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Los padrinos

Para nycox en el día de su cumpleaños.

La sorpresa

Giles se levanta incorporándose de golpe, tantea hacia la mesilla y sólo encuentra el vacío. No está en su habitación, No recuerda donde está. Entonces se da cuenta de que ve bien por uno de los ojos, o sea de que lleva las gafas puestas, se tantea la cara y se las recoloca en su sitio. Mira hacia abajo, hacia sí mismo. Lleva puesto un traje de etiqueta negro muy elegante (aunque algo arrugado dadas las circunstancias) y de su cuello cuelga una pajarita deshecha.
Mira a su alrededor, en la penumbra. Parece encontrarse en una habitación de motel destartalada, amueblada posiblemente en los 70. El sol poniente de California se filtra entre las grietas de las persianas bajas.
A su lado está durmiendo Angel.
¡AAAGGGGGGHHHHHHH!—exclama Giles, ahogadamente porque tiene la garganta seca como si fuese de madera.
Angel no se mueve. Giles se lleva las manos a la frente, mareado. Ni en sus más enloquecidas pesadillas provocadas por las drogas habría imaginado que se iba a ver en una situación como esa.
Consigue tragar algo amargo parecido a la saliva y aprensivamente levanta un poco el cobertor de estampados pasados de moda. Angel está completamente vestido y, como él mismo, lleva un traje de etiqueta negro. Está dormido boca arriba, en la postura que uno imagina para el conde Drácula de las películas, y ocupa las dos terceras partes de la cama. Entre los vapores alcohólicos de la monumental resaca, Giles se dice pragmáticamente que algo muy grave no debe haber pasado, porque al menos puede... esto... sentarse. Tiene algunas... molestias por ahí abajo pero sin duda debe ser porque su vejiga está a punto de estallar. Sí. En absoluto por otras... actividades. Aunque -mira de nuevo con preocupación hacia la figura dormida del vampiro- por parte de Angel no puede asegurar nada, claro.
Sólo de imaginarse a sí mismo saltando libidinosamente sobre Angel le da un ataque de ansiedad nerviosa que le acelera la respiración y el pulso. Intentando dejar de hiperventilar, Giles trata de rememorar como ha llegado hasta allí y no puede acordarse. Sí empieza a recordar detalles, casi a modo de flash, de la noche pasada, y su respiración se agita más mientras palidece también un poco más.
Se levanta y casi a trompicones camina hacia el lavabo, pequeño, no muy limpio, iluminado con una bombilla amarillenta. Utiliza el servicio, luego bebe agua directamente del grifo. Se lava la cara y las manos y se seca con una toalla grisácea.
Regresa a la habitación y sin más opciones que una sillón desvencijado lleno de muelles salidos y seguro que hasta garrapatas y el colchón ocupado por el enorme corpachón de Angel, finalmente se sienta pesadamente en el lado de la cama.
Ahora recuerda que todo comenzó con la invitación de Xander a ese surrealista evento.



La invitación

Es una de esas ocasiones que todo el mundo teme que alguna vez lleguen. O sea la boda -otra boda- de Xander. Por supuesto él no quiere ir, de ninguna manera, las bodas ya le repatean, pero además de un pelma como él... y nada menos que con Harmony.
Sólo transige muy a regañadientes por la maldita insistencia del muchacho y por una afirmación absolutamente ilógica pero que deja a Giles realmente molesto.
—¡A la boda de Randy sí que irías!—exclama Xander.
—Te aseguro que no—susurra Giles.
Salvo con un par de estacas, claro. Una para Spike y otra para... el cabrón de Angel, que seguro que sería el que se lo querría quitar. Bien, el caso es que las plañideras y vehementes lágrimas de Xander lo acaban convenciendo. Al fin y al cabo está claro que el chico no puede llevar a su verdadero padre, que está en presidio por conducir de nuevo borracho. Y le ha tocado el amor propio esa insinuación de que por Spike lo haría... por Spike que lleva más de tres días sin aparecer por la casa y que (Giles lo sabe a ciencia cierta) ha sido visto en compañía de elementos de aspecto delictivo. O sea, como él mismo. O como ese maldito licántropo de los piercings y la melena rubia, al que Giles ya odia con todas sus fuerzas.
Por uno u otro motivo o por todos a la vez, o porque su estado de animo no es muy apropiado para la firmeza, Giles acaba aceptando. Será el padrino de Xander en la ceremonia y lo llevará al altar. O lo que sea, una tumba tapada con un trapo probablemente porque claro, Harmony es una vampiro, no se va a casar en el juzgado de Paz de la ciudad ni en una iglesia.
Una ceremonia en Los Angeles, en el Cementerio de las Estrellas, a la luz de la luna, con baile en el exterior aprovechando el suave clima de California., muy romántico todo. O eso reza la invitación, en oro y rosa chillón, que Xander se apresura a entregarle.
Incluso viene ya a su nombre. Giles no tiene escapatoria.



