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manzanas de caramelo


Casa de Giles
Tarde


Giles vuelve a revisar las anotaciones que acaba de tomar, en silencio. Se sube las gafas con un movimiento mecánico. A su lado Wesley Wyndam Price revisa la bolsa en la que llevarán el armamento, los libros de conjuros y algunos objetos mágicos, por si los necesitan para realizar el hechizo. Es una situación complicada, tanto como inexplicable; al menos Giles no alcanza a imaginar cómo se le ocurre a alguien trasladar a nuestra dimensión una camada completa de Demonios Devoradores Polimorfos. También va a ser complicada la simple localización de los entes: al contrario que la forma adulta, no se camuflan todavía demasiado bien (parece que ese don se desarrolla con la edad, o la experiencia). Los conjuros específicos para localizar esa raza de demonios que Giles guardaba del Halloween no les están sirviendo de mucha ayuda; al ser tantas, y de tan pequeño tamaño, el aura mágica que emiten es dispersa, débil y aparece muy borrosa en el mapa de la ciudad que los vigilantes tienen sobre la mesa.
—Necesitamos un rastreador—suspira Giles al fin.
Wesley guarda sus propias gafas en un estuche, que hace desaparecer en el bolsillo interior de la cazadora de cuero viejo.
—¿Tienes alguno en mente?
—Me temo que sí—suspira de nuevo Giles—El... único que posee capacidades para ello y está esto... entrenado en la obediencia es el demonio... esclavo. El de Sebassis.
Wes toma aliento y lo contiene, unos segundos. Luego lo deja ir, mientras mira fijamente a Giles. Giles no recordaba que Wesley era capaz de una mirada tan seria, fría y amedrentadora.
—Te recuerdo que ese demonio está actualmente en... poder de un H´traksnyk de dos metros al que Spike y tú le arrancasteis el piercing del ombligo.
—Oh, Dios... no me lo recuerdes.
—Y al que posteriormente Spike y yo le secuestramos el esclavo mediante el uso de violencia.
—Bueno—Giles intenta una sonrisa—. Volvió con él ¿no?
—Sí, desde luego—suspira Wes—. Se escapó de Wolfram y Hart, no sé como conseguiría regresar a Londres.
—¿Posiblemente lo recogería el H´traksnyk?—aventura Giles. Wes encoge los hombros, pensativo. Pensativo en todas las maneras de muerte dolorosa que pueden sufrir ambos si se acercan al pequeño demonio esclavo, se dice Giles.
—Loa demonios Polimorfos Cucurbitáceos son unas criaturas extremadamente peligrosas—dice Giles finalmente, para forzar la decisión de Wesley—. Si una sola consigue escabullirse y anida en nuestra dimensión... imagínate lo que ocurriría el próximo Halloween. Muchos niños inocentes serían devorados.
—Soy consciente de ello—asiente Wes, luego se levanta—. Está bien, vayamos a negociar con ese... H´traksnyk que tiene al esclavo de Sebassis. ¿Sabes dónde encontrarlo?
—Imagino que en el garito que andaba la última vez—suspira Giles.
—Es... extraño que sepamos dónde y como localizar elementos como ése—suspira Wes levantándose. Giles se levanta también.
—Yo hace tiempo que he dejado de pensar en ello—murmura.
Se ponen las chaquetas para salir, comprueban que van armados, por si las moscas. Giles coge las llaves del citroën. Ese es el momento que Spike elige para bajar al salón desde el dormitorio del piso de arriba. Los mira adormilado y medio desnudo. Giles traga saliva.
—Eh, Wes—dice Spike cabeceando hacia el vigilante más joven—¿Qué te trae por la vieja Inglaterra?
—Un asunto con Giles—dice Wes, lacónico. Spike asiente con la cabeza.
—¿Vas a salir?—pregunta a Giles. El vigilante asiente con un gesto— ¿Puedes traerme sangre? Apenas queda y yo tengo que ir a ver a un tipo.
—Oh—murmura Giles. Spike lo mira, pestañea. Giles disimula la sonrisa—. Está bien—dice, algo aturullado, y sale junto a Wesley de la casa.


