Noche de No Valentín


Casa de Giles

Si existe una celebración absurda en el calendario, mucho peor que la Navidad o el Halloween, es San Valentín. En eso, aunque parezca extraño, tanto Giles como Spike están de acuerdo. A Giles es la que más le repatea, por muchas y variadas razones, como el consumismo, la tontería y la ñoñez. También a Spike. Bueno a Spike más, porque lo ha dejado claro tras una discusión de veinte minutos entre “a ti o a mí” que ha terminado con Giles sin aliento y con la jaqueca del siglo.
Por eso ahora, tras tomarse dos aspirinas, al Vigilante no le importa en absoluto tener que salir a una misión en esa noche. Es una noche cualquiera de trabajo.
Naturalmente a Spike tampoco le importa.

 

Librería

Es curioso que las tiendas abran hasta tan tarde, como si se tratase de Navidad. Pero en esos tiempos consumistas que corren, a Giles tampoco le extraña tanto: se trata de comprar lo que sea para cualquier celebración ridícula, como esa de los enamorados.
En todo caso les viene bien que la librería esté abierta, porque es donde Giles tiene que ver al primer contacto.
Entran los dos, muy decididos. Giles arrebujado en su tres cuartos de cuero marrón, Spike en el abrigo largo negro. Hace bastante frío y todavía queda nieve por las calles.
—No me jodas—suspira Spike, en cuanto acceden al local. Giles (que se había distraído un momento mirando lo bien que le sienta ese jersey rojo a Spike) mira a su alrededor, parpadeando tras las gafas.
Que posiblemente son lo que impide que se le caigan los ojos. Porque toda la librería, otrora discreta, está decorada esa noche con corazones de todos los tamaños y todos los tonos de rosa y rojo colocados por todas partes. Enormes carteles llenos de brillos magenta y oro claman que es la Noche de los Enamorados, y decenas de cupidos volanderos cuelgan de los techos, oscilando alegremente flechas en ristre.
Hay música pretendidamente romántica sonando a todo gas.
—Bien...— consigue articular Giles— Vayamos al trabajo.
—Joder, joder, joder—gruñe Spike.
Se dirigen un tanto temerosamente hacia el stand de postales, donde Giles ha quedado con su contacto. Hacen como que buscan una, muy juntos el uno al otro. Pasando distraídamente la mirada por pilas de cartulinas con dibujos cursis, osos, cachorritos y más cupidos voladores.
Al cabo de un rato comienzan a sentir los dos en la nuca la mirada reprobatoria de la dependienta, una señora de edad y aspecto severo que -se dice Giles- debería de tener más sentido común y no dejarse influenciar por esas... paparruchas comerciales romanticoides.
— Habrá que comprar algo para no despertar sospechas-dice en voz baja.
—¿Qué?—parpadea Spike. Giles suspira hondamente y elige una postal al azar.
—No es culpa mía que esté todo lleno de estas...cosas—se defiende, mientras va a pagarla.
Spike espera que regrese, luego le arrebata violentamente la postal y la abre. Se queda mirando la romántica escena en DINA4, con flores, corazones y dos sonrosados amorcillos obesos dándose tiernos besitos.
—“Para mi dulce amor en el día más dulce y lleno de amor.” ¡Joder!—exclama, sacudiendo la cabeza—¿Pero qué subnormal ha escrito esto? ¿Habrá aprobado el primer curso?
Justo en ese momento escuchan una voz ronca, con acento, a la derecha, y un demonio muy alto asoma la cabeza hacia la horrenda postal valentiniana que sostiene Spike.
—¡Oh... que postal más mona, tiene hasta glitters!—dice el demonio, con una sonrisa turbia, y señala hacia Giles—¿Te la ha regalado éste?
Spike esconde la postal detrás, ojos enormes.
—No—dice.
El demonio arquea las cejas, y se las arregla para arquear también las crestas óseas de la frente, haciendo su incredulidad todavía más patente. Giles da un paso al frente, interponiéndose entre el demonio malintencionado y Spike.
—Bueno, a ver—dice, bastante ofuscado—. Tenemos que entrar a la guarida del Morgobh. Danos el pase.
—Eh, que no es tan sencillo—dice el demonio, mirando de reojo a Spike con sorna—. Ya sabes que somos tres, yo soy el primero— le tiende una pequeña pieza de barro con unas runas grabadas— Dale esto a mi camarada.
—Y dónde podemos encontrarlo?
—En una tienda que hay en la calle Strattford—dice, y le pasa también un papelito con una dirección escrita con picudas letras rojizas.
—Estupendo—dice Giles, y desliza el pago con disimulo en el bolsillo de la chaqueta del demonio, que asiente satisfecho.
—Que disfrutéis de la postal, parejita—dice el demonio.
—¡No somos...una pareja!—protesta Giles
—¡Imbécil!—le grita Spike.

