Cuento de invierno


antes de 1700

I.

El silencio en el bosque invernal es absoluto. Una gruesa capa de nieve helada cubre el suelo, los árboles desnudos no se mueven, presos en sus cárceles de hielo. El Maestro alza los ojos hacia arriba. Las finas ramas, muy negras contra las nubles, permanecen estáticas, silenciosas, como si el tiempo mismo se hubiera detenido. Aunque apenas pasa del mediodía el cielo está tan oscuro, las nubes son tan plomizas, que apenas necesita la capa para cubrirse.
Comienza a nevar de nuevo. El Maestro mira desdibujarse las pequeñas, rápidas huellas que ha dejado la muchacha en su camino hacia el pueblo.
Apoyándose contra un viejo roble cruza los brazos y espera.
No debe hacerlo mucho tiempo. La presiente antes de olerla, y la huele mucho antes de verla llegar por el camino crujiente de nieve nueva. Es una muchacha muy joven, de rubias trenzas, que camina apresuradamente, decidida. El Maestro la observa acercarse, una figura delgada, aterida, que apenas levanta los ojos del suelo al caminar. Viste una llamativa capa roja, con la capucha echada. Una niña muy querida, para que hayan gastado en ella una lana de tinte tan caro. Al hombro lleva una ballesta de caza, y en el brazo una cesta de mimbre cerrada. Sus botas oscuras de puntera levantada dejan huellas crujientes sobre la nieve que ya se congela.
Cuando pasa por su lado ella se detiene en seco y, dando un pequeño paso hacia atrás, lo mira fijamente. El Maestro espera unos segundos, alerta. Pero ella no se mueve, sólo lo mira sorprendida. El se echa hacia atrás la capucha bordeada de piel, revelando unos largos cabellos oscuros, unos ojos negros descorcentantemente viejos en el rostro todavía joven.
— ¿Dónde vas con este frío, pequeña?—le pregunta. La joven respinga, como si no hubiera esperado que él hablase, como si esperase que no fuera real sino una aparición.
— A casa—murmura. El Maestro se separa del árbol, avanza unos pasos hacia la joven.
—Pronto anochecerá. El bosque es peligroso cuando oscurece.
— Es peligroso a cualquier hora— dice ella.
— Ya. Pero no para ti ¿verdad?
La joven abre involuntariamente los ojos por la sorpresa. Pero tiene temple, y no demuestra nada más. Da otro paso atrás, alejándose del maestro.
— ¿Cómo te llamas?— pregunta él. La joven parece pensarse unos momentos si responder o no.
— Irina Vasilyevna—susurra al fin, luego alza el joven rostro enrojecido por el frío, retadora— ¿Y vos?
—Oh. Mi nombre— el Maestro parpadea. Tarda un poco en responder, como si hubiese olvidado la palabra en las corrientes del tiempo— Richard— dice finalmente.
La joven asiente con la cabeza. Aprieta un poco los labios. El Maestro puede sentir lo que pasa por su cabeza con total claridad, cómo ella se debate entre seguir su camino alejándose del obvio peligro, o quedarse a luchar contra lo que tiene que saber que es un vampiro.
Una leve sonrisa se dibuja en su rostro apuesto.
—¿Qué llevas en esa pesada cesta?— le pregunta. La joven no le quita los ojos de encima. De su altísima figura, de la capa de lana y ricas pieles, ahora algo abierta, que deja ver las vestiduras de invierno oscuras, con ostentosos bordados en el cuello.
— Provisiones— dice ella escuetamente. El Maestro asiente con la cabeza.
—¿Para tu... abuela?— pregunta.
La muchacha se tensa perceptiblemente. No le contesta. El Maestro asiente varias veces con la cabeza. Luego hace un gesto hacia la señal de madera junto al camino, gris y estropeada por el tiempo y los inviernos, que señala las dos direcciones de la bifurcación.
—Te dejo el camino más corto— le dice.
—No os creo— contesta ella.
— Está bien, elige tú.
La joven parece dudar un momento.
— Puedo matarte ahora mismo— dice valerosamente, entre dientes, acercando la aterida mano hacia el interior del cesto. Sus ojos brillan con la dureza del hielo, bajo los mechones de un rubio muy claro, casi blanco, que escapan de la capucha roja.
El Maestro se encoge de hombros.
—Puede que sí o puede que no— le susurra con su voz musical, educada, aristocrática — Pero si te entretienes más aquí ¿lograrás llegar a tiempo junto a tu abuela antes de que la maten mis lobos?
La joven ahoga un gemido. Tiene temple, desde luego que lo tiene, el maestro ya se ha dado cuenta antes. Ahora lo demuestra de nuevo cuando, sin dedicarle otra mirada, echa a correr por uno de los caminos.


