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La Calabaza Maldita

Noche de Halloween


Calles

Giles se recuesta contra el capó del citröen, agotado. Y eso que la noche acaba de empezar, como quien dice. Por todas partes suenen las risas y las canciones infantiles, esas tonadillas encantadoras que hablan de inmundicias varias, como gusanos podridos, ojos machacados y el resto del repertorio obsceno de los niños. Giles suspira hondamente, deseándoles un rápido paso a la pubertad para que empiecen a interesarse por el sexo y olviden de una vez las cacas y los vómitos.
—Bloody noche de Halloween—gruñe por lo bajo. A su lado, Spike se enciende un cigarrillo.
—Sí, joder. Siempre lo mismo.
Giles toma aliento de nuevo, despliega el mapa y con un floreo le esparce por encima los polvos localizadores demoníacos. Es un floreo muy aparente porque, al ser Halloween, ha considerado más adecuado salir de casa disfrazado y Giles lleva una especie de traje de...vampiro. O algo parecido. Algo de terciopelo rojo, con camisa de puños de recargado encaje, que revolotean con el movimiento de su mano.
En una noche como esa, en la que todo el mundo sabe que las criaturas del submundo se quedan en casa, no aparecen muchas marcas localizadoras. Una en el callejón donde se encuentran, que obviamente corresponde a Spike. Otra un poco más allá, acercándose a ellos, sin duda se trata de Angel. Y la tercera, la del Terrible Demonio Devorador Polimorfo Cucurbitáceo, un par de calles más allá.
—¡Estamos de suerte, está muy cerca!—dice Giles—¿Dónde está Angel?
Spike mira hacia atrás.
—Ahí viene—dice.
El vampiro moreno llega con aire tan cansado como los otros dos, hasta quedarse parado frente a ellos, los brazos caídos desanimadamente a los costados. Giles y Spike lo miran en silencio, una figura grande, de anchos hombros, con aire molesto por el fracaso y un llamativo morado en un lado de la cara.
—¿Qué te ha pasado?—pregunta Spike—¿El demonio se ha defendido?
Angel baja la mirada.
—Era una falsa alarma—dice, en voz baja—Y un ama de casa de mediana edad me ha arreado con un paraguas por intentar robar su calabaza.
—Joder—dicen Giles y Spike a la vez. Luego el vigilante muestra el mapa a Angel, una hoja usada, con las esquinas dobladas, cuyas marcas iluminadas ya comienzan a desvanecerse.
—Está ahí, en la calle Randall, hacia mitad de calle. ¡No podemos perderlo! ¡Es un Demonio Polimorfo realmente peligroso! ¡Un demonio que se metamorfosea en Calabaza de Halloween para tomar desprevenidos a los niños y devorarlos! ¿Os hacéis idea de lo que puede pasar?
Angel y Spike asienten con la cabeza, a la vez. Luego se transforman en vampiros, por eso del camuflaje.
—Tampoco nos pasemos—gruñe Giles, molesto porque los otros se han negado a disfrazarse. Los dos vampiros sonríen con disimulo. Echan a andar los tres briosamente, con determinación.



Spike

Al entrar en la calle la cosa ya no pinta muy bien, porque prácticamente en cada puerta hay una calabaza, y a veces dos o incluso tres. Una de las casas parece de hecho un calabazar. Angel, Giles y Spike suspiran a la vez.
—Será mejor que nos dividamos—dice Giles— ¿Lleváis el Instrumento de Detección?
—Sí—dice Angel
—¿Eh?—pregunta Spike
Giles alza los ojos al cielo, agita vigorosamente el palo largo y puntiagudo, similar a los que se usan para recoger papelitos del césped, que tiene en la mano derecha.
—Ah, sí—dice Spike, sacando el suyo.
—Pues al trabajo—dice Giles.
Los tres aguerridos cazadores de demonios se separan, yendo cada uno hacia un grupo de casas, entre las marabuntas de niños, padres, madres y demás gentío que celebra el Halloween.
Es Spike el que tiene la suerte de localizar el primero al Polimorfo Cucurbitáceo, casi por casualidad. Mientras intenta rehuir a una encantadora ancianita empeñada en llenarle de caramelos los bolsillos de los pantalones (Spike juraría que es demasiado vieja para meterle mano con tanto descaro) nota un movimiento extraño entre las tres calabazas que la señora tiene colocadas primorosamente en la entrada de la casa. Una de ellas parece temblequear un momento, como si le costase mantener la forma definida, y luego exhala un discreto eructo. Desde detrás del resplandor anaranjado de la luz de su interior, Spike la ve mirar de soslayo con unos ojillos rojos y malévolos. El vampiro, Instrumento de Detección en ristre, pega un salto digno de un campeón de esgrima y con la zurda ensarta al monstruo con el palo puntiagudo.
—¡¡Te pillé, jodida cosa!!—grita.
La calabaza pinchada grita también, agudamente, un horrísono alarido que resuena en toda la calle haciendo sobresaltar a todo el mundo. Ante semejante sonido de ultratumba y terror interdimensional, el porche se llena rápidamente de niños saltando encantados que llegan a la casa a pedir caramelos, arrollando a Spike. El vampiro pierde pie un momento, cayendo contra la ancianita (que aprovecha para agarrarle bien el culo) y cuando se rehace, la tercera calabaza, o sea el Demonio Polimorfo, ha desaparecido.
Y posiblemente se ha llevado consigo, devorados, un par de críos más.
—¡Joder! ¡Cojones! ¡La leche!—exclama Spike, dando una patada al suelo. Los niños lo miran, ojos muy redondos en sus máscaras y maquillajes de monstruos. Luego palmotean encantados y se ponen a canturrear las palabrotas mientras Spike huye de la casa.