Local de demonios
Noche


Giles y Wes dudan un momento ante la puerta del local, mal iluminada por un rótulo a neón chisporroteante de aspecto antiguo. Luego se deciden y entran uno detrás del otro al interior en penumbra. La música goth a todo gas los tambalea en cuando cruzan la puerta, casi tanto como el olor a marihuana. Hay bastante gente pese a que todavía no es noche cerrada.
En la barra los camareros -uno demonio y el otro aparentemente humano, probablemente un vampiro- se afanan en llenar vasos y poner botellines de cerveza delante de tipos forrados de cuero.
Wes señala a Giles al fondo del local, donde pueden verse más o menos agrupados los demonios de la especie H´traksnyk. Giles asiente con la cabeza. Mientras Wesley se dirige al aterrador grupo de demonios (muy erguido y con aire de mando, Giles tiene que reconocer que Wes anda sobrado de sangre fría) él se acerca a la barra para comprar el encargo de Spike.
—Dos whiskys—dice al camarero—. Y dame unas bolsas de sangre. Humana—añade.
El camarero demonio lo mira un momento y asiente con la cabeza. Su cresta teñida de morado intenso se agita con el movimiento. Procede a llenar dos vasos bajos delante de Giles. Luego desaparece un momento en la trastienda. Regresa para dejar ante el vigilante media docena de bolsas de plasma sin duda robadas de las reservas de algún hospital. Giles le paga en silencio.
—Qué, Ripper, ¿te has pasado al otro lado? ¿A Spike se le ha ido la mano?—dice una voz a su derecha. El vigilante se vuelve, sobresaltado. Es ese amigo de Spike, el licántropo rubio. Esta sentado en una banqueta, acodado en la barra, y lo mira ahora con una sonrisa torcida de la que asoma un cigarrillo altamente sospechoso.
—¡No!—murmura Giles, guardándose la sangre por la chaqueta—. Es para... Spike. No... puede venir, tenia un asunto que tratar con un tipo— Giles suspira, luego se quita las gafas y lo señala con ellas—¿Por que te estoy dando explicaciones?
Fenris encoge los hombros, anchos y fuertes bajo la chupa de cuero. Se quita el porro de la boca y exhala una nube de humo.
—¿Y qué te trae por un sitio como este? ¿Te has cansado de Spike y buscas compañía?
—¡NO!—jadea Giles— Quiero decir,... es solo... que tenía que comprarle... y... En realidad no estamos juntos—se pone las gafas de nuevo—. He... venido porque había quedado con alguien por... un... asunto de negocios.
Fenris termina de fumar y apaga la colilla liada sobre el cenicero de la barra. Lo mira, fijamente, con otra media sonrisa. Giles se fija en que sus caninos son un par de milímetros mas largos que el resto de los dientes, blancos y fuertes.
—¿Por qué te estoy contentando este interrogatorio?—suspira Giles—Tengo que irme.
Fenris asiente, se levanta, se acerca al vigilante. Mucho, demasiado. Tanto que Giles puede oler perfectamente el cuero de su chaqueta y el aroma masculino de su piel.
—Bueno, si te cansas de Spike...—susurra. Y se frota descaradamente contra él. Giles intenta tragar saliva. No lo consigue.
Finalmente, intentando disimular su turbación, da media vuelta para mirar hacia el fondo del local. Wes parece haber terminado su trato, porque ya regresa junto a Giles. La cosa ha debido de salir bien porque Wesley vuelve con todos sus miembros, y además de la correa lleva al pequeño demonio esclavo que perteneció a Sebassis.
—Nos habría costado menos un alsaciano antidroga—dice al acercarse. El demonio esclavo no se inmuta, absolutamente impasible a donde está o a quién lo lleva.
—Creo que el H´traksnyk todavía está esto... molesto—dice Giles.
—Es una forma de decirlo, sí—suspira Wesley.
—Bueno, vámonos de este horrible antro—dice Giles. Wes asiente con la cabeza. Se giran los dos hacia la puerta y justo en ese momento Giles tropieza contra Spike.
El vampiro se aparta un poco y lo mira con ojos enormes.
Oh—murmura.
Giles lo fulmina con la mirada.
—Se suponía que no ibas a...—dice.
—No es lo que parece—lo empeora Spike.
—Bueno, yo soy su hombre—ríe Fenris entre dientes, acercándose a ellos—. En sentido estrictamente de negocios. Daddy.
Giles se quita as gafas, bastante violentamente, aprieta los labios. Spike lo mira, con los ojos muy abiertos todavía, la estampa de la culpabilidad. Finalmente Wes carraspea llamando la atención de Giles.
—Bueno pues... nos vamos a nuestros asuntos—dice Giles.
—Bien—dice Spike, removiéndose un poco, nervioso—Y nosotros a los nuestros.
Salen todos por las puertas del local, en un silencio incómodo. En la calle, Giles y Spike se miran de reojo. Luego ambas parejas parten en direcciones opuestas, sin volverse hacia atrás.

