Misa de Gallo

finales del s.XVIII

 

 

Angelus se remueve, inquieto. No le gusta estar ahí, no le gusta la situación, no le gusta el lugar, por encima de todo no le gusta la compañía del viejo vampiro. Tampoco le gusta por supuesto el rato que llevan los dos ahí parados en la oscuridad, al amparo del muro de piedra, esperando a que Darla les haga una señal de que pueden acercarse a la entrada principal del palacio.
Angelus ha salido un poco apresuradamente y no se ha vestido para el frío tremendo que reina en el exterior. Tampoco esperaba tener que pasar la jodida noche al raso, eso es así. Lleva una capa no muy abrigada que se ha puesto a toda prisa, y que probablemente no es la suya. Ni siquiera lleva unas botas adecuadas para la nieve. El maestro por su parte va cubierto por una gruesa capa de aspecto clerical de largas mangas que casi ocultan sus manos y con amplia capucha que ahora lleva echada, mientras escruta hacia las ventanas del palacio, oscuras y quietas. Por encima de la valla de piedra todo es silencio.
Está claro que el otro vampiro tiene infinita más paciencia que Angelus, que lleva harto bastante rato. Se remueve de nuevo, en parte para intentar conjurar el frío que le sube desde los pies, que cree no poder sentir ya nunca más. Está casi seguro de que las bonitas hebillas de plata de sus zapatos de airoso tacón francés se han congelado hace rato.
—No era necesario que vinieras—repite el Maestro, como leyéndole el pensamiento posiblemente haciéndolo, se dice Angelus. Poniendo un poco más de peso en la balanza de las razones por las que no le gusta estar ahí. También en las que por qué debe quedarse: no piensa hacer nada que le agrade a ese... jodido Maestro megalómano con cara de murciélago.
—No estoy seguro de eso—dice
—Podemos arreglárnoslas bien, Darla y yo. Siempre lo hemos hecho
—Sí, claro...gruñe Angelus, sin dejar de ver el doble sentido—. Hasta que un día las cosas cambian ¿eh?
—Bueno, sí, puede ser. A veces ocurre.
—El mundo cambia.—dice Angelus, burlón— Abuelo.
—No tanto, no tanto—dice el Maestro—. Idiotas por ejemplo sigue habiendo. Todos los días me encuentro alguno.
Angelus gruñe algo en gaélico. El maestro lo mira de reojo, sin disimular el desdén hacia alguien tan gañán que no habla en Correcto Inglés Del Rey, aunque sea para lanzar juramentos. Una ráfaga de viento helado cuajada de cristales de nieve los sacude, sobresaltándolos, y poniendo fin a la discusión.
—De todos modos ¿es estrictamente necesario acceder al palacio esta noche?—pregunta de nuevo Angelus.
—Sí—dice el viejo vampiro—. Se trata de un asunto místico. Y no podemos llegar y coger del cuello a una criada, el Duque tiene un pequeño ejército ahí dentro. Hay que entrar con sigilo, mejor con alguna argucia.
—Darla.
—Exacto. Ella sabrá encontrar el modo, siempre lo hace—dice el Maestro— Luego el acceso a la cripta ya es cosa mía—lo mira un momento, con displicencia, suspira hondamente—. Quiero decir nuestra.
Angelus se abraza a sí mismo, intentando inútilmente entrar en calor. En el maldito palacio nadie da señales de vida, no ha habido un movimiento desde el inicio de la guardia, cuando ha llegado el duque con su escolta. Se supone que sólo va a permanecer en palacio unas horas esa noche, coincidiendo con las celebraciones navideñas, momento en el que Darla tiene que aprovechar para, de algún modo, conseguir franquearles la entrada a ellos dos. La gente del Maestro lo tiene todo perfectamente coordinado, o al menos eso han dicho. Ahora ya no parece tan seguro, mientras los dos se congelan en la fría y solitaria noche, bajo el cielo claro donde las estrellas parecen brillar como llenas de escarcha.
—La noche avanza y Darla no da la señal.—dice al fin— Quizás deberíamos intentar entrar aunque haya... gente ahí dentro. ¿No tienes tantos hombres en tu jodida...catacumba o lo que sea?
El Maestro alza los ojos al cielo
—En fin, un irlandés al fin y al cabo, qué cabe esperar.
Angelus lo mira, el ceño fruncido.
—¿Qué quieres decir?
—Bien, no podemos entrar ahí dando gritos desnudos y eh....pintados de azul con glasto.
Angelus lo mira, parpadeando.
—Tú sabes que ya estamos en el siglo XVIII ¿no?
—Si, como si hubiera mucha diferencia para vosotros
—Creo que tu mucha edad te está haciendo chochear
—Los irlandeses no sois gente civilizada, es un hecho. O... escoceses, o pictos, lo que sea, qué más da. No sois caballeros apropiados.