 

Angel

Angel está más que harto. Lleva ensartadas y pinchadas como cuarenta y siete calabazas, varias de las cuales han sido valerosa e incluso violentamente defendidas por sus dueños con todo tipo de armas, desde piedras del jardín hasta un bate de béisbol. La última con ayuda de un gato asesino que Angel ha creído que nunca iba a poder separar del bajo de su pantalón. Tampoco es un trabajo muy bonito, aunque la calabaza no esté bien defendida, eso de acercarse furtivamente a la casa de alguien y utilizar el Instrumento de Detección en las que parecen sospechosas. O sea pincharles con un palo.
Sobre todo ahora que un nutrido rebaño de niños, aparentemente sin dueño, se han dado cuenta de lo que está haciendo, y lo andan siguiendo en un apretado grupo.
O a lo mejor es que han notado que en una de cada tres casas lo vapulean, lo que les debe de parecer todavía más cómico, claro. Malditos... enanos crueles sin alma. O lo que sean.
Angel se encamina a la penúltima casa de su grupo. Se queda un momento parado ante la verja, mirando con desánimo, mientras da vueltas a su palo afilado entre las grandes manos. Hay un mínimo de trescientas calabazas en la jodida casa, hay calabazas por todas partes, la casa apenas se ve de tal promiscuidad calabacil, las han en la verja, en las escaleras escalón a escalón, en la mesita de jardín, en el camino de la entrada, haciendo un decorativo borde anaranjado y luminoso. Hasta hay calabazas de Halloween colgadas de los árboles casi sin hojas.
Angel decide empezar. Asegurándose de que no hay nadie a la vista (aparte del grupo de críos aguardando expectantes a que le pase alguna desgracia) comienza a pasear disimuladamente por el jardín, clavando el agudo palo en todas las calabazas que puede a toda velocidad. Ninguna de ellas emite ningún sonido, ni se mueve, ni hace intención de salir huyendo.
Cuando lleva pinchadas como 299 calabazas ante el regocijo de los niños que van cantando “otra otra” cada vez, repara en el jardincillo lateral de la casa.
Sí, claro, era inevitable. Hay otra calabaza, la más grande, Halloweenesca, oronda y sospechosa, justo junto a la caseta del perro, por la que asoma la cabeza muy negra de un enorme rottweiler.
Angel traga saliva y se acerca muy lentamente.
—Perrito bueno...—murmura en voz baja.
Grrrrrr—gruñe el perro, frunciendo el hocico amenazadoramente.
Angel da un par de pasitos cortos más. El perro se incorpora en la puerta de la caseta, por la que apenas cabe de altura. Angel, con supervelocidad vampírica, blande el palo y pincha la enorme calabaza justo entre los ojos. El perro lanza un mordisco y le cercena por la mitad el Artefacto de Detección a Angel.
—¡AAAHHH!—grita Angel, dando un salto no muy airoso hacia atrás que le hace caer de culo en el césped mojado. Los niños, que han invadido el jardín, ríen a carcajadas saltando a su alrededor. Angel se levanta y transformándose en vampiro carga hacia ellos con un rugido.
—¡Jodidos mocosos impresentables, volved con vuestras madres!—grita.
Los niños chillan y echan a correr apresuradamente. Angel sale de la casa, justo para enfrentarse con la mirada dura de Rupert Giles.
—Qué comportamiento... impropio, Angel—dice el vigilante—. Debería darte vergüenza.
Angel lo mira un momento, torvamente, mientras su rostro vuelve a ser humano. Luego le aplasta contra el pecho el resto de su maltrecho palo.
—Toma, antes de que me estaque yo mismo—dice.
Giles menea la cabeza y se dirige a terminar su zona de la calle.