 

Floristería

La tienda donde deben hacer el segundo contacto está en una zona muy comercial, muy iluminada, muy llena de gente, y resulta ser una floristería. Llena hasta los topes de ramos de rosas amorosos y con carteles de San Valentín, de orquídeas atadas a globos rojos en forma de corazón y flores y más flores con cartelitos clamando la necesidad imperiosa de declararse a alguien esa maldita noche.
—Vamos a quemarla—murmura Spike.
—¡Spike! No... podemos—murmura Giles tras de él— Nos... verían, hay mucha gente.
—Joder.
Entran más o menos animosamente, uno al lado del otro. Caminan por la floristería, entre los ramos de rosas románticos y los ositos de peluche con globos y leyendas ñoñas escritas en cartulinas en forma de corazón, mirando entre el gentío donde puede estar su contacto. La clientela de la tienda es muy variada, desde los adolescentes atontados que uno esperaría encontrar, ávidos de festividades cursis, hasta caballeros trajeados y señoras elegantes que desde luego Giles opina que no deberían entretenerse en estas tonterías. Al fondo de la tienda, dos punks con agresivas crestas de colores están discutiendo si compran el ramo de rosas rojas o el de blancas para sus parejas.
—El mundo está condenado—murmura Giles.
—Oh, yeah—asiente Spike.
Caminan por la tienda iluminada, llena, aromática de rosas y ambientador empalagoso. Haciendo como que miran las flores y los horrendos muñequitos de peluche con sus letreritos cursis.
—¡Qué románticos, comprando flores para San Valentín!—dice una voz a su lado. Giles y Spike respingan los dos a la vez.
—Solo estamos trabajando—gime Spike.
—Ya, ya. Ya lo veo—dice el contacto, un vampiro con la apariencia humana de un hombre cualquiera. Les guiña el ojo con complicidad— Y de paso aprovecháis ¿eh?.
—¡Que no!—protesta Spike.
—Nos han... dado esto para ti—interviene Giles, poniendo en la mano del vampiro la tabletita de arcilla. El otro la mira con disimulo, asiente casi imperceptiblemente. Luego saca del bolsillo un pequeño sobre que entrega a Giles.
—Para el tercer hombre—dice—. Ahí dentro van las señas.
—Gracias—dice Giles, y le entrega un puñado de billetes, que el vampiro hace desaparecer en el bolsillo interior de su cazadora. Cuando se marcha, da una palmada en el hombro a Spike y señala el stand de flores con la cabeza.
—Cómprale al Ripper las rojas, son las más amorosas.
—¡Iros a la mierda tú y San Valentín!—gruñe Spike. Las cabezas de todas las personas cercanas a él se vuelven a mirarlo, indignadas. Spike se sonroja, baja la mirada.
—Vámonos de aquí—murmura Giles, y tira de Spike hacia el exterior, esquivando a su paso el montón de clientes que menean la cabeza reprobatoriamente.

