La cerradura

Un fic de Halloween


Cementerio

Spike regresa hacia su cripta a buen paso, cruzando el cementerio. Todavía sobresaltado por el susto que le ha dado ese jodido Giles cuando ha sacado de la bolsa la motosierra. Que él no iba a salir, o sea los vampiros nunca salen en Halloween, lo sabe todo el mundo. Lo que pasa es que se había quedado sin tabaco.
Bueno, le pudo la curiosidad de ver a dónde iba Buffy vestida de Caperucita con esa falda tan...corta. Pero es normal, es un vampiro, se supone que tiene que espiar a la Cazadora para verle las piernas. Averiguar sus planes... lo que sea.
Empuja la puerta de la cripta y entonces recuerda que le ha puesto una cerradura. Sin quitarse el cigarrillo de la boca, tantea en los bolsillos delanteros de sus pantalones. Nada. Mete la manos hacia los traeros. Nada otra vez. Los delanteros de nuevo.
Las llaves no están.
Tira el cigarrillo, pensativo, mientras rebusca por los varios bolsillos del abrigo. El paquete de tabaco, el mechero, algo de pasta.... pero ni rastro de las llaves.
—Maldita sea—murmura.
Da un par de vueltas a la cripta por si se le han caído al salir, aunque ya imagina que es inútil, regresa a la puerta. Podría abrirla de una patada o un empujón, rompiendo la cerradura, pero joder, le ha costado una pasta y más de una hora poner la maldita cosa de seguridad. ¡Y no digamos lijarla y llenarla de oxido para que pareciera tan polvorienta y vampírica como el resto y no se notara que era nueva!
Rebusca de nuevo por sus bolsillos, por el trasero del pantalón, por el interior del abrigo donde encuentra un sujetador de Buffy que no tiene ni idea de cómo ha llegado ahí pero nada ni remotamente parecido a una horquillita de pelo o una ganzúa, claro.
Se queda un momento pensativo. Jodida noche de Halloween, todo cerrado, todo el mundo de juerga, y todos los vampiros, demonios y maleantes del submundo durmiendo plácidamente con sus familias demoníacas. No va a encontrar ni un solo local del lado oscuro de la ciudad abierto en esa noche... tendrá que buscar un delincuente dispuesto a ayudarle en otra parte.
Ladea la cabeza, sonriendo ampliamente. Joder, claro, si a veces parece tonto.
Echa a andar animadamente hacia la casa de Rupert Giles.


Casa de Giles

Spike permanece apoyado contra el dintel de la puerta de Giles, que no puede traspasar. El vigilante lo mira firmemente, cruzado de brazos, el ceño fruncido. El efecto amenazante queda un poco empañado por los dos carrillos llenos de chocolatinas a medio masticar que intenta tragar a toda prisa, pero aún así impresiona bastante.
—Si la puerta cierra mal enseguida te la quitan, en esta jodida ciudad no se puede dejar un sitio dos días sin vigilancia. O peor, se te llena de adolescentes porreros—gruñe Spike, malhumorado, luego repara en la cara alucinada de Giles, y aclara:—Es que esos no valen ni para comer, se meten de todo ¿entiendes? Bueno, podría quitarles el material, pero no merecen el esfuerzo. Además, te espían cuando te bañas.
—Oh—murmura Giles, que ya se ha tragado la inmensa bola de chocolate
—A un amigo mío le pasó—sigue Spike—Es por esa crap de las películas de vampiros ñoñas. Ya no hay decencia, hombre.
Giles se lleva las manos a la frente, súbitamente mareado.
—Y...aparte de...para provocarme dolor de cabeza...¿a qué has venido exactamente, Spike?
Spike lo mira, suspira hondamente baja la cabeza con abatimiento.
—Necesito tu ayuda—dice.
—¿Para qué exactamente?
—Necesito forzar la cerradura... ya sabes. Ganzúas, esas cosas de chorizo profesional. Y claro, he pensado en ti.
—No me lo puedo creer.
—Como tienes un pasado oscuro que ocultas a Buffy.
—¿Cómo sabes...?
—A ver, soy un poco menos tonto que tus scoobies—dice Spike, mirándolo de reojo— Yo cuando quiero matar a alguien hago mis deberes. O te crees que eres el único que sabe investigar.
Giles se quita las gafas, intentando disimular su turbación, las limpia, vuelve a ponérselas.
—Somos enemigos, Spike. Por qué... se supone que voy a ayudarte.—pregunta. Spike ladea la cara, sonriendo malévolamente.
—Por lo del pasado oculto. O sea, querrás que siga siéndolo. No lo de pasado, claro. Lo de oculto.
Giles se queda mirando a Spike, fríamente.
—Le he contado todo acerca de mis...años oscuros a mi Cazadora. No tengo nada que ocultarle.
—¿Estás seguro de eso, Ripper?—susurra Spike
Spike tiene unos preciosos ojos rasgados, azules, expresivos. Y jodidamente capaces de aguantar la mirada más dura de Giles, como ahora mismo.
El vigilante se deja caer contra la pared, más mareado todavía.  
—Maldición—gruñe