Giles

Giles se acerca sigilosamente, pegándose al muro de la casa. Está casi seguro de que el Demonio Polimorfo está oculto en el escalón de la entrada, entre un gnomo de cerámica de bastante mal gusto y una maceta de geranios. Mientras observaba la vivienda –una construcción de una planta, de madera blanqueada, con un pequeño jardín trasero- le ha parecido ver que el peligroso ente levitaba unos centímetros antes de colocarse definitivamente en su lugar de caza.
Por el otro lado de la casa, muy animados, van acercándose un grupo de niños acompañados de una joven vestida de bruja gótica. O de... pendón gótico desorejado, Giles no lo tiene muy claro. La muchacha tampoco, a juzgar por el escote que casi deja ver su ombligo y que distrae un poco a Giles. Lo justo para que los críos le tomen la delantera y se acerquen antes que él al Demonio Cucurbitáceo. ¡El peligro es inminente, podrían ser devorados por el monstruo en cualquier momento! ¡Ya puede ver cómo el Ente Polimorfo saca de entre las fauces anaranjadas una lengua gruesa, pastosa y rezumante que paladea la cercanía de los niños!

Giles no se lo piensa y salta en medio del grupo, enarbolando el palo afilado y gritando con todas sus fuerzas.
—¡CUIDADO CON LA CALABAZA ASESINA!

Los niños gritan también, todos a la vez, luego gritan la muchacha y el matrimonio de edad que había abierto la puerta con su cesto de caramelos para los niños. El marido resulta ser un ex militar medalla de honor de lucha cuerpo a cuerpo, a juzgar por la llave de combate que le hace a Giles y que lanza al Vigilante contra la columna del porche. Giles se queja de dolor mientras su espalda emite un chasquido de madera tronchada.
Pero no ha sido su espalda, después de todo, sino la dichosa columnita que sostenía el porche, que ahora se viene abajo entre chirridos y una lluvia de palos y tejas. Los niños huyen despavoridos, algunos hacia la calle empujados por la joven bruja aficionada, otros entrando dentro de la casa, refugiándose en las faldas de la señora de la casa. La Calabaza Endemoniada huye también, dando apresurados saltos por el pavimento. Giles (un poco por presunción ante el jodido señor mayor que le ha vapuleado, hay que decirlo) escapa dando una ágil voltereta de judo que lo deja a la entrada de la casa, de rodillas y con los faldones de la casaca de terciopelo rojo vueltos sobre la cabeza.
Aunque su salida queda también deslucida porque tiene que volver a recuperar su palo, que le ha quitado una niñita de unos tres años.

 