La llegada

Giles siente ganas de vomitar nada más salir del coche, en el cementerio de Forest Lawn. Ni en el más enloquecido Halloween ha visto nunca un cementerio tan decorado. Y desde luego nunca con flores blancas, rosas y magenta colgando en coloridas guirnaldas de lazos desde panteones y árboles, o atadas en enormes ramos que conforman el camino de la feliz pareja hacia el improvisado altar. Una tumba alta, sí, con un vaporoso paño de encaje blanco cubriéndola, superpoblada de más ramos de flores y grupos de velas rosas, blancas y magenta. Alguien ha tenido la feliz idea de tapar la cruz de piedra que decoraba el mausoleo con un enorme corazón hecho con flores de purpurina, convirtiendo el conjunto en un monumento al amor acaramelado y al mal gusto a partes iguales.
—¡Has venido!—exclama Xander con la voz temblorosa por la emoción, y se lanza a los brazos de Giles. El vigilante aguanta envaradamente las efusiones de Xander, finalmente le da unas palmaditas en la espalda. Xander le indica que tiene que llevarlo al altar un poco antes de que suene la marcha nupcial -un temazo divino de la muerte de Celine Dion que ha elegido Harmony- para poder esperar a su fiancée.
Giles asiente a todo lo que le dice Xander, aunque apenas sabe ya ni dónde se encuentra, mientras el cementerio se va llenando de invitados con sus mejores galas, humanos y vampiros. Un puñado de muchachas (la mayoría vampiros, se dice expertamente Giles) pasan a su lado riendo como tontas en voz alta y lanzando estúpidos grititos de animadoras de High School, un apretado rebaño embutido en vaporosos encajes de colores lilas y rosados.
—Son las damas de honor, las amigas de Harm—suspira Xander—. ¿No están encantadoras?
Giles se quita las gafas, las guarda en la chaqueta.
—¿Dónde podría... tomarme un whisky?—pregunta al fin. Xander le señala a la derecha, un grupo de mesitas improvisadas sobre unas tumbas bajas, donde dos camareros vestidos con animadas camisas hawaianas en tonos magenta ha extendido botellas, vasos y cocteleras.
En el bar se encuentra nada menos que con Angel y se convence de que debe de estar viviendo una pesadilla.

 