Parado frente a la encrucijada, el Maestro la mira correr hasta que su figura encapuchada de rojo ya no es visible entre los desdibujados árboles, bajo el cielo que oscurece por momentos. Los pasos suaves de su secretario lo hacen volver la cabeza. El hombre, aterido bajo la capa austera, clerical, se sitúa a su lado mirando la impenetrable arboleda invernal.
— ¿Va a intentar salvar a su abuela?—pregunta.
— No es su abuela, es su Vigilante— gruñe el Maestro— Y le debemos una.
— Fue hace mucho tiempo.
— Vivimos mucho tiempo.
— Pero vuestros licántropos ya estarán ahí. Quiero decir...
— ¿Que he hecho trampas?— pregunta el Maestro— ¡Un poco de diversión, Thomas! ¿Sabes siquiera lo que es eso?
El secretario no contesta.
— Ha tomado el camino más corto—señala al fin. El Maestro asiente, luego sonríe un poco.
— Sí, claro. Conoce estos bosques— dice. Luego sonríe torcidamente— Pero ella no tiene caballo.
Alza la mano y hace un gesto con los dedos, sin volverse. De inmediato le acercan su montura, un hermoso semental negro que corcovea impaciente, exhalando nubes de vaho por los ollares. El maestro monta ágilmente, da una vuelta encaminando al caballo hacia la derecha.
—Alcanzadme en la cabaña— dice, y sale al galope.



II.

La cabaña es pobre y muy antigua, apenas un montón de piedras con gruesos contraventanos de madera y un techo de paja casi hundido bajo el peso de los años y de la nieve. Las ramas más bajas de los árboles cercanos la acarician, susurrando bajo la gélida brisa. A la derecha hay un viejo pozo cubierto, del borde del cubo penden carámbanos de hielo. También hay hielo sobre la pila de troncos cortados junto al muro, al dudoso abrigo del alero.
Hay un silencio absoluto.
El Maestro desmonta, camina hacia la puerta de madera. Se inclina para franquearla y entra en la casa. El fuego arde en la chimenea de piedra. Huele a hollín y a cerrado, y también poderosamente a sangre. Echa una mirada alrededor. La sangre está por todas partes, en el lecho donde la vieja vigilante yace con la garganta desgarrada. Donde la sangre ha empapado el edredón y la ropa de cama y ha goteado hasta el suelo de madera. En un rincón, junto a las paredes también rojas por la sangre, yacen los licátropos, las figuras de dos hombres desnudos, muertos con brutales heridas de hacha. El Maestro suspira hondamente.
La joven cazadora lo mira desde el rincón. Todavía tiene el hacha ensangrentada entre las manos, la sangre cubre las mangas de su vestido de lana, su cabello trenzado, y el rostro muy pálido, de grandes ojos azules. No se ha quitado la capa roja. Toda la escena es negra y blanca y roja, con colores violentos, demasiado nítidos, casi dolorosos para el Maestro, como una vidriera demasiado iluminada por el sol.
Sus hombres llegan en ese momento, y entran en la casa para reducir a la joven. Ella es valiente, y diestra, y sin duda matará a varios antes de ser capturada. El Maestro no se queda a ver la pelea, sale al exterior y espera a que la encadenen. Mira hacia arriba. Nieva con más fuerza, las ramas desnudas de los árboles ateridos se van cubriendo de blanco. Está oscuro como de noche ya pese a lo temprano de la hora. Nadie sería capaz de todos modos de ver el sol en ese sinfín de nubes oscuras.
Su secretario también espera fuera. Le tiende una botella de aguardiente, de la que el Maestro bebe un par de tragos, un remedo fugaz de calor en el estómago. Luego bebe él también un discreto sorbo. El frío es infernal en esas latitudes, y va en aumento conforme desciende el sol. Algunos de los hombres están ya encendiendo un fuego junto a donde esperan los caballos. El Maestro sigue la mirada de su secretario hacia interior de la casa, a través de la puerta abierta.
—Ya tenéis lo que queríais ¿no?—se atreve a hablar el secretario— La Vigilante está muerta. Vinimos aquí por ella ¿no es así?
El maestro guarda silencio unos momentos. Luego mira al otro de reojo.
—Thomas... no es tu hija—le dice, en voz baja— Y tampoco puedes salvarla.
El secretario baja la cabeza, no dice nada más.