 

Parque

El local donde tienen que ver al último contacto está al otro lado del barrio, en pleno centro, y lo más rápido es cruzar el parque Kensington. Está más o menos iluminado, y no hay apenas nieve en los caminos, así que pueden ir bastante deprisa. Aún con todo, hay partes en las que es mejor caminar a través del césped, y en un momento dado Giles resbala a causa del hielo y cae un poco contra Spike, que lo sujeta del brazo.
Entonces se dan cuenta de que se han quedado enganchados de las mangas.
—¡Maldición!—dice Giles, tirando inútilmente— Se me ha enganchado el botón del puño en tu abrigo.
—Espera, déjame ver—dice Spike, moviendo un poco el brazo, el botón metálico se ha metido en la trabilla de su bocamanga, donde ha quedado encallado.
—No se ve nada—dice Giles—vayamos bajo esa farola
Enganchados de los puños de los abrigos, caminan hacia la farola amarillenta, de aire antiguo. Justo en ese momento cruza el círculo de luz un demonio bajito, vestido de cuero. Es un chivato conocido en el submundo por sus contactos, que vende cualquier información al mejor postor, Giles y Spike lo conocen bien.
—Ahora sí la hemos jodido—suspira Giles.
—Ah, ¿te parece que la habíamos jodido poco antes?—pregunta Spike
—No! Quiero decir que...
—Te he entendido—suspira Spike, mientras el demonio parpadea hacia ellos y sonríe untuosamente.
—¡Hombre, El Ripper y William the Bloody! Qué románticos, paseando por el parque en esta noche—suspira evocador— Y cogiditos de la mano.
—No estamos cogidos de la mano—murmura Spike—. Ha sido un accidente.
—Se m...me ha enganchado el gemelo en su manga—tartamudea Giles
—Sí—lo apoya Spike, ojos muy grandes.
El demonio los mira de reojo y frunce los labios con displicencia. Mientras emite el mismo sonido de una ancianita de ochenta años que conoce de sobras las mentiras de los hombres (porque ha enterrado diez maridos), una lograda mezcla entre chirrido y cloqueo despectivos.
Alza la cabeza y mira la romántica farola iluminada.
—¿Os estabais declarando?
—¡Pero qué... dices!—gime Giles.
—¡Estamos trabajando!—se defiende Spike.
—Si vosotros lo decís...—sonríe el demonio.
—¿Por qué no te largas, mamón?—gruñe Spike.
—Está bien, está bien, no quería interrumpir vuestra cosa romántica.
Giles y Spike gruñen sendas palabrotas y hacen ademán de ir contra él (a la vez, porque siguen enganchados). El demonio da un saltito atrás defensivamente, riendo entre dientes. Luego les echa una última mirada absolutamente malintencionada, y despidiéndose con la mano se marcha a sus asuntos.
Giles y Spike siguen forcejeando con el botón del tres cuartos de Giles (intentando con gran empeño en que esos tirones y roces de los dedos no parezca ni por asomo que están haciendo mantas) hasta que finalmente las mangas se sueltan, liberándolos.
Suspiran, aliviados. Spike enciende dos cigarrillos y le tiende uno a Giles, que lo acepta en silencio. A lo lejos, entre los árboles, todavía puede verse al demonio inoportuno caminando, volviendo la cabeza de tanto en tanto hacia ellos mientras se marcha del parque.

 

