Cambio de planes

Colonia de Virginia, 1609



El Maestro mirando por la ventana, hace rato que ha oscurecido y las calles enlodadas y sucias de Jamestown siguen llenas de gente. Borrachos la mayoría, pese a que apenas hace una hora que ha bajado el sol. Aunque al Maestro no le extraña, tener que vivir en ese pueblucho es como para pasar borracho toda la noche y el día.
Se inclina un poco más para mirar por el sucio vidrio de la ventana. Vidrio auténtico, aunque de mala calidad, que distorsiona la vista de las calles. Bien, tampoco es que haya mucho que ver. Algunas casas de madera, alguna de un par de pisos. Todas son forzosamente nuevas y en cambio ya están cubiertas de una recia capa de suciedad, lodo y verdín, las tablas despintadas y grises, los tejados combados por las lluvias y los vientos. Toda la calle es un lodazal y en casi ningún lugar se han molestado ni en poner unos tablones. Hay lámparas de aceite de tanto en tanto iluminando la noche, colgando de postes o de los muros de las casas, pero el Maestro imagina que más que por dar una iluminación civilizada son para intentar minimizar el ataque de las hordas de insectos que han aparecido con el frescor de la noche, desde los pantanos. No obstante sí que hay gente, y casas, muchas casas. Un gran asentamiento, aunque se parezca más bien a lo que quedaría tras el paso de una violenta riada.
—Dos años de la fundación de este... poblacho y hay que ver cuanto han construido.—dice
—La compañía de Virginia es muy próspera, excelencia— dice su secretario, tras de él.
—Sí, uno supondría que piensan quedarse.
—Desde luego lo parece.—confirma el acólito—Alardean de haber llegado a estas tierras en primer lugar.
El Maestro se gira hacia el otro vampiro, lo mira, un momento.
—Bien, los jesuitas llegaron antes. Siempre lo hacen. Y generalmente enseguida los siguen esos desarrapados de los franciscanos.
—Eso es cierto— sonríe el otro— o obstante, somos ingleses. Y hay que apoyar a la Corona.
—Si hay que apoyar a alguien... —el Maestro medita un momento, luego suspira — Aunque te recuerdo que Sir Walter Raleigh está en prisión, pese a las buenas palizas que ha dado a los irlandeses. Y a precisamente descubrir... redescubrir este apestoso pantanal. Lo que nos demuestra de nuevo cuan ingrata puede ser la Corona para con sus defensores.
—Walter Raleigh es un...maldito traidor y un... mujeriego—murmura el secretario
—Y quién no—suspira el Maestro— Hablas como tu rey Jacobo. Que posiblemente no ha podido tirárselo y ese es todo su problema.
—¡Mi señor!—gime el secretario, palideciendo. Quizás más por lo vulgar del lenguaje del viejo vampiro que por lo que está diciendo. El Maestro ríe, una risa divertida, seca, malévola. Sus ojos rojos se clavan en él.
—De todos modos mientras el Arzobispo de Canterbury sea uno de los nuestros siempre nos irá bastante bien, tenga quien tenga tu querida Corona.— asevera.
El secretario no contesta nada a eso. Se dirige al escritorio, sin ninguna duda traído de Europa que ocupa gran parte de la pequeña estancia que hace las veces de sala en las habitaciones contratadas del hotel, recoge un  par de carpetas de piel, un fajo de legajos. Comprueba la posición de la bien nutrida bolsa de dinero que guarda bajo las ropas.
De la parte de abajo del hotel, que hace las veces de taberna, les llega el alboroto de cantos y risas. En toda la ciudad no hay ni un solo local de mediana categoría donde alojarse, y eso que se supone que muchos ricos comerciantes y terratenientes han recalado en ese lugar. Habrá sido de incógnito probablemente, o no necesitarán otro alojamiento que sus propias casas, tampoco demasiado decentes de cualquier modo. Han contratado toda la planta del desgraciado hotel cuyos dueños todavía no pueden creerse la suerte. En lo que pasa por mejor habitación se han instalado él y el Maestro, en el resto están los demás hombres. Viajan con un grupo no muy numeroso pero muy selecto de los mejores entendidos en leyes humanas y demoníacas y por supuesto de asesinos de la orden de Aurelius. También ha sido imposible encontrar ningún tipo de alojamiento subterráneo, la ciudad es demasiado moderna para tener catacumbas y si conocen lo que es el alcantarillado será porque alguien del concejo lo haya visto escrito en una guía de la antigua Roma. Ni siquiera los sótanos son habitables en un cenagal pantanoso como ése. Si intentan excavarlos indefectiblemente tarde o temprano acaban convertidos en otra parte del cenagal. O una de las inundaciones los anegan de agua de mar podrida.
—Os he concertado la entrevista. John Smith se reunirá con nosotros esta noche—dice, prendiendo las velas del candelabro más cercano. El Maestro resopla despectivamente, muy quieto en su sillón, mirando por la ventana. Cada vez está más oscuro y las luces de velas, lámparas y teas relucen como estrellas doradas.
—¿En serio puede alguien llamarse John Smith?—pregunta. El acólito encoge los hombros.
—Su padre no sería muy imaginativo.
—Bien, esperemos que él tampoco. En cuanto a las negociaciones, quiero decir.
—Esperemos.
—¿Dónde va a ser?
—Bien... casi todos los hombres importantes de la...ciudad celebran sus reuniones de negocios en...—carraspea, incómodo—Un... salón llamado Chez Reinette.
El Maestro suspira hondamente
—Bien, espléndido. Una casa de putas—dice.
—Pues ...sí, me temo que sí—murmura el acólito. El Maestro suspira de nuevo.
—Algunas cosas nunca cambian—dice.