—La madre que...¿sabes lo que pienso yo de los ingleses?
—La verdad, no creo que le interese a nadie.
Angelus masculla por lo bajo.
—Jodido...vejestorio pretencioso.
—¿Decías?
—Nada
Pasan unos segundos de silencio. Dos o tres. Luego el maestro resopla despectivamente.   
—Sinceramente, no sé en qué estaba pensando Darla para irse contigo—dice. Angelus abre la boca, atónito. Luego esboza una sonrisa torcida y malévola.
—¿Quieres que te lo diga?
El Maestro alza la barbilla, con gesto remilgado.
—Oh, por favor, no te pongas en evidencia—dice.
Angelus gruñe por lo bajo, y está a punto de olvidar la misión, el peligro y que le ha jurado a Darla que se comportaría civilizadamente y agarrar al Maestro del jodido cuello cuando el viejo vampiro le pone la mano en el brazo, aquietándolo. Del otro lado del muro les llegan sonidos de movimiento, que pueden pertenecer a animales o a personas, o a ambos. Permanecen callados unos minutos a la espera, pero nadie se asoma por la valla de piedra para hacerles una señal, nada es arrojado, ni siquiera una luz se enciende en ninguna de las ventanas.
Vuelve el silencio.
—Dime al menos que ese...pisaverde del Duque sigue ahí—dice el Maestro. Angelus lo mira de reojo. Lugo salta y trepa ágilmente por la alta tapia de piedra de la finca, hasta encaramarse a la parte superior. Agarrado a una estatua plateada por el hielo, se asoma a los jardines de la finca.
—Pues creo que se ha largado—dice desde arriba—. Su caballo no está.
—¡Maldita sea!—gruñe el Maestro. Angelus desciende junto al viejo vampiro, ocultándose de nuevo en las sombras, entre los contrafuertes del muro.
—No hay ni una luz en las cuadras. Se ha largado con su escolta—dice Angelus
—En fin. –dice el Maestro—Y es de suponer que también Darla se ha...largado con él.
—Apostaría la jodida vida—gruñe Angelus—. No se ve un alma en las habitaciones superiores.
—Bien, bien.—el Maestro se apoya contra el muro frío, con aire abatido. Luego encoge los hombros bajo la capa oscura, de lana, clerical—En fin, ya me habían dicho que esperar a Darla era tu ocupación a tiempo completo.
—Maldito cabrón ¡Ya está bien!—exclama Angelus, y hace amago de agarrarlo de la pechera. El maestro lo mira, fijamente.
—Cuidado, muchacho—le dice, con su voz suave, musical—. No he llegado donde estoy por aguantar impertinencias
Angelus mira hacia abajo casi antes de notar el pinchazo. La estaca, bien afilada, ya está dispuesta justo en su plexo solar. Ha salido de entre las pesadas ropas del viejo vampiro.
—¿Llevas una jodida estaca?—protesta Angelus, indignado.
—Nunca se sabe—dice el otro, una leve sonrisa de suficiencia—. Esto está lleno de criaturas del Maligno.
Angelus lo mira, a los ojos. Son permanentemente rojos, como los de un demonio. De repente el Maestro retira la estaca, que desaparece entre sus ropas, y comienza a reír, divertido. Angelus lo mira, desconfiado.
—Bien, la situación es cómica—dice el viejo vampiro—. Aquí estamos los dos, esperando a una mujer, congelándonos... los huevos como dos petimetres enamorados. Parece un cuento de Bocaccio.
Angelus menea la cabeza y termina riendo también, porque es cierto que la situación mueve a risa. O sea lo que más mueve es a matar a Darla, y después al Duque y de paso al jodido Maestro, claro, pero sobre todo a risa, si lo piensas bien. Hace un frío endemoniado que sube ya dolorosamente por su espalda y es verdad que hace rato que siente que se le ha congelado precisamente esa parte de la anatomía que ha nombrado el Maestro con no mucha elegancia pero con gran precisión.
El Maestro suspira de nuevo y mira hacia el palacio al otro lado del muro.
—Oh, pero qué insufrible puede llegar a ser—dice con fastidio.
—¿A mí me lo dices?—gruñe Angelus.
—Cabría esperarse que la tuvieras un poco mejor..atada, dada la alharaca que armaste al llevártela.
Angelus cruza los brazos.
—¿Así que ahora va a ser culpa mía que Darla no aparezca?—protesta.
—Bien. Es a ti el al que ha plantado.
—¡Nos ha plantado a los dos!
—En absoluto... conmigo ya no está. No es responsabilidad mía.
—Bien, ya te plantó una vez
El Maestro ríe, una risa entre divertida, algo amarga.
—¡Ay, una!—dice, cabeceando —. Habría dado mucho por que hubiera sido sólo una.
Ríe de nuevo, profundamente, largo rato. Angelus acaba riendo también sin poder evitarlo.
—No quisiera decir que es una malaputa pero...—dice finalmente
—Sería justo decirlo, sí.
—Y tampoco me gusta llamarla así delante de nadie pero...