Bar de demonios

Toman aliento los tres a la vez y se acercan al garito demoníaco. Está vacío de demonios y vampiros, claro, porque es la noche de Halloween y todo el mundo sabe que las criaturas del submundo no salen la noche de Halloween.
Excepto Angel y Spike, que bastante deprimidos están por ello. Y el demonio de la entrada, ese sí auténtico y del clan n´grah´nakr, que sin duda deberá algún favor al dueño del local para estar de guardia en una noche como ésa.
Pero con él es con quien quieren hablar, de cualquier modo. Los demonios n´grah´nakr proceden de la misma dimensión que el Devorador Cucurbitáceo, y de hecho en algunas ocasiones Giles sabe que los tienen como mascota.
Angel, Giles y Spike se abren paso entre la clientela de humanos disfrazados de todos los seres del Averno y las películas de terror que esperan en la puerta para acceder al local. Los tres con aspecto cansado, Angel y Spike vestidos de cuero, Giles de vampiro gótico, los tres con los ojos pintados con agresiva raya negra. Spike sabe que Giles se ha pintado los ojos porque él se los ha pintado. Y Angel porque se los ha pintado Giles. Menea la cabeza, alucinado. A veces esos dos hacen cosas que ni él mismo puede creerse.
El demonio de la entrada también se da cuenta del detalle del exceso de kohl, porque les mira la raya de ojos a los tres y arquea las cejas.
—¿Qué sois, un grupo musical de los 80?—pregunta.
—Pero qué dices—gruñe Angel.
—Es la vocalista—dice Spike señalando a Angel.
El demonio sonríe con sus tres filas de colmillos, menea la cabeza.
—¿Y qué?—dice señalando a Giles—. ¿Ese vigilante os tiene atados con algún conjuro diabólico de sumisión y os hace salir en Halloween?
—Algo... parecido—suspira Spike. Angel rumia por lo bajo y no contesta.
—Buscamos un Demonio Polimorfo Cucurbitáceo—suspira Giles— Lo hemos perdido en la urbanización de ahí detrás. Ya no me aparece en el mapa, ni usando la Cruz de San Pancracio.
—Ufff... mala cosa—dice el demonio, luego encoge los hombros—. Bueno, que tengo trabajo. Ese bicho no es nada comparado con controlar que no se me cuelen mocosas menores de edad. A lo que me descuido empiezan a subirse a la barra y a enseñar los ligueros.
—Joder—parpadea Spike—. Parece un trabajo mejor que el mío.
Giles frunce el ceño. Angel también. El demonio niega con la cabeza.
—Sí pero luego se me emborrachan y vomitan como la niña de El Exorcista. ¿Conocéis la película?
Angel, Giles y Spike asienten con la cabeza. Giles agita de nuevo su mapa.
—Necesitamos encontrarlo—dice.
—No es asunto de mi incumbencia—dice el demonio, con impaciencia—Yo tengo al mío totalmente controlado, le pongo los conjuros anuales y todo eso. Hasta lleva un cascabel. O sea se le habrá escapado a otro ¿vale?
—Por favor—insiste Giles—. Te... pagaremos.
—Que tengo trabajo—gruñe el demonio—. Hale, quitaros de la puerta.
—¡Se acabó!—gruñe Angel, y agarra al demonio de las solapas de satén de su americana. El demonio jadea ahogadamente (quizás porque los fuertes puños de Angel le han arrugado por completo la brillante tela) y gesticula como pidiendo auxilio.
—¿Pero qué le pasa a éste?—gime.
Spike se interpone entre Angel y el demonio, separándolos.
—Nada, se cree que está en L.A.—dice— .Y creo que también está estreñido. Tiene cara de estar estreñido ¿no crees?
—Los vampiros no van al water—parpadea el demonio—¿No?
—Lleva sin ir 250 años, así que imagínate.
—Ya...está bien—gruñe Angel, molesto—. Dinos cómo localizar a ese... Cucurbitáceo Cambiante o como se llame.
El demonio mira a Angel, a Spike, a Angel de nuevo, decide que lo mejor será colaborar.
—Si ya no emite radiaciones mágicas es porque está bien lleno—dice, inclinándose un poco hacia ellos—. Y a punto de volver a hibernación hasta el año que viene, claro.
—¡Dios mío!—gime Giles— ¿Y los niños?
—Serán digeridos lentamente a lo largo de ese año, como sustento—dice el demonio. Luego asiente con la cabeza—. Prueba con este conjuro—garabatea algo en una servilleta de papel del local, que saca del bolsillo de la arrugada americana—. Debería emitir una de esas lucecitas de localización a las que hay que seguir, te llevará hasta él. ¿Las conoces?
—Sí, por supuesto—dice Giles. Hace ademán de sacar dinero pero el demonio niega con la cabeza.
—Me debes una, tío—dice, luego señala a Angel—. Sólo llévate a tus vampiros-zombi de aquí ¿de acuerdo? Me están espantando a las chicas, parece la entrada de un bar de ambiente.
Giles asiente con la cabeza y avanza hacia donde tienen aparcado el coche, seguido por Angel y Spike farfullando palabrotas por lo bajo.

 

Afueras de la ciudad

Giles se dice de nuevo que no debería haber dejado conducir a Angel bajo ninguna circunstancia. Pero es que es cierto que la jodida lucecita localizadora corría lo menos a 185 kilometros por hora, y en zigzag y por la acera, y sin importarle un pimiento los cambios de dirección y no digamos los semáforos, y Angel tiene los reflejos mucho más rápidos por ser un vampiro y está muy acostumbrado a los coches veloces, y deportivos. Y la otra alternativa era que condujera Spike, claro, eso no hay ni que pensarlo salvo en caso de amputación simultanea de los cuatro miembros.
De todos modos a lo mejor podría haber intentado... ralentizar la cosa infame luminosa esa, en lugar de aceptar que condujese Angel, que está claro que le tiene una cierta inquina porque ahora a Spike se lo está tirando él, Rupert Giles. Pero con la ansiedad por capturar al peligroso Demonio Polimorfo, y los nervios y el cansancio de la agotadora noche y las malditas cancioncillas de Truco o Trato Giles no está en sus plenas facultades y no ha alcanzado a pensar soluciones, sólo a darle las llaves del Citröen.
Que yace ahora echando un humo negro por el carburador quemado, contra el poste de teléfonos con el que han chocado de frente. Girando de tanto en tanto, casi dolorosamente, un tapacubos vacío. Han perdido una de las aletas contra Giles no sabe qué, y es muy posible que sea el poder de alguno de los conjuros protectores lo único que impide que el coche se desintegre.
De todos modos tienen al demonio acorralado, sus palos afilados –los Instrumentos de Detección– aferrados en las manos, una linterna para iluminar el lugar y una bolsa de deporte con cremallera para meterlo y llevárselo en el caso de que sea imposible acabar con él in situ.