Restaurante

El último lugar de encuentro donde deben acudir esa malhadada noche de San Valentín es por supuesto –y por justicia poética o maldad de los Dioses del Caos, se dice Giles- un restaurante. El local está un poco escondido en una callejuela, porques es un restaurante mixto de humanos y demonios, pero aún así está claro que han debido de publicitar bien el evento, porque no cabe un alfiler. Giles y Spike tienen que esperar bastante rato en la calle, haciendo com oque no están en la fila junto a las parejas acarameladas, y una vez dentro se ponen inmediatamente a mirar a ver si localizan al Tercer Guardián de la guarida del Morgobh.
El restaurante está absolutamente abarrotado de parejitas cenando a la luz de las velas, mirándose arrobadas y melosas mientras suena música suave, romántica, empalagosa, desde los altavoces del hilo musical. Los camareros, humanos y demonios también, van y vienen entre las mesas animadamente, vestidos con unas horrendas alitas de cupido y un carcaj dorado con flechas a la espalda. Las flechas en vez de plumas tienen corazones., que sobresalen airosamente del recipiente.
—Voy a vomitar—gime Spike.
—Ahora no—dice Giles, y mira a su alrededor, intentando desesperadamente localizar al demonio que buscan.
—Esto ya es demasiado ¿por qué me dejo liar?—gime Spike, haciendo un puchero—. ¡Soy un desgraciado, y tú un cabrón sin sentimientos!
—¡No es culpa mía que el JODIDO restaurante esté lleno de JODIDOS globos rosas!—exclama Giles. Spike hace ruidos de vómitos a su lado. Giles tira de él hacia una mesa que ha quedado vacía milagrosamente.
—Mejor será que nos sentemos, estamos llamando mucho la atención ahí depié.
Spike se sienta y suspira, abatido. Giles hace una seña al camarero y pide algo de beber de momento. Los dos whiskys que les traen están adornados con corazones de papel. Spike se abate más.
Miran a su alrededor, intentando localizar al contacto y salir cuanto antes de allí. Entre risas emocionadas, una pareja de vampiros, a su derecha, hacen salir de una caja un montón de globos flotantes en forma de tierna palomita rosada. El salta emocionado y ella palmotea. Spike y Giles se terminan los whiskys a la vez, de golpe. Se les enrojecen los ojos a la vez también, pero seguramente es por la visión de los globos pululando por el techo  junto a los corazones de adorno y los carteles de letras rojas anunciando la Noche de Los Enamorados.
Unos demonios decrépitos, de sexo indeterminado, se cogen de las cuatro manos resecas ante una enorme tarta con corazones de cartulina. El cupido sonrosado que adorna el pastel debe de ser de mazapán, porque tras mirarlo embelesados lo despedazan y comienzan a devorarlo con fruición.
—Joder—gime Spike, retirando la mirada del anciano demonio con una piernecilla de Cupido saliendo de la boca—¿Pero dónde está ese tío?
—Está tardando mucho—murmura Giles—. Tendremos que pedir algo de cena, el local está muy lleno y el... maître o lo que sea nos está mirando mal.
—¿Quieres decir ese demonio H´traksnyk que roza con el dintel de la puerta de tan enorme?
—Precisamente.
—Joder. Vale, pidamos algo.
Tienen que pedir la cena. Giles hace otra seña y enseguida se acerca un camarero, un vampiro gordito que camina airosamente haciendo menear sus alas postizas de cupido. Todos los platos de la carta (adaptados a las diferentes especies de seres que vienen habitualmente) llevan esa semana, al parecer, nombres San Valentineros.
Giles y Spike miran las cartas con cara cada vez más angustiada.
—Tomaré la... esto... ensalada de corazoncitos... alados y luego un... bistec...eh... amoroso con salsa de nubes... esto... rosas—dice Giles al fin.
—¿Y de beber?
—Más whisky—gime Giles.
—Y tráeme otro a mí—dice Spike.
El vampiro anota rápidamente en la libreta y se vuelve hacia Spike, con una gran sonrisa.
—Tenemos sangre de cupido adolescente—dice.
—Genial—gruñe Spike— Espero que los hayáis matado a todos.
Giles suspira hacia el camarero.
—Eso de momento—dice.
Al parecer las cocinas están tan llenas como el local en previsión de la animada noche, porque no tienen que esperar mucho la cena. Giles da vueltas a ensalada con pasta en forma de corazón y coloreada primorosamente de diferentes matices de rosa chicle. Luego se trasiega el whisky. Spike hace lo mismo tras mirar aprensivamente el vaso de sangre que le han traído. La sangre parece normal, pero alrededor de la taza una cinta dorada sujeta unas pequeñas alitas de peluche blanco. Está dudando si arrancar las jodidas cosas o no, cuando repara en un enorme demonio que se acerca directamente hacia su mesa, muy decidido.