El segundo secretario hace una seña a una mujerzuela, algún tipo de criada, que se apresura a apartar un poco las velas que humean excesivamente cerca de donde están sentados. Parecen estar ahí para desanimar a los mosquitos, aunque lo que hacen sobre todo es llenarlo todo de un hollín aceitoso, que molesta en los ojos. El ambiente está excesivamente cargado pese a las ventanas abiertas, por las que no les llega nada de aire. Bien, no es que necesiten respirar, ninguno de los tres, pero el Maestro agradecería un poco de brisa fresca del Támesis de Londres. O de las riberas del Tíber que acaban de dejar atrás. De cualquier río le serviría aunque fuera el maldito Leteo.
—Estaríamos mejor en  Roma.—suspira —Además, nos estamos perdiendo la epidemia.
—Sí, es verdad—el primer secretario asiente con abatimiento.
—Y teníamos pendiente ese asunto de Juan Leonardo—añade el Maestro.—Maldito... metomentodo.
—Tiene ínfulas de santo.
—Los benedictinos me producen dolor de cabeza.
Permanecen unos momentos en silencio. Del exterior les llegan risas, gritos, el sonido de instrumentos musicales populares. Más risas.
—Cualquier sitio sería mejor que este... estercolero. —repite el Maestro—Parece que toda la mugre del viejo mundo ha venido a parar aquí.
—También está llegando una buena parte del dinero, monseñor—apunta el segundo secretario
—No me llames monseñor, patán—gruñe el Maestro, mirándolo de reojo—Acabo de decir que los clérigos me dan jaqueca.
—Oh... lo siento. Disculpadme— murmura el joven, incómodo. Es un vampiro enjuto, monje en origen, no muy puesto en las lides cortesanas pero sí al parecer en todo tipo de leyes demoníacas.
—En fin, si terminamos esto aún podemos volver a Roma a tiempo—dice el Maestro, como para sí..
—¿A tiempo?—parpadea el secretario principal. El Maestro lo mira desdeñosamente, como preguntándose qué ha hecho él para rodearse de servidores tan estúpidos.
—A tiempo de matar a Leonardo nosotros antes de que lo haga la influenza.
El secretario no dice nada, cruza una mirada con el segundo secretario, que tampoco abre la boca.
Siguen esperando un poco más en la sala. Amplia, recargada. Con algunos cuadros decididamente indecentes en las paredes anteladas de rojo y oro. Una chimenea, cómodos sillones y chaise longes de gusto francés. El Maestro, ensimismado en la contemplación de un cuadro que representa a Leda con el cisne, tarda un poco en darse cuenta de que ha entrado una mujer y se está dirigiendo a ellos con la cortesía distendida de quien, aunque conocedora de su posición, está más que acostumbrada a tratar con hombres de la de ellos. Va excesivamente maquillada y también sus vestidos son demasiado ostentosos. Todavía podía calificársela de atractiva aunque ya habrá rebasado la treintena. Obviamente no es una sirvienta, sino una de las encargadas de la casa. Quizás una prostituta ella misma todavía.
Habla un momento más con sus dos secretarios -algunos de sus otros hombres esperan en el hall, y hay varios en los alrededores, por supuesto, pero en el salón sólo están ellos tres- y tras hacer una graciosa inclinación se retira dejándolos de nuevo a solas.
Tras unos instantes su secretario se acerca a donde se encuentra el Maestro, junto al cuadro de la hermosa joven seducida por Zeus.
—La señora... la dueña de la casa está enferma.—dice el secretario. Presenta sus excusas por no poder recibiros formalmente y pone la casa a vuestra disposición.
—Bien. Excelente— el Maestro lo mira, con aire distraído— No lo de su enfermedad, claro. ¿Sabemos qué tiene?
—Parece que sífilis, excelencia.
—Claro. Normal.—dice el Maestro. El secretario duda un momento, luego se inclina y baja un poco más la voz.
—Me dijeron al... informarme de la casa que era la amante de Sir John Smith.
El Maestro lo mira, con severidad.
—No es Sir—dice.
—Perdón.—murmura el secretario—De todos modos no es su amante... en exclusiva, parece que la... dama lleva una vida muy... interesante. Llevaba, al menos.
—Apreciable en una puta.—dice el Maestro. Luego menea la cabeza cuando constata el envaramiento de su secretario— Qué remilgado eres.
—Perdón, señoría.
—Muchos estadistas deberían aprender de las rameras—murmura el viejo vampiro, mirando de nuevo a su alrededor con curiosidad. A veces tiene curiosidad por las cosas, como si no tuviera tantos años como tiene— Bien, no me refiero a ser rastreros, mentirosos, ladrones y sin escrúpulos, eso lo han aprendido a la perfección. Pensaba en la buena disposición general.
Los dos acólitos del Maestro cruzan una mirada silenciosa, mientras el vampiro más viejo camina unos pasos por la sala, las manos cruzadas a la espalda, contemplando un par de cuadros más.
Casi enseguida se abren las puertas dobles de madera lacada y uno de los hombres del gobernador los invita a pasar. Es noche cerrada ya, pero del exterior siguen llegando el bullicio, las risas y las canciones como si fuera día de fiesta patronal. Por la experiencia que ya acumula se dice que ese nivel de libertinaje general sólo se da cuando hay en ciernes hambre, peste o amenaza de guerra. El secretario se pregunta a cual de las tres cosas se tendrán que enfrentar en esa ciudad pantanosa, maloliente, embarrada, en los próximos tiempos, que ya se están desatando sus demonios.