 


Almacén a las afueras
Noche


Les lleva un cierto tiempo conseguir que el demonio esclavo, mediante un poco de magia, unos cuantos gritos y un mucho de persuasión enseñándole una bolsa de pelusas de la aspiradora, comience el trabajo de localización de las crías de demonio. Pero una vez empezado el rastreo, el escuálido demonio corre que se las pela llevando a Giles y a Wesley a toda velocidad por las calles del centro, luego las afueras y finalmente la zona industrial del puerto. Primero recorren la ciudad en el citroën de Giles (que no conducía tan alocada y temerariamente desde hacía bastante tiempo) y cuando la excitación y los grititos agudos del demonio esclavo les indican que casi han llegado a su destino, corren a pie en pos de su agitado cuerpecillo. Giles jurando en varias lenguas muertas porque se ahoga a causa del tabaco (esto es por culpa de Spike, que lo incita a fumar, claro) y en ningún caso por la edad ni el sobrepeso, y Wes jurando cuando tropieza porque se ha quitado las gafas por correr más ágil, no porque sea un presumido. Al otro extremo de la correa que sostiene el vigilante más joven el demonio esclavo acelera agitando las piernecillas demacradas, hasta llegar frente a un almacén de techo desvencijado con una amplia entrada para camionetas, a ambos lados de la cual se apilan montones de cajas para fruta.
El demonio se para en seco (estando a punto de ser arrollado por Wesley) y señala con un dedito huesudo.
—¡ÑIC,ÑIC!—exclama, para dar más énfasis a su hallazgo. Wes se recompone un poco y se inclina hasta su altura.
—¿Están ahí dentro?—insiste. El demonio lo mira, absolutamente inexpresivo. Parpadea un par de veces los ojos amarillos y señala la bolsa de pelusas grises.
—Dime que seguro que están ahí dentro—insiste Wes. El demonio lo mira de nuevo.
—Sssss...sí—dice al fin, con evidente esfuerzo. Giles llega en ese momento (no es que se haya quedado por detrás de Wes corriendo, es que se ha parado un momento a mirar un ave nocturna) y entre jadeos saca un pañuelo y se seca la frente.
—Dios mío cómo corre esta... cosa—suspira. Wes disimula la sonrisa y deja atado al demonio esclavo a un árbol cercano. Le entrega la bolsa de aspiradora para que esté entretenido, el demonio la coge con avara ansiedad y comienza a comerse las pelusas con delectación.
—Un almacén de fruta—dice Giles, innecesariamente.
—Activo pese a la hora—dice Wes.
—Será una tapadera. Echemos una ojeada con disimulo.
Los dos miran un momento a su alrededor buscando un lugar desde el que poder atisbar el interior de la nave sin ser vistos. Se dirigen luego, con disimulo y amparados en la oscuridad, a un lateral en el que una ventana rota aparece semioculta por un alto montón de cajas rotas y palés de madera. Wes va preparando sus prismáticos con visión nocturna para poder ver lo que ocurre dentro del gran almacén.
Llegan sin incidentes al montón de maderos y lo rodean para buscar un puesto seguro de observación. Al otro lado del parapeto se topan con Spike, con Fenris y con dos demonios que los miran boquiabiertos.
—¿Pero qué...?—murmura Wes.
—¡La leche!—exclama Spike.
En ese momento a Giles le queda claro que, mientras él y Wesley están encargados por orden del Consejo de detener la invasión cucurbitácea larvaria, Spike y el resto de su delirante equipo lo están de salvar a las tiernas calabacitas infantiles. Y han acabado todos juntos, en el mismo punto de observación, las cajas desde las que se puede vigilar el destartalado almacén de fruta del que entran y salen viejos camiones.
Que ya le parecía a Giles algo sospechoso todo ese movimiento inusual por parte del vampiro... además de que hubiera quedado con ese... vikingo impresentable lleno de piercings, claro. Eso siempre le parece sospechoso. Y otras cosas peores.
Pero aún así, realmente no se puede creer que el vampiro se haya metido en esa situación.
—Spike... eres... tienes... —le dice sin disimular el formidable cabreo que lo hace palidecer— ¿Cómo has podido?