Cementerio

Caminan por el cementerio, a buen paso. Hace una noche fría, con niebla que se deposita en forma de fina lluvia de tanto en tanto, Giles va alumbrando su camino con una pequeña linterna, en la otra mano lleva una bolsa de cuero parecida a las de médico de siglos pasados con su instrumental de revientapisos variado. Spike a su lado fuma nerviosamente, arrebujado en el abrigo de cuero. A lo lejos se escuchan las canciones y los gritos infantiles de una noche de Halloween que todavía no ha terminado.
—Espero que aún sepas lo que te haces, me gustaría poder entrar antes de que el sol me achicharre—está diciendo Spike. Giles alza las cejas con aire de suficiencia
—Bueno, a lo mejor ya no tengo tanta practica, pero sí sigo teniendo los sentidos siempre alerta de un...
—¿Un?
—...bloody hell!— gime Giles, mientras desaparece del lado de Spike. Spike se queda mirando por encima del hombro, alucinado. El vigilante jura de nuevo desde el fondo de una tumba recién abierta que no ha visto en la oscuridad, y de la que sale trabajosamente. Lleva la cara y la ropa totalmente llena de tierra, hojas e inmundicias varias, menos dos círculos en torno a los ojos que le han salvado las gafas, que han desaparecido. Giles se pone en pie intentando sacudirse la tierra, un par de trozos de tela y un zapato viejo muy sospechosos de haber pertenecido al anterior ocupante de la tumba. La tierra está muy mojada y sólo consigue extenderla aún más.
—¡Joder!—dice Spike, dando un paso atrás.
—Ni una palabra—amenaza Giles
—Vale—dice Spike— ¿Tienes la bolsa?
Giles se la tiende, con gesto hosco. Está casi tan embarrada y llena de suciedad y hojas secas como el resto de su persona. Spike la coge aprensivamente del asa de cuero.
—He perdido las gafas—dice Giles.
Spike lo mira, de reojo
—Estás mejor sin ellas— le dice, consoladoramente– Pareces más delictivo.
Giles cierra los ojos, los abre, dos círculos blancos entre la mugre amarronada. No contesta. Una rolliza lombriz de tierra aprovecha su silencio para salir huyendo desde el cuello de su camisa.


Puerta de la cripta

Giles se afana trabajando en la puerta de la cripta, Spike está arrodillado en el césped húmedo, rebuscando en la bolsa abierta a la luz de la linterna a la que ya no le quedan muchas pilas. Llevan intentando abrir la cerradura más de hora y media y su estado de nervios es más que lamentable. Giles hace rato que está mirando los árboles de alrededor para hacerse una estaca con la que matar a Spike, y Spike buscando una pala para enterrar vivo a Giles en la tumba donde se ha caído antes.
—¡Maldición, la ganzúa triple no entra!—gruñe Giles, echando la pieza metálica en el ya considerable montón de herramientas inservibles— Dame un gancho del cuatro.
—¡Mierda!—dice Spike, revolviendo entre la colección de objetos de latrocinio y delincuencia de Giles. El vigilante gruñe una palabrota, apoyado contra el muro, todavía mareado por el testarazo que se ha dado contra el fondo empapado de la tumba.
—¡Date prisa, maldito!—le urge
—Espera, joder, que yo no controlo tanto de estas cosas—protesta Spike— ¿Qué coño es un gancho del cuatro?
—¡No me jodas más y encuentra el maldito gancho!
—¡No me grites, tío! Si tuvieras esto un poco mejor catalogado... parece mentira que seas bibliotecario.
—¡Eso no es de mi época de bibliotecario!
—¡Bueno pues igual les podías poner unas etiquetas numeradas o algo, joder eres un desordenado!
—¡Maldita... sea!—Giles le sacude un fuerte capón, Spike se sobresalta, respinga dolorido, le gruñe transformándose en vampiro
—¡Joder...a la mierda, le muerdo!—dice
—¡Vaya pensé que nadie andaría por aquí!— dice una voz femenina a sus espaldas.
Giles y Spike se vuelven sobresaltados hacia la recién llegada, con cara de terror que denota que posiblemente esperaban que fuera la Cazadora (lo que les preocupa por distintas razones, aunque casi en el mismo grado) pero resulta ser una encantadora ancianita con un sombrero de bruja y unas enormes gafas de culo de vaso que evidentemente necesita, porque les sonríe con apacible deleite. Detrás de ella se amontonan una docena de niños de distinto tamaños, disfrazados para el Halloween y cargados de bolsas de chucherías.
—¡Pero qué tenemos aquí!– dice la anciana, acercándose a los dos asaltantes de tumbas, se inclina hacia Spike, que sigue de rodillas, y que con el sobresalto ha olvidado recuperar su rostro humano— ¡Ohhh qué mono el hijito!— dice la ancianita miope, soltando el niño que llevaba en la mano para agarrar el moflete anguloso y vampírico de Spike, que sigue de rodillas. Spike traga saliva mientras la ancianita le tira del moflete, zarandeándolo con fuerza hacia un lado— ¡Si parece un monstruito de verdad!— la ancianita suelta al tambaleante Spike y mira a Giles a través de las enormes gafas— Y veamos al papá...¿un zombie putrefacto? ¡Siempre me encantaron las películas de Romero!
—Todo un clásico— afirma Spike desde abajo.
La señora asiente, encantada. Vuelve a coger a su niño de la mano y hace señas al resto del rebaño para que se agrupen.
—¡Feliz Halloween!—dice a Giles, y antes de irse, dedica a Spike una sonrisa maternal y le echa un puñado de caramelos en la bolsa de las ganzúas.
Giles y Spike se quedan mirando a la ancianita rodeada de niños marcharse cruzando el cementerio, todos armando alegre alharaca y cantando cancioncitas festivas. Los miran largo rato, muy callados, Giles con los ojos entrecerrados, Spike muy grandes.
Al cabo de un rato, Giles apaga la linterna medio gastada, camina unos pasos y se deja caer sentado pesadamente sobre una vieja lápida.
—¿Hay... alguno de frambuesa?—pregunta.
—Mmmm...—Spike rebusca en la bolsa—Sí.
Spike se levanta, camina hasta sentarse al lado del vigilante, pone la bolsa en el suelo, entre ambos. Se comen los caramelos en silencio, mientras a lo lejos los sonidos y gritos del Halloween se van acallando.

FIN