El secretario lo mira, de reojo. Para ser alguien tan supuestamente despreocupado de las cosas mundanales y directamente despectivo acerca del aspecto humano, el Maestro aparece realmente apuesto. Un hombre alto, delgado, de rostro aún joven, atractivo, de ojos muy oscuros, el cabello también oscuro recogido, con estudiado descuido, en una coleta que sujeta con una discreta lazada púrpura. Ha elegido el color porque es cardenalicio, por supuesto, es su sentido del humor. El secretario, que tiene muy poco de eso, a veces no lo comprende. Pero tampoco es su trabajo entender a los poderosos, sino servirles, como ya lo era en la Corte, cuando era humano, hace tanto tiempo atrás.
El Maestro va vestido de color negro, rojo y plata bajo la capa, que ha dejado al entrar. Ropas de corte poco llamativo, pero ostentosamente ricas de calidad y tejido. También lleva joyas. Un anillo con una gruesa piedra, otro con el símbolo de los Aurelius, y, sobre el pecho, con absoluta desfachatez, un crucifijo con cuatro gemas engastadas como los que suelen llevan los obispos.
El secretario hace una seña a su ayudante para que tome asiento, se sitúa él mismo en su lugar y comprueba que los documentos están en orden. Aleja con un movimiento de cabeza el recuerdo, cada vez más tristemente insustancial, de su esposa y su hija que siempre se le aparecen como fantasmas en la memoria antes de un trato importante. Él le dijo que eso pasaría, como el resto de sus emociones humanas, pero a veces se pregunta si acaso no fue también una especie de broma.
Pero la conversación ya ha comenzado, debe centrarse en el mundo, en lo que tiene delante. Al capitán John Smith, a tres de sus hombres de letras, y un montón de papeleo y de acuerdos sobre los que tratar.
De momento puede darse cuenta de que todavía andan en los preliminares, y que el gobernador está preguntando al Maestro qué le parece la Colonia de Virginia, y la ciudad de Jamestown. El secretario lucha contra el impulso de alzar los ojos al cielo. Si algo no ha aprendido el Maestro, como toda la maldita aristocracia, es a intentar ser cortés en algunas ocasiones.
—Es es un estercolero—dice el Maestro, con suficiencia— No sabría por donde empezar a deciros. Ni siquiera hay algo decente para comer.
El otro hombre disimula la sonrisa.
—Os buscaremos algo—dice.
—Bien, pero que sea joven. Y que acabe de desembarcar.—el Maestro hace un mohín de disgusto— Si le da tiempo a atiborrarse de pan de maíz se le echará la sangre a perder.
El capitán Smith lo mira, mal disimulando el horror. Es el Maestro quien ahora curva levemente los labios en una sonrisa, medio suave, medio predadora.
—Bien, sabemos que somos vampiros ¿no?
—Yo no...
—Hablaba de mí mismo—aclara.
El otro traga saliva, haciendo que su elegante cuello de encaje se mueva visiblemente. El primer secretario del Maestro deja salir el aliento que había estado conteniendo. Finge releer los legajos que tiene delante, sobre el escritorio.
—Lo veo todo correcto.—interviene—Aunque claro, daremos la contestación mañana por la noche, cuando lo hayan revisado nuestros abogados.
—Yo... no sabía que los vamp... habitantes del submundo tenían abogados.
—No deberíais extrañaros—dice el Maestro— El infierno rebosa de ellos.