Entran en la vieja nave abandonada, en tiempos un almacén de golosinas en el que aún flota el aroma de la melaza, el azúcar quemado y el regaliz. El Demonio Polimorfo Cucurbitáceo no está a la vista. Sí hay, en cambio, una montaña de cajas de cartón viejas de golosinas que llegan hasta casi el techo dela nave.
—Maldita sea—suspira Giles, recorriendo las pilas de cajas con la linterna. Dan vueltas alrededor (el montón tiene un enorme perímetro también) y finalmente deciden atrancar las puertas y esperar.
No ocurre nada. De tanto en tanto un leve sonido, apenas audible para Spike y Angel, sale de la montaña de cajas, pero lo mismo podrían ser ratones.
—Nunca lo encontraremos—dice Spike—Mejor vámonos afuera.
Y apaga la luz de la linterna de Giles.
Entonces se dan cuenta de que de una de las cajas, hacia el centro del montón, sale un fulgor anaranjado. El Demonio Polimorfo, en su hartazón alimenticia, ha olvidado desconectar su iluminación de Halloween.
Con un grito de guerra incubado tras largas horas de frustrante búsqueda, sufrimiento de todo tipo y una noche de cancioncitas de Halloween, Angel, Giles y Spike atacan a la vez blandiendo entre los tres dos palos y medio. Atravesando la caja de cartón pinchan al demonio por tres lados, dándole muerte. La calabaza grita horrendamente, un grito aún más fuerte que el que ha emitido cuando le ha atacado Spike esa misma noche, grita haciendo reventar los cristales sucios de la nave, y finalmente estalla en una inmensa nube de humo anaranjado brillante.

En su lugar, sobre el montón de cajas pisoteadas,  aparecen dos docenas de críos que casi inmediatamente se ponen a llorar a pleno pulmón, y acto seguido comienzan a toser a la vez, medio asfixiados por los vapores tóxicos. Angel agarra los tres o cuatro más cercanos en una brazada y echa a correr fuera de la nave, Spike lo imita llevando como puede otro rebaño de pataleantes críos, que consiguen darle algún buen puñetazo, arañazo y mordisco.
—¡Joder!—se queja Spike—¡Qué os estamos ayudando!
Giles, tosiendo como los niños, echa a un lado palo y linterna y se afana también en ir sacando niños al aire fresco del exterior. Angel y Spike hacen dos o tres viajes más hasta que consiguen sacarlos a todos, que no dejan de llorar y de berrear a pleno pulmón.
—Bien, voy a llamar a la policía y luego...—Giles mira de reojo al rebaño de niños alterados—Será mejor salir de aquí antes de que hagan preguntas.
—Buena idea—dice Angel, dejando en el suelo una pequeña vestida de sapo.
—A mi me está entrando hambre además—gruñe Spike, volviendo su cara de vampiro feroz hacia los mocosos, que gritan todos a la vez, aterrorizados.
—¡Spike!—jadea Giles
—¡Uno me ha mordido!—dice Spike
—No seas... infantil.
—A mi me han vomitado—dice Angel, compungido. Giles alza los ojos al cielo, señala el teléfono policial de emergencias del otro lado de la calle.
—Bien, id al coche. Llamaré ahora mismo.
Pero el coche no está en condiciones de dar ni un solo giro de rueda (de ninguna de las tres) sin ayuda de al menos dos grúas. Así que en cuando Giles, Angel y Spike, escondidos tras las ruinas del citröen, tienen constancia de que la policía comienza a ocuparse de los niños, echan a andar con aire muy cansado hacia el centro.

—Al menos tenemos... una bolsa—dice Spike, abriendo la bolsa de deporte donde iban a meter al Cucurbitaceo. Angel y Giles lo miran, sin comprender—¿Pedimos caramelos?
—¡Vete al cuerno!—gruñe Giles. Angel ni siquiera le contesta.
—Aguafiestas—murmura Spike.
Siguen el largo camino a pie hacia las luces anaranjadas del Halloween en la ciudad.

 


 

 

FIN