III.

El Maestro entra de nuevo en la casa, seguido por su secretario. El fuego casi se ha extinguido en la chimenea, casi hace más frío ahí que en el exterior, en el campamento con buen fuego. La sangre va coagulándose en el suelo, en el cobertor, en las paredes, en el cuerpo muerto de la vigilante. El frío es tan intenso que el Maestro no puede oler el inicio de la corrupción del cuerpo, casi congelado. La joven sigue junto al muro, acurrucada en el suelo. Fuertes cadenas de hierro sujetan sus muñecas y sus tobillos. Sigue llevando la capa roja sobre el vestido de gruesa lana azul.
— No sé si podrías romper ese hierro— le dice el Maestro, señalando las cadenas— Con las Cazadoras nunca se sabe. Pero está reforzado con magia. Sólo por si acaso.
Se inclina y recoge un pequeño banco de madera. Lo coloca frente a la joven y se sienta en él apartando elegantemente la capa oscura.
— Nos matas porque somos vampiros—pregunta. Ella lo mira a los ojos — Porque ¿sabes?—continúa el Maestro— Esto no es uno de esos casos de posesión, que haces salir al demonio y ya. O sea, esto —se señala a sí mismo con ambas manos— esto es todo lo que hay. No hay nada que rescatar. Así que no puedes poner alguna absurda excusa de que nos quieres salvar o algo parecido.
Ella aprieta los labios.
— Matáis a los seres humanos—dice al fin.
— Bien. Los tigres y los lobos también lo hacen. ¿Matas a todos los tigres?
La joven parece dudar.
— Algunos tigres nunca han matado ni matarán a un ser humano, claro pero ¿matas a todos los tigres?
Ella aprieta un momento los labios.
— No— susurra.
— Pero a los vampiros sí. Aunque nunca hayan dañado ni vayan a matar a un ser humano.
Ella no contesta.
—Interesante. Da que pensar ¿verdad?— el maestro ríe suavemente, entre dientes. Su cara, entre los reflejos del fuego de la chimenea que ya agoniza, ha cambiado, y su rostro animal de ojos rojos sorprende a la joven, que respinga bajo la capa roja.
— Bien, evidentemente no es mi caso, he matado a muchos humanos, y pienso hacerlo muchas veces más. Y tú... simplemente matas vampiros. Eso es lo que haces.
La joven no dice nada.
— Bien. Es bueno tener claras las cosas— suspira el Maestro.— Por ejemplo, sabes que voy a matarte— la joven contiene el aliento y se pega más al muro, un movimiento de defensa inútil que deleita al Maestro — Pero te voy a dar a elegir. Seguir muerta, pudriéndote en esta cabaña... o levantarte como yo.
La joven ahoga un gemido de terror. El Maestro paladea su miedo, su angustia, su aterradora sensación de que todo se acaba y bajo todo eso, su ansia humana, animal, de seguir viviendo. La mira fijamente, a los ojos tan jóvenes, inocentes. Sabe que puede subyugarla con su mera presencia, con su magnetismo irresistible de vampiro, con el poder negro de su mirada, capaz de alentar en su espíritu imágenes de delicias futuras.
— Te conozco— se inclina muy despacio hacia ella, pasando suavemente los colmillos por el blanco cuello, ella se estremece como un pajarillo— No a ti, claro. A tu demonio, como quieras llamarlo, a eso que tienes dentro. Ya nos hemos enfrentado antes. Y supongo que volveremos a hacerlo.
La joven logra apartarse echándose a un lado. Las cadenas tintinean, lo mira sin comprender.
— ¿Qué queréis decir?
— Tu demonio es inmortal. Simplemente pasa de un cuerpo a otro. Fascinante ¿no te parece?
— ¡Yo no tengo ningún demonio! — gime ella. El secretario carraspea detrás del Maestro.
— Sire ¿debéis contarle estas cosas?
— ¿Y qué más da? Voy a matarla— el Maestro la mira, casi con ternura— Bueno, nunca he convertido a una Cazadora. Por supuesto, he matado a un par de ellas. Pero convertirlas... ni siquiera estoy seguro de si funcionaría. ¿Qué opinas, Thomas?
— No lo sé, mi Señor—. El secretario parece incómodo, se limpia nerviosamente las inútiles, absurdas gafas redondas.
— Quiero decir, ahí dentro ya hay un demonio. Quién sabe si no sería posible.
La joven lo mira todo el tiempo, los labios apretados. El Maestro asiente con la cabeza, su rostro es humano de nuevo.
— De todos modos me gustaría intentarlo—se acerca otra vez y se inclina hacia ella, hasta que la tiene tan cerca que los latidos de su cuello reverberan en sus labios cuando le besa suavemente la piel muy blanca— Bien, Irina Vasilyevna, Cazadora de Vampiros —le susurra al oído— ¿Quieres tú que lo intente?
La joven abre la boca para decir algo, quizás para gritar, para negarse, para insultarlo, para repetir que ella no es ningún monstruo demoníaco. Pero finalmente cierra los ojos y no dice nada. El Maestro asiente, se incorpora. Con suavidad, lentamente, le desabrocha la capa roja, que echa hacia atrás, hacia su secretario.
— Ya no necesitarás esa capa. Ni tampoco tus armas. Todo estará al alcance de tu mano y de tus colmillos. Podrás coger lo que quieras — vuelve la cara hacia la puerta, en la que se recortan los árboles congelados— Con la luna. Es el mejor momento—dice, saliendo al bosque. EL secretario sale tras de él, aferrando contra su pecho, con dedos nerviosos, la capa roja todavía cálida.


