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Tardes de lluvia y té


Giles nunca le grita. No le grita a nadie en realidad. Tiene un tono de voz suave, de habla pausada, y se para demasiadas veces cuando intenta poner en orden sus pensamientos, mientras busca la palabra precisa (esa que ya ha aparecido cinco veces y con tres alternativas saltando y empujando por salir en la cabeza de Spike mientras Giles se lo está pensando) para decir justo lo que desea decir y nada más.
Así que a veces lo pone un poco nervioso, claro. Pero otras casi le contagia el tempo. Lento, tranquilo, suave.
Agradable. Spike ha tenido demasiados gritos en su vida, y no sólo le duelen por su oído de vampiro. Con Giles hay otras cosas, pero no gritos.


El tono de la voz del vigilante es tranquilizador para Spike. Aunque no le preste ninguna atención a lo que le está diciendo. Que suele ser el caso porque él se distrae con cualquier cosa. En esas veces, sobre todo si están solos, él lo llama William para que le atienda. (Spike siempre lo hace, sin poder evitarlo, aunque le esté hablando de libros u otras cosas aburridas.)
Aunque al menos le dice en voz alta que son cosas aburridas, para que le quede clara su postura.


También lo tranquiliza su acento inglés, que le trae recuerdos muy lejanos, nebulosos. Recuerdos con aroma a libros de colegio y a paredes paneladas de madera. A tardes de lluvia y té. Bien, eso vuelve a tenerlo, de nuevo, junto al Vigilante.

Spike odia el té, y se lo recuerda casi cada vez, para fastidiarlo. Aunque los nervios de Giles parecen hechos del más flemático acero de las islas. Se limita a sonreír levemente y a subirse las gafas, mientras se echa los terrones en la taza.

Después de hacerlo, no importa si ha sido fuerte o suave o duro o alguno de los juegos (pervertidos) de Giles, puede acurrucarse contra él, a su calor, y Giles nunca lo echa a un lado. Spike puede meterse entre sus brazos (él siempre lo rodea) y cerrar los ojos y dejarse querer. O lo que sea. No ha tenido mucho de eso en su vida, es consciente de ello. Y sigue buscándolo con ansia. Lo que sea.
Ya lo ha dicho pero ¿qué pasa? Puede repetirse si quiere.
Se está realmente bien contra su cuerpo, recibiendo sus besos suaves en la sien, el tacto de la mano del vigilante en la nuca.


Quizás sea ése el momento adecuado para decirle que ha vuelto a joderle el coche. Y lo intenta, de veras, pero sólo le sale un ronroneo bajo, mimoso, adormilado. Giles lo malinterpreta y le besa el piercing de la ceja, estrechándolo más. Spike suspira hondo y no dice nada.

Con Giles, cueste lo que cueste llegar allí, sexo, sangre, cualquier otro placer o lucha, todo acaba siendo como una habitación oscura, confortable y tranquila donde, al fin, Spike puede cerrar los ojos. 

 

 

FIN