—¿Qué?—dice Spike, apartándose un poco hacia atrás—. Ya sabes que me vendo al mejor postor—lo mira, de reojo, y saca un poco la lengua—. Bueno, al menos para algunas cosas.
A Giles se le empañan las gafas. Se las quita y las limpia, furiosamente.
—Se supone que tienes... un alma... —murmura.
—A lo mejor es que sigo siendo un poco malo, Rupert—gruñe Spike, molesto. El vigilante le sostiene la mirada, muy serio. Luego se lleva la mano a la americana y saca un cigarrillo liado que enciende parsimoniosamente.
—... y no tienes que ir ayudando a... Cucurbitáceos Demoníacos Invasores.
Mmmmpppfffff— intenta contener la risa Fenris. Los demás lo miran ceñudos, el licántropo encoge los hombros—. Tíos, no puedo evitarlo, el nombre es gracioso de cojones.
Wesley se inclina hacia la ventana rota, armado con sus prismáticos militares.
—Parece todo tranquilo. Ahí dentro, al menos—dictamina.
Giles sigue mirando al extraño grupo enemigo que justo tiene delante. Spike con su pelo platino visible a un kilómetro en noche cerrada, esos ojos mal delineados con kohl, la cazadora militar de cuero y, debajo, también visible a otro par de millas, una camiseta de la Union Jack. El otro, el licántropo, con una chupa de cuero que no le caben más tachuelas y chapas, tan reflectantes como una caja de cucharillas de pesca. Un demonio n´grah´nakr con tres relucientes filas de colmillos y una chupa de cuero rojo también llena de tachuelas y remaches, y un llamativo piercing doble que une con una cadenita una de las placas óseas del cráneo con el lóbulo de su oreja puntiaguda.  Detrás de ellos y cerrando el grupo por la retaguardia, un enorme demonio chirrago de más de trescientos kilos embutido en un extravagante mono de camuflaje verde y magenta parpadea con sus varios ojos, cruzando los enormes brazos.
Giles señala la chupa de cuero llena de remaches de Fenris.
—Nos van a ver a un kilómetro con tantas... tachuelas reflectantes.
—Tu pendiente sí que reflecta—gruñe Fenris.
—¡No seas... descarado!—gime Giles—además, es un pendiente muy pequeño.
—¿Cómo habéis localizado el lugar?—pregunta Wes, pragmático.
—Con éste—Spike señala al demonio n´grah´nakr—. Es de la dimensión de los Demonios Polimorfos Cucurbit...
Juasssssss
—¡Fenris, joder!
—Vale, vale. Ya me callo.
—Te has pasado de porros, mate—gruñe el n´grah´nakr—. Te está dando la risa tonta toda la noche, vas a joder la misión.
—O sea tú puedes localizar esos demonios?—pregunta Giles al demonio n´grah´nakr, encarándolo. El demonio remueve las placas óseas del cráneo, precavido.
—¿Sí?—aventura.
—Y no nos lo dijiste aquella noche que íbamos buscando uno y...
—Bueno, bueno, no vayamos a sacar viejos trapos sucios—interviene Spike, apartando al demonio del eminente peligro de Giles.
—¿Y tú qué pintas aquí?—dice Giles al chirrago, que ahora recuerda como uno que trabaja en el Ambiguous Biledemon llevando el garito y un consultorio sentimental los lunes, o los jueves. El demonio chirrago toma aliento hinchando el enorme pecho.
—Estoy aquí para asegurarme de que las crías de cucurbitáceo no sufren daño alguno. Soy de la Asociación Protectora de Crías Demoníacas e Infernales
—¡Me parto!—estalla Fenris, doblándose en dos de la risa. Spike le mete un par de empujones por lo bajo que lo hacen callar más o menos.
—Increíble—suspira Giles. Luego se queda mirando impasiblemente al demonio chirrago. Además de su extravagante atuendo lleva colgada una enorme mochila acolchada con pequeños compartimentos, cada uno de ellos relleno de un poco de paja o de forraje. El equivalente a un portabebés demoníaco, probablemente.
—Esto no va a salir bien—dice Giles finalmente.
—Pues no  veo por qué no—dice Spike, ácido. Os largáis y nos dejáis trabajar ¿no?
—¿Y por qué no os largáis vosotros?—se adelanta Wesley. Spike resopla un bloody hell por lo bajo y se vuelve un momento a conversar con los dos demonios, que miran la escena preocupados.