La noche está muy avanzada. El secretario del Maestro sigue inmóvil, atendiendo a la conversación, interviniendo cuando debe hacerlo, tomando metódicamente nota mental de todo cuanto sucede. A veces su mente divaga un poco, pero es inevitable, sobre todo con ese calor y el pesado olor de los pabilos de las velas, de la vegetación extraña ahí fuera, de los pantanos y la marea que envían su pestilencia en rancias nubes. De tanto en tanto cruza unas palabras en susurros con su compañero, acerca de algún detalle, pero la cosa parece ir bien. Casi con seguridad tendrán asegurados sus asuntos en las nuevas Colonias antes de abandonar esa sala.
—Somos una Orden—está diciendo el Maestro, con su educada voz— Nos importan poco las cosas materiales.— se queda unos momentos callado— Excepto de una manera muy tangencial. Lo que nos interesa en este... nuevo mundo que comienza es simplemente asegurar nuestra presencia.
—De una manera mística—apunta el secretario— Aunque nuestra ayuda os será totalmente tangible, os lo aseguro.
—Cuento con ello—suspira el capitán Smith— Toda ayuda será bien recibida. No soy escrupuloso en cuanto a su origen.
—Un sabio proceder—dice el Maestro, luego sonríe, levemente.— Os daremos menos problemas que los jesuitas.
John Smith sonríe también.
—Y probablemente mataremos menos gente—añade el Maestro.
El capitán lo mira, parpadeando. El rostro del viejo vampiro está ahora serio, aunque sus ojos, imposiblemente viejos, siguen sonriendo. Tras un momento de duda, el capitán asiente con la cabeza.
—No habrá problema.—dice.
Uno de los hombres hace sonar una campanilla, y por las grandes puertas aparece un criado. Encarga que traigan vino para brindar por el acuerdo. La charla se hace informal de nuevo. Entonces, mientras esperan el servicio, como si de repente hubiera recordado algo, el Maestro añade:
—Ah, si, me olvidaba.  Una cosa más, una tontería. Mis videntes me han informado de que en un futuro algo lejano existirá una abadía en cierta parte del territorio... americano, al oeste de aquí. Estoy interesado en adquirir los derechos.
—Del suelo y la construcción—susurra el segundo secretario, inclinándose hacia la mesa. John Smith parpadea, incómodo. En la calle arrecian las canciones y los gritos. En algún lugar cercano estalla una reyerta que cambia la música festiva a imprecaciones y gritos. Uno de los sirvientes de menor rango se levanta y con discreción, cierra las contraventanas. El ruido disminuye un poco.
—¿Sabéis lo que va a suceder hasta ese punto?—pregunta el gobernador. El Maestro hace un gesto displicente con la mano, restando importancia al asunto.
—Bueno, bueno. Algunas veces. En este caso particular, hasta donde necesito saberlo. Hasta donde necesitáis vos, está ahí estipulado—señala con un gesto de los largos, aristocráticos dedos el legajo que el más joven de sus secretarios está poniendo sobre la mesa— Podéis leerlo y firmarlo.
El capitán Smith alcanza el legajo, lo abre, le echa una ojeada rápida pero curiosa. Luego vuelve a leerlo más detenidamente.
