El despertar

 

Entre 1250 y 1272 fue Arzobispo de Canterbury Bonifacio, un noble originario de Saboya, hijo del príncipe Peter de Saboya, y tío de la reina Leonor, esposa del monarca reinante en Inglaterra, Henry III.
Era un curioso personaje, magnánimo en cuanto a gastos, quizás derrochador, que se ocupó en mejorar edificios eclesiásticos. Odiado por el pueblo de Londres, tuvo que retirarse por su propia seguridad a Lambeth (su residencia oficial como Arzobispo de Canterbury), donde permaneció recluido por espacio de tres años, que dedicó a reconstruir el castillo, la biblioteca y la torre Lollard.
Historiadores contemporáneos dicen de él que era personaje atractivo pero cruel, arrogante e insolente. Y que le odiaba todo el mundo, y que de no haber escapado finalmente a su Saboya natal, muy probablemente habría sido asesinado por los ciudadanos de Londres.

Bajo la férula de Bonifacio ascendía en la dignidad eclesiástica Sir Richard Talbot, miembro de la nobleza normanda, hijo de un noble del mismo nombre y de la dama también normanda Aliva Basset. Tenía un hermano, Gilbert, y era sobrino por parte de madre del Obispo de Londres Fulk Basset.
Richard Talbot ocupó las prebendas de Mora y Finsbury en la Diócesis de Londres antes de ser nombrado Tesorero de la Diócesis el 20 de Agosto de 1257. Fue nombrado Deán de la Iglesia de St. Paul de Londres el 26 de Enero de 1262. Tras ostentar estos importantes cargos eclesiásticos, finamente fue elegido Obispo de Londres el 18 de Agosto de ese mismo año 1262.
Pero murió la noche entre el 28 y el 29 de Septiembre, justo antes de ser consagrado.

En noviembre de ese año, otro hombre fue nombrado Obispo de Londres. Nada se sabe de las circunstancias de la muerte de Richard Talbot. Sólo silencio.