La espera

Angel tampoco está en su mejor momento. El vampiro irlandés permanece muy quieto, mirando a su alrededor con ojos de espanto. Tiene un vaso de whisky en la mano, y en el brazo colgada una cesta blanca de mimbre, revestida de encajes, llena de pequeños unicornios de porcelana. Tienen el cuernecillo de color dorado.
Giles comprende su mirada de angustia vital absoluta mientras se pide la misma bebida para él y se la arrea de un trago. Angel suspira hondo, se termina el whisky y ambos piden que les llenen los vasos.
—Son los obsequios a los invitados—dice Angel, mirando apenas un instante a los unicornios de la cesta, como si temiera que al mirarlos la cosa se hiciera todavía más real—. Tengo que repartirlos como padrino de Harmony.
—Oh... my... God—susurra Giles. Que aunque Angel le cae como un tiro, realmente se da cuenta de que eso es demasiado.
—También me ha puesto esta flor—murmura Angel, mirando un instante hacia su bolsillo. En el que campa, ondeando a la brisa de la noche, una enorme orquídea de tela y plástico de animados colores veraniegos.
Beben en silencio, los dos. Al cabo de un rato Angel mira por encima del hombro de Giles y pregunta:
—¿Has venido solo?
Giles tarda un momento en darse cuenta de que le pregunta por Spike.
—Sí, solo—dice, alegrándose infinito de que el vampiro rubio no haya querido asistir de ninguna de las maneras a la boda. Luego añade educadamente—. ¿Y tú?
—No—murmura Angel, sosteniendo ante sí el vaso de whisky—. Con Lorne.
Giles sigue la mirada de Angel hacia el tumulto de gente, donde alborotando entre las damas de honor descubre al demonio pyleano. Destaca enseguida porque pasa dos cabezas de altura a las mujeres que lo rodean, por el color verde de su cara y por el de su traje, de un lamé naranja eléctrico reluciente que cauteriza las retinas a la primera mirada.
—Más whisky—susurra Giles, y pide una tercera ronda. Las cosas comienzan a verse un poco más borrosas, lo que es una gran mejoría, sobre todo respecto al florón de treinta centímetros del pechero de Angel.

 

La ceremonia

Cuando Harmony hace su aparición del brazo de un aterrado Angel, floripondio en el pechero, todos los presentes lanzan exclamaciones de admiración y contento. Angel, al parecer de Giles tan tieso y envarado como si se hubiera dejado metida la percha del traje en... la espalda, le da un par de pisotones en la cola del vestido a Harmony y también se para un par de veces, incapaz de seguir avanzando hacia el altar, víctima de unas comprensibles alergia a los encajes y fobia social. Pero finalmente, al segundo codazo de la delicada novia en las costillas, consigue entregarla a su prometido.
Giles se quita las gafas de nuevo y se las limpia nerviosamente. El primoroso vestido rosa chicle de la novia, en charol brillante y varias capas de volantes de tul, combina estupendamente con el traje del novio, de corte formal y color amarillo pastel. La corbata de Xander es del mismo charol rosa fuerte que el vestido de la novia.
Giles se dice que parecen una chuchería para niños gigantesca y conjuntada.
La ceremonia propiamente dicha está oficiada por un pastor de alguna congregación de la ciudad que ha sido evidentemente secuestrado y permanece encadenado de la pierna a una silla, junto al altar. Es un hombre mayor, con gafas y aspecto alucinado, que sin embargo consigue recitar una decente homilía matrimonial, cambiando la palabra “mujer” por “criatura de la noche” y omitiendo acertadamente el “hasta que la muerte os separe”.
Giles nota un roce en la mano y, mientras se dice que no es posible que Angel le está haciendo manitas, mira hacia abajo. Angel le está tendiendo una botella. Murmurando un gracias en voz baja, con todo el disimulo que puede, se trasiega dos buenos tragos más de bourbon. Lo piensa mejor y echa otros dos, que remueven el poso de los cuatro o cinco dobles que se ha tomado antes de la maldita ceremonia.
Cuando le toca responder Xander parece sufrir un ataque de pánico escénico y estar a punto de no dar el sí, como le ocurrió en sus dos anteriores bodas fallidas con la pobre Anya y con Buffy, pero un oportuno y certero nuevo codazo de la novia, esta vez en pleno plexo solar, le hace jadear un hhhhhiiiiiii que el oficiante da por válido al instante, pasando a preguntar a Harm.
Giles está tan borracho en el final de la boda que le entra un ataque de risa y está a punto de decir el sí quiero en lugar de Harmony, y sólo un tirón oportuno de Angel (o que se agarra a él porque se cae de tan borracho) lo libra de terminar casado con Xander.
Pero el momento más peligroso de la ceremonia no es ése, sino el lanzamiento del ramo de novia por parte de Harmony. Arreboladas las mejillas por la emoción (y dos kilos de colorete Maybelline, el maquillaje de las estrellas) y suspirando a diestro y siniestro, Harmony da un paso al frente, hace un mohín afectado de reina del baile y lanza muy alto el ramo de rosas, orquídeas y encajes con adornos de perlitas.
Impulsado por su fuerza de vampiro, el ramo sube casi hasta la estratosfera, y comienza a caer tan a lo lejos como la mejor bola lanzada por un pitcher de la Selección Nacional de béisbol. De inmediato arranca un griterío ensordecedor entre las féminas asistentes, entre cuyas voces destacan los berridos tenores de Lorne llamándolas putas y zorras y todas echan a correr hacia el fondo del cementerio, tropezando y empujándose. Y cuando el pyleano, gracias a sus largas y varoniles piernas y a que él no lleva vestido apretado, está a punto de alcanzar el primero el ramo por delante del mujerío, una rolliza vampira de mediana edad se arremanga la falda y le pone la zancadilla haciéndolo caer al suelo. El resto de la tropa le pasa por encima, clavándole los tacones por todo el cuerpo. Gritando doloridos improperios, Lorne se levanta tambaleante y desgreñado, y aparta del ramo de una bofetada a la avezada señora. Ella, transformándose en vampiro, lo agarra de puñados de pelo y de los cuernos de la frente mientras le grita que es una zorra ladrona. Los dos caen violentamente, al suelo, rodando y arañándose las caras.
Giles retira la vista del injuriado Lorne y su partenaire de lucha libre.
—¿No vas a... ir a salvarlo?—pregunta a Angel. El vampiro irlandés también está mirando la melée de féminas enfurecidas que comienzan a regresar cojeando hacia donde están ellos. Giles no alcanza a distinguir en la lejanía mal iluminada quién ha cogido finalmente el ramo.
—Ni se me va a ocurrir acercarme—murmura Angel. Y tiende de nuevo la botella, ya casi vacía, a Giles. Giles tiene que hacer tres intentos para poder agarrar el vidrio, porque se empeña en moverse y triplicarse ante sus ojos, pero finalmente lo consigue y echa un buen trago.

