cada vez más cerca, siempre cada vez más cerca, y oye gemir de miedo a la niña cogida de su mano, siente retumbar los pasos de su perseguidor cada uno de los escalones más cerca, cada vez más cerca, está bajando y ella no consigue moverse, hasta que la niña aterrada le clava las uñas en la mano y abre la boca y todo llega de golpe, como en una tormenta, el movimiento y con él el grito, los gritos, el grito de terror, los pasos acelerados escaleras abajo.
Siguen huyendo. Ella corre y corre hacia el exterior anochecido, hacia los árboles agotados por el invierno, por la ribera del río, hacia no sabe dónde. Es el movimiento en sí -como un animal enloquecido, desbocado y totalmente independiente de su voluntad- el que la hace correr. La niña sigue cogida de su mano, una muñeca delgada, enfundad en sus ropas de invierno, todo jadeos y corazón latiendo rápido en el pecho. La mujer tiene los oídos tan llenos de sonidos que casi cree escuchar su propio corazón también desbocado.
intentando perderlo suben de nuevo, escalones, balaustradas, resbalar y levantarse, las piedras mojadas por la lluvia y la niebla, corren contra la oscuridad, escuchando al monstruo que las acecha, que no las deja, se meten corriendo por callejones tan estrechos que ella tiene que correr con la niña, prendida de su mano muy por detrás.
Ahora no lo oye, no consigue oírlo, no escucharlo detrás le produce un terror más intenso, un miedo antiguo y negro que le impide pensar, porque no puede predecir dónde estará, qué estará haciendo, si va a saltar sobre ellas, y se detiene girando, girando, girando en la estrecha calleja, escuchando el silencio, la ausencia de pasos, de risas.
En el paroxismo de su terror, la niña tira de la mujer hacia una puerta baja, como la de un horno o una leñera. La mujer la para en seco, apretándola protectoramente contra su cuerpo.
-No ¡No!-gime, los ojos muy abiertos por el miedo- Hay una serpiente.
La niña no la comprende, pero se halla más allá del raciocinio. Escuchan un sonido, el caer de una piedrecilla desde el muro, o el tintineo de un trozo de cristal movido por una rata. Corren de nuevo, a trompicones, hacia la salida del callejón, jadeando ambas, el corazón de la niña amenazando con salirse de su angosto pecho.
Al volver la esquina él sale de las sombras y las atrapa. El terror las paraliza por completo. La mujer grita como un animal, intentando arañarle, defenderse. El hombre le sujeta las muñecas, casi con suavidad, y asiente con la cabeza, sonriendo.
—Lo has hecho muy bien—le dice.
Entonces la mujer se queda quieta, y después asiente, como volviendo en sí, y su rostro se transforma en el de un monstruo. Se inclina hacia la pequeña. La niña intenta gritar pero ya no le queda aliento.
—Deja algo para mí—sonríe Angelus. Drusilla no le contesta, ocupada en morder el tierno, fragante cuello donde palpita una vena azulada.


FIN