Una vez alcanzado un principio de acuerdo (“vamos a ver lo que es lo que pasa y luego veremos lo qué hacemos”) la vigilancia transcurre en un silencio mas o menos incómodo entre la tropa mezclada y de diversas intenciones. Dentro del almacén no se ve nada sospechoso, aparte de gente cargando cajas de manzanas en camionetas viejas de trasera abierta.
Encargado de la primera vigilancia, Wes baja un momento los prismáticos de visión nocturna e informa de que no hay movimientos sospechosos ni nada remotamente parecido a crías o larvas demoníacas, ni tampoco a calabazas.
—Hola, hola, hola—dice Fenris, pegándose a su hombro y señalando a Giles con la cabeza—¿Tu también eres un vigilante como ése?
—Pues... er... sí—asiente Wesley.
—Aunque algo más joven y... más cachas ¿no?—susurra Fenris. Wes parpadea, incómodo.
—Yo no necesito eso, veo de noche—dice el licántropo señalando los binoculares de Wes—. Pero es realmente enorme.
—¡Fenris, joder!—gruñe Spike desde la pared donde está apoyado—. Que estamos trabajando.
—Vale, vale. Eres peor que Lucien.
—Si, no se como te ha aguantado tanto tiempo siendo tan zorra.
—Eso he pensado siempre yo de ti y de Angelus.
Giles da un paso al frente, se quita las gafas, molesto por la espera, la conversación y que nombren a ese impresentable de Angel. Carraspea fuertemente, y acto seguido se arrepiente porque le entra un ataque de tos que se escucha en toda la región.
—Jooooder—suspira Fenris. Wes alza los ojos al cielo.
—¿Podemos guardar silencio todos, por favor?—sisea.
Spike se adelanta un poco y hace una seña al demonio n´grah´nakr para tomar el relevo de Wes y Fenris en el puesto de observación.
Giles se sienta, parapetado entre unas cajas volcadas. Fenris se sienta en el suelo, a su lado, y se enciende un cigarrillo que llena el aire del olor de la marihuana. Giles murmura algo por lo bajo y se lo quita de los dedos para darle un par de largas caladas. Pero sólo para calmarse la tos de hace un momento.
—Tú eres... un licántropo... esto... ¿clásico no? O sea de la especie...— Giles se quita las gafas—. Europeo ¿no?
—Sip—dice el otro, recuperando su porro y fumando pausadamente.
—Así que tu linaje es...
—Directito de la bestia de Gévaudan—ríe Fenris. Giles no sabe si lo dice en broma o en serio, se pone las gafas.
—Pensaba... bueno las características faciales...
—¿Si?
—Los hombres lobos europeos tradicionales se supone que se... reconocen en su forma humana por tener las cejas juntas.
—Vaya, ahora te fastidiará mi cuidado personal y que me depile.
—No, yo...
—No hagas tanto caso de los libros—dice, con sorna—. Los escriben vigilantes aburridos de vida social aburrida.
—Y que se aburren—apunta Spike desde su observatorio en la ventana. Giles se azora un poco, y también le gusta, extrañamente, que Spike esté haciendo oreja a ver de lo que habla con el licántropo.
—Ahí hay algo—sisea el demonio n´grah´nakr, de repente. Spike se asoma un poco más por el cristal roto y agrisado por la suciedad.
—¿Qué ves?—pregunta Giles, levantándose.
—No te lo vas a creer—suspira Spike.