 

La celebración

Giles y Angel se encuentran contemplando horrorizados el engendro de pastel de bodas rosa y blanco, lleno de merengue y lazos, con toda una variedad de adornos cursis. Tiene varios pisos, todos ellos abarrotados de rosas, corazones y palomitas de caramelo, y coronando el pastel una extraña figura blanca y oro que Giles ha creído un San Miguel o un San Jorge, pero que al acercarse ve que representa a Barbie y a Ken montados sobre un unicornio.
—Necesito otro trago—gime Giles.
—Yo también—asiente Angel.
Continúan bebiendo sin parar, como viajeros medievales que creyeran que ingiriendo espirituosos pudieran librarse de la peste. Por suerte la feliz pareja, en su borrachera de felicidad, no se da cuenta de la que han pillado de whisky los padrinos, y tras abrazarlos a ambos abren el baile con una versión romántica y lenta del “Macarena”.
Giles y Angel aprovechan el impass para trasegarse otra media botella de bourbon. La pista de baile, un trozo de ajardinamiento del cementerio señalizado con encantadoras lamparillas y más guirnaldas, se llena de parejas bailando. Lorne no está a la vista.  Después de comprobar que el ramo de la novia había caído finalmente, y no se sabe cómo, en las manos impasibles de Illyria, Giles lo ha visto salir corriendo hacia los aparcamientos hecho un mar de lagrimas e intentando sujetarse los restos de su americana de lamé destrozada en jirones.
Sigue bebiendo sin parar intentando no escuchar la horrenda música que, de manera preocupante para Giles, a Angel sí parece gustarle, y que se compone de un poupourrí de temas románticos y ñoños.
Terminado el baile inicial Xander se acerca a la mesa de las bebidas y, sin duda aleccionado por Harmony en lo de mantener las combinaciones de colores, pide un cóctel rosado de granadina.
—¡No sé por que no han venido Buffy y Spike!—exclama Xander, dolorido—. Con lo bien que lo habríamos pasado.
—No puede ser tan subnormal—murmura Angel, pastosamente.
—Ya lo creo que puede—gruñe Giles.
—¿Spike? ¡Claro que sí!—asiente Xander.
Giles y Angel abren la boca para decir que en realidad se referían a él, el flamante novio, pero entonces aparece Harmony, rodeada de sus damas de honor que a Giles le parecen cada vez más un grupo de ovejas de colores, o de algodones de azúcar gigantes, y se lleva a Xander.
Las jovencitas de rizados vestidos se quedan ahí, todas juntas, mirando bobamente a los dos apuestos, altos, bien vestidos, y presumiblemente solteros galanes europeos que tienen delante. Haciendo gestos coquetos y hablando todas a la vez intentan convencerlos para bailar, para tomar algo, para dar un paseo, para lo que sea, mientras intentan agarrarlos del brazo y tiran con insistencia de ellos.
Incapaz de mantenerse en su posición por la borrachera, Angel cede a los tirones, emite un gruñido ininteligible y cae de bruces sobre la mitad del grupo de damas de honor, tirándolas largas, y el cementerio se llena de sus aterrados gritos. En su caída Angel tira también del mantel y acaba con el pastel de bodas, que al aplastarse inunda la noche del aroma a mermeladas de fresa y melocotón. Giles, acometido por fuertes nauseas a causa de los olores dulzones, se apoya elegantemente -gentleman hasta el final- contra un árbol rodeado de cintas y luego vomita diez litros de whisky sobre los zapatos adornados con lazos de las damas de honor que quedan en pie.