—Me resulta... increíble pensar que algún día no muy lejano colonizaremos el otro lado de este mundo.
El primer secretario interviene, tras un leve carraspeo.
—Bien, recordad también cuanto vale toda la información ahí detallada, según nuestros acuerdos. Y que el precio debe entregarse en oro o en su equivalente en piedras preciosas.—lo mira con suficiencia—Nada de pieles o tabaco, no somos comerciantes.
—Quería decir...
—Os he entendido—interviene el Maestro—Sobreestimáis el valor de las profecías. Quiero decir, que para asuntos prácticos y en pequeñas dosis, no están mal, pero en líneas generales te pueden amargar bastante la vida.
—Oh.
—Creedme, son un aburrimiento.
Los criados con el vino han entrado. Sirven en copas ricas, de vidrio tallado, a todos los presentes. Hay un momento de duda y finalmente brindan por el acuerdo y la asociación, que esperan larga y fructífera, por todas esas cosas por las que se brinda en ese tipo de situaciones. Cuando los criados se retiran y la sala queda de nuevo en silencio, Smith pasa el nuevo documento a sus hombres, que lo leen y hablan con él en voz baja.
Mientras debaten, el Maestro, dando de tanto en tanto un sorbo de vino, se entretiene contemplando el techo del despacho, de simples vigas oscuras, sin ninguna decoración de interés. No es una habitación dedicada a... lo mismo que el resto de la casa, es evidente. También se entretiene escuchando lo que el capitán Smith cree estar hablando en secreto con sus abogados o secretarios, pero bueno, no es culpa suya si no se ha informado del excelente oído de los vampiros. Debería haberlo hecho.
Finalmente el gobernador de la enlodada Colonia de Virginia asiente con la cabeza mientras se dirige a él de nuevo.
—Y ¿puedo preguntaros para qué deseáis firmar un contrato de posesión para los terrenos y el edificio de una abadía que todavía no existe?
—No.—dice el Maestro
—Firmad aquí—dice el secretario segundo, señalando el sitio adecuado del documento y alcanzando al capitán una pluma—Como representante de la Corona y de la Compañía de Virginia en tierras americanas, y con vuestra sangre, por favor.
El hombre menea la cabeza, cruza una última mirada con sus secretarios y finalmente, tras hacerse un pequeño corte, moja la pluma y rubrica el documento, que deja sobre la mesa.
—Sigue pareciéndome... extraño. Firmar por unas tierras que no poseo ni he visto nunca y...
—Los asuntos del submundo se rigen por otro tipo de leyes—explica el segundo secretario del Maestro, mientras recoge y guarda el documento firmado—En esta clase de asunto lo importante son los cargos, no quienes los ostentan en un momento temporal determinado. Y la jerarquía de preferencias, así como la sangre entregada, por supuesto.
—Oh. Bien, es realmente curioso.
—De todos modos que no os preocupe— dice el Maestro con una sonrisa afable, clerical — Habréis muerto de viejo mucho antes de que todo esto importe.