 

Almacén de fruta
Noche

Si tenían alguna duda de todo este asunto, especialmente de cómo las crías de demonio Devorador Polimorfo habían llegado a su dimensión, ahora les queda todo claro. Al menos, o especialmente, a Giles y Spike. A la vista de las pruebas, es obvio que un brujo humano ha estado haciendo llegar ingentes cantidades de crías de cucurbitáceo a través de un portal mágico. Nada menos que Ethan Rayne.
Con una impecable camisa color burdeos y los pantalones bien planchados, Rayne se encuentra ultimando los detalles de su pago por teléfono cuando, desde la ventana que se rompe en pedazos a causa de la mole del chirrago, ve llegar a toda la tropa de cazadores de calabazas hacia él. Grita sobresaltado y el teléfono se le cae de la mano. Luego, sin pensarlo ni un segundo, echa a correr. En algún lugar suenan disparos de arma de fuego.
—¡Todo el mundo fuera!—exclama Wesley, disparando al aire. Los trabajadores nocturnos que llenaban cajas de manzanas huyen despavoridos al exterior. Ethan Rayne corre entre ellos intentando escabullirse, pero Wesley lo detiene desde la entrada, empujándolo con fuerza. Ethan trastabilla y cae sentado al suelo, desde donde mira al heterogéneo grupo que lo rodea.
—¿Pero de dónde has sacado a todos estos?—alcanza a decir. Giles lo agarra de la pechera de la camisa y lo hace levantarse.
—Bien, Ethan—susurra—. Ahora dime dónde están las crías de Polimorfo Cucurbitáceo.
Ethan Rayne parpadea inocentemente.
—No sé de qué me hablas, mate.
Giles le sacude un puñetazo en plena cara que lo lanza al suelo de nuevo. Avanza hacia él para repetir la jugada pero Ethan lo detiene alzando las manos defensivamente.
—¡Espera, espera!—dice, incorporándose trabajosamente— ¿Podemos ahorrarnos todo esto tan tradicional como molesto?
—Sólo si hablas ya—dice Giles.
Ethan alza los ojos al cielo. Luego abate los hombros y les dice que las crías de cucurbitáceo están por el fondo del local, metidas en cajas de manzana, y que los que lo han contratado planean enviarlas a la feria del puerto esa misma noche. Como son crías, juveniles, o lo que sea, todavía no tienen mucha capacidad de camuflaje metamórfico, pero han conseguido que por su tamaño se camuflen en manzanas. Pretenden distribuirlas entre la población inocente que acuda al mercadillo donde, bañadas en caramelo y pinchadas en palitos podrá ser vendidas como manzanas caramelizadas para invadir rápidamente nuestra dimensión.
Giles y los demás lo escuchan atónitos (aunque afectados en diversos grados y por diversos motivos, o nada en absoluto, como Fenris y Spike) y finalmente el vigilante le sacude a su ex compañero otro formidable puñetazo, de pura rabia.
—¡Es inadmisible!—ruge Giles furioso—¡Infectarán y se comerán a montones de niños!
—¡Pobres criaturitas!—exclama el enorme demonio chirrago, con gruesos lagrimones corriéndole el rimel de los ojos frontales—. Me refiero a los cucurbitáceos, claro.
—¿Y los niños humanos?
—¿Victimas colaterales?
—Mira en esto nunca nos vamos a poner de acuerdo, tíos—interviene Spike con un suspiro cansado—. O sea... ni yo mismo tengo claro a quien quiero salvar. Aparte de que lo hago por la pasta.
—Y yo—dice Fenris—. Y carezco de instinto paternal de ése, lo siento.
—Pero en realidad la lo mismo ¿no?—insiste Spike—. O sea salvamos a las cosas esas de ser empaladas y caramelizadas, y se salva el resto ¿no?
Wesley y Giles se miran de reojo y finalmente asienten. En gran parte porque realmente tienen mucha prisa ahora mismo como para ponerse a discutir. Giles deja atado a Ethan Rayne a una columna de sustento y Wesley va en busca del demonio esclavo para que les ayude in situ; las cajas de manzanas ocupan casi la mitad de la nave y llegan hasta el mismo techo.
El demonio esclavo, aturdido por la cercanía de las larvas cucurbitáceas, o quizás por los efluvios residuales de la magia de Ethan Rayne, da unas cuentas vueltas y señala una pila de cajas con el dedo, sin poder concretar más. Luego se suelta de la traílla y se pone a perseguir alegremente cucarachas por la nave.
—¡Oh my god!—suspira Giles—. Decidme que no es todo el fondo del almacén.
—Pues... el esclavo no puede especificar más.
—Posiblemente sean solo una o dos cajas— dice el demonio n´grah´nakr—. Los demonios Polimorfos Cucurbitáceos no crían muy bien en esta estación.
—Pues no sabes cómo me alegro—dice Spike. Wes se frota la barbilla con viril barba de dos días.
—¿Y como las localizamos?—pregunta.
—Yo he traído un artefacto de detección que...—dice Giles, sacando un palo afilado. El demonio chirrago lo hace bajarlo de un manotazo que deja la mano de Giles como si le hubieran golpeado con un ladrillo.
—¡NI SE TE OCURRA PINCHARLAS!—grita el demonio, amenazante—¡Salvaje!
Giles deja a un lado el palo. Caminan todos hacia las montañas de cajas del fondo del almacén.
—Te podías haber traído a Faith, un poco mas de ayuda...—dice Giles a Wes.
—¿Bromeas? Faith es una Cazadora profesional, se habría cargado al menos a cuatro de seis de este maravilloso equipo—luego lo piensa mejor—. A ti a lo mejor también.
—Oh—murmura Giles.
Wes comienza a trepar a lo alto de la montaña de cajas, con cuidado de no pisar la fruta. Lo sigue Fenris, que sube ágilmente tras de él. Empiezan a bajar cajas a los demás, que las van examinando y dejando a un lado. Los dos grupos de aguerridos cazadores de demonios larvales tienen que revisar, una a una, todas las cajas de madera almacenadas. Tras horas revolviendo manzanas y haciéndoles cosquillitas delicadamente porque el chirrago se niega a cualquier acto de agresión o violencia, localizan al fin las crías de cucurbitáceo al fondo del almacén. En las cinco últimas cajas, como mandan la leyes de Murphy. Aturdidas e inexpertas, las crías de demonio cucurbitáceo no se han metamorfoseado demasiado bien, y en una de las cajas, entre las manzanas encuentran varias calabazas diminutas y anaranjadas. En la esquina de otra caja, destacando, hay una pelota de tenis.
—Esta es la rebelde de la camada—suspira Giles.
Comprobado que son esas cinco cajas completas, las transportan todos hacia la entrada de la nave donde las llevan a un camión que Spike ha requisado para la misión haciéndole el puente. Las meten en la parte trasera abierta, Giles y Wes intentando que las aterrorizadas crías no les muerdan furiosamente, todo forma cambiante, gritos y dientes. Las que transporta el demonio chirrago, curiosamente, han debido de detectar su instinto maternal y no dicen ni pío, metidas en sus compartimentos acolchados de la mochila.
—Debería haber traído una mochila más grande—se lamenta el demonio, viendo que debe dejar varias cajas sin atender.
—Puedes usar tus pantalones—gruñe el n´grah´nakr. El chirrago menea la cabeza, inmune a las críticas. Luego salta a la parte trasera de la camioneta, que levanta las ruedas delanteras del suelo por el impacto de su tonelaje, y se queda junto a las crías de demonio, vigilándolas protectoramente.