—Joder, ¿ése no es ese demonio chirrago que trabaja en el Ambiguous Biledemon?—pregunta a Giles. El Vigilante asiente con la cabeza.
—Oh, por Dios—jadea.
El chirrago se para ante ellos y saluda con la mano y una enorme sonrisa pintada de carmín magenta. Ha debido de estar de compras por la city, porque disimula su demonidad, ya que no su enorme mole, con un floreado vestido femenino de abigarrados colores y una enorme pamela con coqueto medio velo.
—¡Hombre, la parejita! –exclama a modo de saludo—Estáis de celebración, ¿eh?
—Estamos de misión—gime Spike.
—No somos una pareja, somos... cazadores de demonios—dice Giles.
El enorme chirrago los mira y pestañea incrédulo haciendo abanicar sus aparatosas pestañas postizas.
—Cazadores de demonios inoportunos—añade Spike
—Ops... bueno, bueno. Ya os dejo solos—dice el demonio, meneando la cabeza, luego suspira atronadoramente—. Los enamorados siempre quieren estar solos en una noche como ésta.
—¡Mecagoenlaleche! ¡Qué no estamos...!—exclama Spike, pero el demonio ya se ha marchado taconeando rápidamente hacia la barra.
Giles se termina el whisky.
—Se lo dirá a todo el mundo—suspira.
—Puedes contar con ello—asiente Spike.
Hacen como que cenan tristemente, mientras de las mesas les llegan susurros, conversaciones empalagosas, canciones de amor y en una ocasión –parece increíble- un soneto recitado que rima bañera con camiseta que a Giles le produce sudores fríos y a Spike un ataque de tos nerviosa.
Las parejas enamoradas van y vienen gritando ¡Feliz San Valentín! a modo de saludo, mientras la música sigue y sigue resonando un poupurrí de melodías dulzonas. Spike murmura que si vuelven a poner a Celine Dion quema el local diga Giles lo que diga. Giles dice que quizás le ayude, si vuelve a escuchar a la jodida Whitney Houston
Giles está ya acabando el filete cortado en forma (cómo no) de corazón y rodeado de puré de patata moldeado artísticamente en forma de nubes rosas y el contacto todavía no ha aparecido. Empiezan a pensar que no ha recibido el aviso del contacto anterior y no va a venir, lo que sería un digno colofón a una noche realmente horrible.
Cuando ya están a punto de irse, desalentados, el camarero les trae un pastel que no han pedido, diciendo que es regalo de la casa por San Valentín a todas las parejas enamoradas. Giles y Spike lo fulminan con la mirada y le dicen que no son pareja y no están enamorados y además es una cena de trabajo, pero el cupido vampírico no parece darse cuenta, mientras coloca en medio de la mesa una pequeña tarta epítome de la decoración valentinera, toda ella nubes, rosas, corazones y nata en tonos blancos y rosados.
Giles murmura las gracias y le pide que por favor deje la botella de whisky.
Cuando el camarero se marcha, se quedan los dos bebiendo metódicamente de sus vasos, mientras miran el engendro pastelero, muy abatidos.
Por supuesto en ese momento aparece su contacto, un demonio de piel verdosa y alegre sonrisa cuajada de dientes.
—Hola, lamento llegar tarde. ¡Pero veo que habéis aprovechado para la cena de San Valentin!, ¿eh, tortolitos?—exclama muy amistoso.
Realmente a Spike no le extraña cuando Giles agarra al demonio de la pechera y le mete la cara contra el pastel.

 

Casa de Giles

Giles y Spike permanecen sentados en el sofá, con aire cansado, mirando el fuego de la chimenea. Afuera está nevando de nuevo y los blancos copos se estrellan contra la cristalera del salón, acumulándose poco a poco en los listones de madera.
Giles termina su té, lo deja en la mesita baja. Spike no ha tocado el suyo. Los dos están bastante mareados por las ingentes cantidades de whisky que han acabado bebiendo en ese horrendo restaurante.
Finalmente Spike pregunta, en voz baja:
—¿Crees que se lo ha creído alguien?
—¿El qué?
—Que no hemos salido a... tomar unas copas y cenar y eso por San Valentín. Como una...—el vampiro aprieta los labios en un mohín horrorizado— pareja.
Giles se queda pensativo. Luego niega con la cabeza.
—Ni por un momento—dice.
—Ya, eso me parecía.
Siguen en silencio, mirando las llamas, mientras intentan no pensar en la misión frustrada. En la horrible noche de San Valentín.
Al cabo de un rato Giles suspira hondamente, apesadumbrado.
—Yo tampoco me lo he creído—dice.
Spike alza los ojos al cielo, no dice nada. Luego se recuesta contra el Vigilante y se coge de su mano.

 

 

FIN