Niños perdidos

Norte de Italia, 1902


Drusilla se acerca, despacio, le pone la mano en el cuello delgado, dubitativamente. Él no levanta la cabeza. Los dedos de Dru se mueven, como buscando algo, luego ascienden por su nuca acariciando su corto pelo.
—Por qué te lo cortaste—pregunta, en un susurro, Spike la mira, de soslayo
—No sé—miente
Ella se demora un rato más, luego retira la mano y vuelve a la ventana, a la fría noche demasiado húmeda, a la niebla.
—No puedo ver las estrellas—susurra
Spike no dice nada. Mordisquea el extremo de la pluma, intentando dejar de oírla, de oír nada que no sea los sonidos, las palabras que se remueven como pequeños monstruos dentro de su cabeza. Serpientes en el fondo de su estómago. Realmente lo que necesita es estar completamente solo esa noche.
—Me asusta no poder verlas—murmura Drusilla, recorriendo la habitación desvencijada, un desván de madera vieja, gris, carcomida por el tiempo. Un escondite. Ella va rozando las viejas tablas con los dedos, como si tuviera que verlas con las manos como los ciegos. Spike se estremece, hace frío en ese jodido sitio, y hace demasiado tiempo que no se alimenta. No tiene muchas ganas de cazar. Ni de nada, en realidad.
De escribir sí, si tan sólo pudiera hacer salir las palabras. Conseguir un poco de silencio. Lo intenta de nuevo, transcribir la rabia y la náusea que le quema por dentro desde hace tanto tiempo.
—Estamos solos—dice ella, como dándose cuenta de repente de la obviedad
—Siempre lo hemos estado, pequeña—le dice Spike, en voz baja, Dru lo mira, ojos inmensos, viejos y jóvenes a la vez. Luego asiente con la cabeza
—Es cierto—dice
Sí, silencio, al fin. Largos minutos. Dru se ha sentado en un vieja caja, una figura delgada, envuelta con su chal, hombros abatidos. Spike escribe y escribe, sin levantar la cabeza del cuaderno. A lo lejos grita una lechuza. Spike escribe versos amargos línea a línea, como si se los dictasen. Ocasionalmente tacha una palabra. Su caligrafía es la misma que cuando era humano, pero eso ya no le molesta. Escribe con la cabeza baja sobre el cuaderno, el largo flequillo casi rozando el papel de color crema, cambiante a la luz de la vela. Tiene que darse prisa porque sabe lo que ocurrirá ahora, enseguida. Ella se pondrá nerviosa por estar sola y deseará una terrible matanza. Un orfanato, o la casa de una familia con muchos niños. Muchos niños y muchas muñecas, lo que para ella es casi lo mismo. A Spike por un momento se le revuelve el estómago, pero acalla enseguida la angustia con un encajar de dientes rápido, rabioso.
La sangre de los niños sabe bien. No tiene nada de malo. Ellos son vampiros.
Da vueltas a la pluma entre los dedos.
Drusilla pregunta algo, en un susurro, requiriendo su atención. Spike no le contesta, intentando terminar un poema que ya sabe desde hace rato que no va a poder acabar. No con Drusilla ahí, no en ese lugar, no con la niebla, el nerviosismo, el frío. No con el estómago arañándole a dolorosas contracciones que le recuerdan que un demonio como él no puede estar tantos días sin matar.
—Estoy hambrienta, Spike—gime Drusilla tristemente, desde su asiento— A lo mejor con la niebla habrá niños perdidos.
Spike se arrebuja en el gabán y al hacerlo ladea con un gesto el cuello para apartar la coleta, y se da cuenta de que ya no hace falta. Se la cortó al volver de China. Hace ya más de un año y aún se le olvida. Se la cortó porque a Angelus le gustaba.

Se queda muy quieto, mirando las tablas grises y polvorientas del suelo. Jodido cabrón. Darla los ha dejado tirados pero es en él en quien sigue pensando, todavía.
Rima con cada día.

—A la mierda—gruñe, y tira a un lado la pluma, con brusquedad, levantándose. Drusilla se levanta también, y se coge de su brazo. Salen los dos por la desvencijada puerta, hacia la noche, hacia la niebla, con movimientos nerviosos de urgencia.

 

FIN

 



Notas:
este pequeño fic inmediatamente posterior a Las catacumbas me lo ha inspirado la rima terrible, casi de canción infantil del poema de follatrolls Revelación. Gracias.