IV.

Llevan rato todos esperando, junto a la crepitante hoguera. De tanto en tanto pasan la botella de aguardiente. Contagiados del ambiente invernal, silencioso, gélido, nadie habla más que en susurros. Como no podía verse el sol, tampoco se puede la luna. Aunque el Maestro finalmente la intuye, un aroma pálido, de plata y hielo blanco, que acaricia suavemente la superficie de la nieve pisoteada del camino.
—Es la hora—dice.
Se encamina solo a la pequeña casa de piedra. Abre la puerta de madera y pasa al interior. Pasea la mirada por la casa fría, silenciosa, por los carbones apagados de la hoguera, por las manchas de sangre negras en la oscuridad pero brillantes para sus sentidos de vampiro, por las cadenas tiradas en el suelo de madera, cubiertas de escarcha como cuajadas de joyas.
La muchacha ha desparecido.
Permanece en silencio unos momentos, mirando los grilletes rotos.
—Thomas—susurra al fin. Es suficiente para que el secretario entre en la choza, cruzando la desigual puerta de madera.
—Es la última vez que me haces algo así. El perdón no ha estado nunca entre mis virtudes. Ni siquiera cuando era humano.
El secretario no le contesta, sólo baja la cabeza. El maestro lo mira un momento, de manera inescrutable. Un espíritu más idealista que el suyo quizás habría visto una sombra de piedad en los ojos oscuros. Pero sea como sea es fugaz y desaparece enseguida.
Sale de la casa a pasos largos, airados, sin mirar atrás, hacia la noche invernal.


FIN