Ya han pasado unas horas desde su despertar. Ha sido un despertar confuso, doloroso, aterrador, aunque se haya producido en su propia cama de suntuoso baldaquino verde y oro. Un despertar desde más allá de la negrura del sueño, desde más allá de la muerte. Luego unas horas silenciosas en las que ha terminado sentándose, quizás por costumbre, en el sillón de respaldo alto de madera tallada que hay junto al muro este.
La noche no es tan silenciosa ahora, se dice mientras medita, también quizás por la fuerza de la costumbre, sobre su nueva situación. Sobre los nuevos mensajes que le mandan los sentidos, vivificados por esa extraña condición en la que se encuentra. Puede oírlo todo, el susurro de las alas de los murciélagos, el repiqueteo de los pasitos de las ratas dentro de los muros dobles, el murmullo de las hojas de los árboles -álamos y robles- en el exterior, bramando como los bosques de Dodona de la antigüedad. El gotear de la cera de las velas, un sonido para el que tendría incluso que inventar un nombre. ¿Un nombre para el tiempo que se escapa? ¿Algo como melifluo quizás?. Miel, demasiado caliente. ¿Como de savia? Demasiado rápida... cera, cera goteando, resbalando, marcando el tiempo. El sonido del tiempo, que ahora ya no importa.
—Soy inmortal ¿no?—pregunta.
—Sí, monseñor— responde la voz, entre las sombras.
El asiente, varias veces. Apoya la barbilla en la mano.
—Imaginaba muchas cosas del Arzobispo de Canterbury, pero no ésta—dice, en voz baja, quizás con una nota de reproche.— Me sorprendió lo frías que tenía las manos.
—Su Ilustrísima se excusa por no poder estar presente—dice el acólito, saliendo de la oscuridad, lleva ropas de presbítero— Se le ha requerido de urgencia en la corte.
—Bien, lo entiendo— dice él— Su Ilustrísima es un hombre ocupado—duda un momento, arquea las cejas, negras y bien definidas— ¿Somos...hombres ahora? ¿Qué somos exactamente?
—Vampiros, mi señor—dice el otro.
—Vampiros. Bien.—vuelve la cara hacia la cama de nuevo, hacia el cadáver de su chambelán. Sigue donde lo ha dejado, las ropas revueltas y descompuestas, él que siempre fue tan atildado. Los ojos fijos mirando el techo del baldaquino con la escena de la anunciación que a él también le gusta tanto mirar. Se vuelve hacia el acólito — Y nos alimentamos siempre así ¿no?... de sangre.
—Sí, mi Señor.
Él queda un momento pensativo, luego ríe por lo bajo, un sonido cloqueante, como la risa de un cuervo.
—Así que se acabó ese engorroso asunto de la transubstanciación, ¿eh?
—Pues...—dice el otro, que al parecer carece absolutamente de sentido del humor. Él lo requiere con un gesto imperioso de la mano.
—Mmmm.. y dime ¿el Arzobispo de York también es un vampiro?
—No sabría deciros, monseñor.
—Bien. No importa. Supongo que no tardaré en averiguarlo.
Da vueltas entre los dedos al solideo morado, que imagina ya no va a necesitar. Lo deja a un lado haciendo un mohín, quizás de disgusto. Aunque quizás tan sólo de fastidio, como si alguien le hubiera cambiado los planes a última hora.
—Bien—dice—Tampoco es tan diferente. Seguimos en el mismo negocio, al fin y al cabo.
—Es...una forma de verlo—dice el otro, inseguro. El hombre moreno se recuesta en el asiento de madera tallada y cuero, que cruje con el movimiento.
—Bien—repite, haciendo un gesto con las manos, blancas y de largos dedos— Almas y condenación eterna ¿no? — no obtiene respuesta y no dice nada más. Al cabo de un rato parece haberse sumido en sus meditaciones de nuevo.
—Tendrán que elegir a otro en mi lugar—dice, como para sí—A ese idiota de Henry Sandwich, posiblemente.
—Están ponderándolo ya—informa el presbítero, en un susurro. El nuevo vampiro se queda un momento quieto, luego hace un gesto despectivo con la mano, como si apartase polvo.
—Bah, no durará—dice.
Se queda mirando de nuevo hacia la cama, al cadáver del hombre, pálido, del que puede oler ya el comienzo dulzón de la descomposición. El otro carraspea levemente, llamando su atención. Señala con la mirada el estrecho ventano ojival, por el que se empieza a vislumbrar el rosado resplandor del nuevo día. Él parece tardar un momento en comprender, luego suspira.
—Ah, sí, el sol. Eso sí ha cambiado—dice, levantándose. Echa una mirada hacia la ventana— De todos modos nunca me gustaron los amaneceres — dice, con suficiencia — Demasiado pálidos.
Sale de la sala haciendo ondear a su paso las vestiduras, todavía clericales. Justo antes de cruzar la puerta se vuelve un momento hacia su informante y le pregunta, con aire casual:
—Las mujeres no están prohibidas ahora ¿no?
—Eh... no, mi Señor—dice el acólito, parpadeando— Al contrario. Se supone que está...esto...bien corromperlas y arrastrarlas a la...er...perdición carnal.
—Bien, bien. ¡Excelente!—dice el Maestro, retomando su camino— Siempre tuve un cierto problema con eso.


 

FIN


 

Notas: Como ya lo imaginé en el primer fic que escribí sobre el personaje, el origen y cargos del Maestro, así como la época, son licencia del autor.
No así todo lo demás... que como dice vicenivi, no me he inventado nada, estaba todo ahí!

Los detalles biográficos tanto del Obispo Richard Talbot como del Arzobispo Bonifacio son reales, y han sido extraídas de la British History on line apartados Bishops of London y Archibishops of Canterbury.
El rey Henry III en la wikipedia

Los cargos eclesiásticos más importantes de Inglaterra son, en este orden,  el Arzobispo de Canterbury, cabeza de la Iglesia de las islas, el Arzobispo de York, el Obispo de Londres, el Obispo de Durham, y el Obispo de Winchester.

Los tratamientos (Ilustrísima, Excelentísimo, Reverendísimo señor, etc) varían completamente del tratamiento protocolario al eclesiastico, y tampoco hay mucha manera de saber el correcto en la Inglaterra del XIII y encima, acertar con la traducción. Tampoco considero que tenga gran importancia para un texto tan corto.

Gracias a Adicta por la ayuda con el formato del fic.