—Bueno, yo soy de la familia—dice el Maestro, luego encoge los hombros bajo la gruesa capa—. Además la he llamado malaputa muchísimas veces mucho antes de que tú fueras engendrado.
Angelus suspira, hondamente.
—¡Es una malaputa!—exclama, finalmente.
—Ya lo creo—asiente el Maestro. Se quedan los dos callados, unos momentos.
—¡Pero tan encantadora!—suspira al fin el viejo vampiro—. Y tan perversamente irreverente.
Angelus lo mira, de reojo. Suspira también añorante, sin poder evitarlo. Luego frunce el ceño.
—Deberíamos encontrar el modo de acceder al palacio—dice. El Maestro asiente.
—O al menos intentar saber qué demonios ha pasado con Darla y el Duque.
—Yo ya sé lo que ha pasado con ellos.
—Quiero decir...
—Con toda seguridad Darla no está ahora mismo pasando frío como nosotros.
Se quedan unos momentos los dos callados, congelándose un poco más. Luego el viejo vampiro niega con la cabeza.
—Bien. De todos modos seguimos teniendo ese pequeño problemilla de no poder entrar sin invitación que esperaba que se solucionase por medio de Darla
Angelus alza los ojos al cielo, jura entre dientes. Patea el suelo de nuevo con unos pies que definitivamente ha dejado de sentir por completo, junto con la mayor parte de las piernas. La capa cruje por los bajos cuando intenta envolverse mejor con ella, sin lograr sacarle calor. Lo que necesita ahora es beberse a alguien, a dos a poder ser, y acompañarlo con una botella de whisky. No cree ser capaz de entrar en calor nunca más.
De la iglesia de estilo gótico al final del muro les llega el sonido de voces y de cánticos. Los dos vampiros vuelven la cabeza hacia allí al unísono. El Maestro alza los ojos al cielo, mira la iglesia de nuevo.
—Misa de Gallo—dice—. Ya es Navidad.
Varias docenas de personas vestidas con ropas invernales y portando velas se acercan en grupos hacia la capilla iluminada, formando una especie de hilera. Las puertas de la iglesia están abiertas y se respira, incluso desde ahí, un ambiente de festivo recogimiento. El Maestro duda un momento, luego llama la atención de Angelus poniendo la mano en su brazo.
—Vamos adentro. Encontraremos a alguien de la casa del Duque. No tiene sentido que nos quedemos helándonos aquí.
Angelus se cruza de brazos, molesto por la nieve, el frío, el plantón de Darla, tener que estar ahí con ese jodido Maestro, por la situación entera.
—¡No pienso entrar en una jodida iglesia!—gruñe.
—Vaya, pensaba que te gustaban.
—Para... destruirlas, devastarlas y... quemarlas.
—Qué... tonterías innecesarias—dice el Maestro—. Y qué desperdicio de obras de arte sacras. Con lo hermosas que son, llenas de demonios y tentaciones de santos.
—Hablas igual que Darla—gruñe Angelus.
—Bien, sí, es posible.
Se quedan un tiempo más al raso, pateando la nieve con los pies congelados. Hace cada vez más y más frío. Parecía imposible, pero la temperatura ha bajado más. Ahora hasta las piedras del muro contra el que se guarecen crujen y crepitan por el hielo que las cubre.
Al cabo de un rato el  Maestro dice:
—Después de la misa creo que dan un refectorio. Con ponche navideño.
Angelus se remueve, reprimiendo a duras penas el temblor.
—¿Ca...liente?—pregunta.
—Sí—dice el Maestro—. De ése con na...ranja.
Se quedan un rato pensativos, contemplando helarse los arbustos, cómo crecen los carámbanos en las ramas bajas de los abetos, escuchando el crujido severo de la helada haciendo presa de la piedra del muro, de las capas más profundas de nieve, ya casi por entero congeladas.
Luego Angelus encoge los hombros bajo la inadecuada capa.
—A lo...mejor...po...dría meterme en un con...fesio...nario y...provocar...algunas cosas..intere...santes—tirita.
—Bien. Sí—dice el Maestro, intentando disimular el frío—. Es...una...op...ción.
Se quedan los dos otro rato callados, pateando el suelo helado. Luego Angelus alza los ojos hacia el cielo que empieza a clarear.
—En fin. Si nos que...damos a...quí amane..ce...rá. Tampoco es que me...rezca que ade..más de he..larnos mu...ramos por e...lla los dos achicha...rra...dos.
El Maestro suspira hondamente, se sube la capucha y se echa la capa por el hombro, embozándose con elegancia.
—Para na...da—dice.
Se miran un instante el uno al otro como tomando ánimos y luego, al unísono, echan a andar con pasos envarados hacia la iglesia iluminada. La imagen tan inocente como ficticia, aunque un tanto congelada, de un caballero y un monje.

 

 

FIN