—Unas vez requisado el último cargamento de crías de Devorador Cucurbitáceo ya podemos exterminarlas—dice Giles, los otros lo miran con diversos grados de horror, desde el nulo absolutamente e indiferente de Fenris al escandalizado del demonio n´grah´nakr.
—¡Pero sin son ejemplares de colección!—dice.
—¡No voy a consentir que nadie les haga daño esas pobres criaturitas indefens...! Poco defensas—dice el chirrago desde el camión, apretando dos puños del tamaño de balones de balonmano.
—Bueno, a Spike y a mí nos pagan por devolverlas sanas y salvas—dice Fenris.
Wes y Giles se miran el uno al otro y se alejan un poco, para conversar lejos del oído de vampiros, demonios y licántropos.
—Creo que tenemos un pequeño problema—dice Giles, mira de reojo al otro grupo, especialmente al demonio chirrago—. O no tan pequeño.
—No hay opción, Giles—dice Wesley—. Larguémonos de aquí y que se las lleven.
Conversan unos momentos más, con desesperanza. Pero es verdad que no pueden ponerse a asesinar crías de Devorador Polimorfo delante de los otros, tan decididos a salvarlas. Sobre todo porque son cuatro y realmente formidables como oponentes... dejando a un lado las relaciones personales entre ellos.
—Nos arrepentiremos de esto—suspira Giles.
—Yo ya me estoy arrepintiendo—gruñe Wes.
Regresan junto a los otros cuatro y la camioneta.
—Bien pues misión cumplida, ¿no?—pregunta Fenris. Giles niega con la cabeza.
—Deja que comprueba si es así—dice, con voz pausada. Y acto seguido se acerca a donde está atado Ethan Rayne y le propina dos fuertes puñetazos en el estómago que le arrancan serios gritos de dolor.
Ethan Rayne toma aliento en cuanto puede y luego confiesa rápidamente que ya han salido varias cajas a la feria.
—Cómo has sido capaz—gruñe Giles, apretando los labios. Ethan, atado a la columna, se las arregla para encogerse de hombros.
—La oferta y la demanda, viejo amigo... es la temporada de ferias, se necesitan manzanas con caramelo.
—Bien, ¿has pensado en usar manzanas?
—Ja, ja qué gracioso—lo mira, ácidamente—. Sólo me busco la vida, como siempre.
—Se suponía que te habías reformado.
—Y lo estoy, y lo estoy... sólo es una pequeña recaída.
—En esta caja falta una—recuenta el chirrago desde el pequeño camión. Giles se inclina de nuevo hacia Ethan, que le mantiene la mirada y luego alza los oscuros ojos al cielorraso.
—¡Está bien!—suspira Ethan—. Iba a enviársela a mi ex Graham, con idea de que le mordiera el pito.
Y señala con la cabeza una bolsa apartada no muy lejos. El demonio n´grah´nakr que es el que se encuentra más cerca abre la bolsa y saca de su interior una pequeña calabaza muy enfadada que se metamorfosea enseguida en huevo de pascua. El demonio lleva la cría de demonio a la camioneta (el pequeño ser intenta morderle el dedo gordo) y se la da al chirrago, que la calma y la coloca en una de las cajas con las demás.
—Ahora hablemos tú y yo en serio
—Oh... ya me has atado. ¿Vas a darme algo más que me guste, Ripper?
Giles le descerraja un puñetazo que lo deja de nuevo sin aliento. Ethan grita y jura entre dientes.
—¡Está bien, está bien!—dice Ethan—. Qué... mala leche tienes, Rupert.
—Hay cosas que nunca cambian—gruñe Giles, amaga otro golpe que hace encogerse a Ethan sobresaltado—¡Ahora habla!
—Enviaron ya un par de cajas a la feria hace unas horas.

 

 