Avanza la noche, caminan embozados, el Maestro de nuevo con sus pesadas ropas de clérigo que le ocultan el rostro y le permiten pasar por las calles sin llamar la atención. Es un disfraz casi perfecto; además del anonimato que de por sí ofrecen los ropajes, cuando se cruzan con él, las buenas gentes se inclinan y bajan la cabeza, evitando mirarlo. Ha llovido hace poco y el suelo está lleno de sucios charcos lodosos, la noche no ha traído nada de frescor, sólo de nuevo una humedad pegajosa e insana.
—Oh por el amor de Dios—gruñe el Maestro, aplastando un mosquito contra su cuello, bajo la capa—Parece que no somos los únicos hambrientos de sangre de esta apestosa tierra.
—¿Pero es que no respetan ni a los muertos? —gime el secretario, aplastando otro enorme insecto de un palmetazo.
—Malditos... mosquitos americanos.—murmura el Maestro.
Caminan a buen paso hacia la zona del puerto. Ellos dos un poco por delante, y a unos pasos el resto de los hombres. Salvo un par que ya los esperan junto al transbordo, por si acaso. John Smith parece un hombre más o menos íntegro, peor no han llegado ninguno de ellos a donde están por fiarse de la integridad ajena.
Cuando pasan junto al burdel donde celebraron la reunión, y que llevaba ese improbable nombre en francés, el Maestro mira hacia la casa.
Entonces la ve, en la ventana. Se detiene.
—Un momento— dice.
Un reflejo de cabello rubio, deslustrado por la enfermedad. Un blanco brazo, exangüe de tan débil. De mórbida piel que sigue exhalando, hasta donde él se encuentra, el aroma del más exquisito pecado. Y también ve algo más rodeándolo todo: la presencia absoluta e imparable de la muerte.
Bien, y unos ojos verdes realmente hermosos, por no hablar del blanco pecho que se entrevé, con delicioso descuido, por el escote de la camisa de noche.
—Oh... por favor— murmura.
—¿Qué ocurre?—pregunta su secretario, impaciente. El Maestro suspira, largamente. Sin apartar los ojos de la ventana, de la que el rostro y el incitante seno de la mujer han desaparecido. Y le vienen a la mente, tan súbitos como imparables, unos versos de Petrarca.
Y murmura, en voz muy baja