El rescate

La puerta se abre de golpe y entra Spike. Giles, sentado todavía en la cama, lo mira boquiabierto.
—¿Pero qué haces tú aquí?—exclama horrorizado. El vampiro se queda parado delante de Giles, con los brazos cruzados.
—No me fiaba de este asunto y me asomé a dar vuelta—dice.
—Oh—susurra Giles. Entonces recuerda con quién se ha despertado y mira de reojo hacia la cama. Luego mira a Spike.
—Puedo explicarlo—murmura, confuso—. Si me das un momento para recordar.
—Estabas como una cuba—gruñe Spike—. Dudo que te acuerdes de nada.
Giles lo observa, en silencio. Profundamente avergonzado por su borrachera, por haberse dejado atrapar en ese lío de la boda de Xander. Por haber vomitado media bodega de bourbon de Kentucky. Porque... no sabe muy bien lo que ha hecho o no ha hecho finalmente en esa deprimente habitación.
—No sé como he llegado hasta aquí—dice al fin, aunque le suena a la excusa menos convincente del mundo. Pero Spike menea la cabeza y se pasa los dedos por el pelo platino rapado a lo punk.
—Os traje yo. No os pude llevar más lejos, pesáis como dos maderos—gruñe.
—Oh—murmura Giles.
Spike trastea por el cuarto de baño, sale y le tiende un frasco de aspirinas y un vaso de agua. Giles musita un gracias mientras se toma un par.
—Solo contéstame una cosa, mate—dice Spike—. ¿Llevas la bragueta abrochada?
Giles se mira, turbado.
—S...sí.
—Bien, entonces todo está bien—dice Spike.
Giles se queda mirando atónito a Spike, mientras intenta contener las nauseas provocadas por las aspirinas en el estómago revuelto, por la situación entera, por la angustia específica de que Spike pueda creer que... se acostaría con ese impresentable psicópata de Angel.
—Yo no... Creo que puedes fiarte de mí—dice al fin, en voz baja—. Yo nunca... y menos con Angel.
—Ya bueno del que no me fío es de Angel—gruñe Spike—. Con un whisky de más se tiraría a su madre, si no se la hubiese cargado.
Oh—murmura Giles.
Spike murmura que tienen que salir ya para el aeropuerto, aprovechando la oscuridad. Giles asiente, se levanta, duda un momento y señala a la cama revuelta.
—¿Nos... llevamos a Angel?—pregunta.
—Que se ocupe Lorne, si no se ha largado con alguno de los camareros—dice Spike.
Giles asiente con la cabeza (que le da varias vueltas en venganza por el movimiento) y camina pesadamente hacia la salida. En la puerta Spike lo mira de reojo y le murmura que el traje le sienta muy bien. Giles se encuentra sonrojándose como un tonto. Luego echa a andar junto al vampiro.

 

 

FIN