"Quando fra l'altre donne ad ora ad ora
Amor vien nel bel viso di costei,
quanto ciascuna è men bella di lei
tanto cresce 'l desio che m'innamora.
I' benedico il loco e 'l tempo e l'ora
che sí alto miraron gli occhi mei..."

El secretario, nervioso, va a decirle algo más. Pero El Maestro lo está mirando con decisión, desde el embozo de la capa.
—En este... pueblucho no hay vampiros—dice—Vamos a darles unos días libres a los muchachos ¿eh? Que se diviertan un poco. Que dejen tras de sí un par de conversiones. Algo para hacer este nuevo mundo más interesante.
—¿Qué?— jadea el acólito.
—Que no nos vamos.—dice el Maestro.
El acólito abre la boca para protestar, para al menos decir algo al respecto. Como que lleva aguantando toda la semana sus diatribas contra las malditas colonias llenas de pantanos, insectos y gente de mal vivir, por ejemplo. O que ahora mismo lleva cuarenta y cinco minutos escuchándolo preguntar que si el barco estaba listo de una vez. Ese dichoso Sea Venture que tanto les ha costado robar y dejar escondido en una cala cercana para regresar con él a Inglaterra.
Pero finalmente opta por no decir nada. Porque además el Maestro está ya volviendo sobre sus pasos y se dirige, sin prestarle ninguna atención, hacia la ventana por la que sale una débil luz de velas.


 

FIN

 



Notas históricas:
Aunque  el territorio de Virginia ya había sido descubierto por europeos, y de hecho el navegante (entre otros oficios) Sir Walter Raleigh anduvo por ahí en 1584, y es quien le puso el nombre, la Colonia de Virginia y su “ciudad” de Jamestown fue el primer asentamiento inglés permanente en tierras americanas. Fue fundado en el año 1607 por los capitanes John Smith y Christopher Newport, representando a la Compañía de Virginia.
Esta primera colonia tuvo que enfrentarse a muchísimas penalidades por las que peligró en numerosas ocasiones. Una de ellas muy importante fue la tremenda hambruna que aconteció precisamente en 1609, cuando se perdió el Sea Venture, el barco que les aprovisionaba.

John Smith fue entre otras muchas cosas presidente del Consejo en Virginia, pero a efectos de esta narración le hemos llamado “gobernador” que viene a ser muy parecido. Regresó a Inglaterra unos meses después de los hechos narrados en este relato a causa de unas heridas de pólvora.

Si a alguien le interesa algún otro dato que lo busque o me pregunte, no vienen al caso en estas notas.

El poema del que el Maestro recita un fragmento es el soneto XIII de Francesco Petrarca:

Quando fra l'altre donne ad ora ad ora
Amor vien nel bel viso di costei,
quanto ciascuna è men bella di lei
tanto cresce 'l desio che m'innamora.

I' benedico il loco e 'l tempo e l'ora
che sí alto miraron gli occhi mei,
e dico: « Anima, assai ringraziar dei,
che fosti a tanto onor degnata allora;

da lei ti ven l'amoroso pensero,
che mentre 'l segui al sommo ben t'invia,
pocho prezando quel ch'ogni uom desia;

da lei vien l'animosa leggiadria
ch' al ciel ti scorge per destro sentero:
sí ch' i' vo già de la speranza altero.
Cuando entre otras señoras a desora
Amor al lindo rostro desta viene,
quanta más hermosura qu'ellas tiene,
tanto crece el desseo que me enamora:

Y bendigo el lugar, el tiempo y la hora,
que tan alto miraron los ojos míos,
y digo: alma alegrate mucho dello,
que fuiste a tanto honor merescedora.

Della te viene el ánimo amoroso,
que por seguille al summo bien te guia
dexando lo que todo hombre dessea.

Della es el pensamiento venturoso,
que al cielo va por más derecha vía,
tal que de una esperança me eleva.

En un principio iba a poner, por supuesto, que recitase un fragmento de Shakespeare. Porque al comprobar fechas me he encontrado el bombón de que El Bardo había publicado sus sonetos nada menos que en este año de la conversión de Darla. Era realmente apetitoso (y muy creíble) pensar que si no el primer ejemplar, al menos uno de los primeros llegase a manos del Maestro tan pronto estuviese publicado.
Pero no quería meter más referencias históricas de las necesarias en este relato, que ya lleva muchas, y un par de ellas ya sólo "de ambientación". Así que dejaremos a Shakespeare para otra ocasión, pese a lo goloso de la fecha. Y que el Maestro recite a Petrarca.

Los personajes reales que aparecen en el relato obviamente se pertenecen a sí mismos. Todo lo que narro en esta historia, fuera de la misma, es real y está sacado de sus biografías.