Feria junto al Támesis
Noche


Entre juramentos en distintas lenguas humanas y demoníacas, el abigarrado grupo se pone frenéticamente en marcha. Wes al volante del camión de manzanas, acompañado por el n´grah´nakr. El demonio chirrago en la caja de la camioneta, junto a las calabazas. Spike y Fenris en la moto de este último. Giles conduce su citroën plateado, detrás de Fenris, sin dejar de jurar todo el camino porque ese degenerado le echa el humo del tubo de escape a idea y además Spike va demasiado agarrado a su cintura. En el asiento de atrás, muy mareado y haciendo extraños ruidos estomacales, el demonio esclavo de Sebassis se tambalea de lado a lado cuando Giles coge las curvas pisando a fondo.
Conducen a toda velocidad cruzando campos, calles e incluso un parque, hasta llegar cerca de la feria. Dejan los vehículos un poco apartados, al abrigo de unos arbustos. El chirrago cubre las manzanas-crías de Devorador con una vieja lona que ha encontrado en el trasero de la camioneta. Wes encadena de nuevo al demonio esclavo rastreador (el pobre tiene todavía peor aspecto que de costumbre porque ha vomitado varios litros de pelusas y algunas cucarachas en el coche de Giles) y muy decididos, se dirigen todos a la feria. Giles, pesimista a causa del estado de los asientos traseros del citroën, se queda mirando el otro equipo, cuyas tachuelas y collares de cuero daban para chapar de nuevo su coche en niquelado. Ni en sus tiempos mas salvajes ha ido por la calle con elementos más impresentables.
—Dios mío—suspira.
La cosa no mejora con la presencia de Wes sujetando al demonio esclavo de una correa de cuero rojo.
Caminan por la feria atiborrada de gente pese a lo avanzado de la noche, entre la música festiva y machacona, los aromas de los puestos de comida y los gritos de los voceadores de los locales de entretenimiento. El demonio esclavo parece encontrar el rastro y tironea de la correa, avanzando más deprisa, aunque un tanto en zigzag por el mareo. Al girar tras una carpa de sucia tela a rayas azules y rojas un hombrecillo menudo los detiene alzando la mano, mientras agita un porta documentos.
—¡Eh vosotros! Que el show de los monstruos está en la carpa cinco y empezáis a las doce! ¿Dónde os habíais metido?—anota algo en su libreta y luego mira  Spike—¿Y tú que tienes para enseñar, rubio?
—Un enorme poll...—comienza Spike, Giles le tapa la boca apresuradamente.
—Es una sorpresa—dice, manteniendo callado a Spike—. Gracias esto... camarada. ¿Sabes donde está el puesto de manzanas de caramelo?
—En la zona norte—señala el hombre, revolviendo de nuevo sus papeles. Luego frunce el ceño hacia el demonio esclavo y de la bolsa de su hombro saca una camiseta, que le endosa—. Eh, enano friki, ponte algo. No queremos que la gente vea tus deformidades gratis.
El demonio esclavo se queda mirando inexpresivamente la camiseta con publicidad circense, sin hacer nada por agarrarla. Wes coge la prenda y se la pone mientras el otro se deja hacer con absoluta pasividad. La camiseta le cuelga por los hombros escuálidos y su ruedo le cubre hasta casi las pantorrillas.
—Mucho mejor—dice el organizador, que sigue mirando de reojo a Spike, no muy convencido.
—Iremos enseguida—dice al fin Giles—. En cuanto compremos un par de manzanas.
Por fin con eso consiguen que el organizador se marche, no sin recordarles a qué hora tienen que estar en el espectáculo.
Sin decir ni una palabra al respecto de lo que les acaba de ocurrir, y guiados por la brújula sumergible del ejército de Wes, echan a andar a toda prisa hacia la zona norte. Hay una larga hilera de puestos de comidas, hamburguesas, fritos, helados y algodón dulce. El demonio esclavo salta de excitación (aunque sin cambiar el semblante) y tira de la correa.
—¡Ñic!—exclama, señalando un puesto ante ellos.
—¿Los ha encontrado?—pregunta Giles
—No, quiere un algodón de azúcar—suspira Wes.
Caminan de nuevo por la feria, entre el gentío y el ruido, el demonio esclavo con su camiseta y una bola de algodón rosado casi tan grande como él mismo, como un niñito entre deforme y extraterrestre. Finalmente, al rodear la hilera de puestos de comestibles y dulces, el demonio esclavo echa a correr casi arrastrando a Wesley y los conduce a un pequeño puesto de manzanas, donde burbujea una marmita de caramelo de frambuesa y, en un artístico pináculo, se amontonan manzanas de caramelo clavadas en sus palitos de madera.
En las cajas junto al puesto, al lado de la última ya casi vacía de verdaderas manzanas, las criaturitas polimorfas tiemblan de miedo, oliendo el caramelo caliente. Varias de ellas abren unos enormes ojos aterrorizados desde el interior de la caja, y una o dos gritan de miedo, casi todo en ultrasonidos, todo boca abierta inaudible para los humanos. No así para el grupo de Spike, especialmente para el demonio chirrago que se lleva las manos a los oídos gimiendo horrorizado.
El tendero los mira sin mucho interés, y, sin volverse atrás, agarra una de las crías de cucurbitáceo para prepararla. Justo cuando va a ensartarla en un palo para hundirla en el caramelo Giles arremete contra él y se la quita de un salto.
—¡SUELTA ESO, MALDITO EMPALADOR!—exclama.
—¡Joer, parece Van Helsing!—dice Fenris, admirativo. Giles mira de reojo hacia atrás, ahuecándose visiblemente. Spike resopla una palabrota.
—Te recuerdo que está ocupado—gruñe.
El feriante se queda ahora mirando atónito el variopinto grupo de personas o similares que tiene delante, y que parecen amenazantemente agresivos. Especialmente el que le ha arrebatado la manzana y la sostiene muy en alto, como un remedo de la estatua de algún parque.
—No hace falta pelearse, hay manzanas de caramelo para todos—aventura moviendo el palito de madera.
—¡Estas manzanas quedan requisadas!—se adelanta Wes, con autoridad, pasando a la trasera del puesto. El hombre parpadea confuso.
—¡Oiga, que las he pagado!—protesta, luego se quita la gorra aturdido—¿Son de Sanidad? ¡Tengo todo en regla!
El demonio chirrago no espera más y pasando él también por detrás del puestecillo comienza a recoger las cajas de manzanas, que va entregando al demonio n´grah´nakr y a Fenris.
—¡No son manzanas, son crías de Demonio Devorador Polimorfo Cucurbitáceo!—dice Giles. Detrás del vigilante comienza a escucharse la risita a duras penas contenida de Fenris. El hombre del puesto frunce el ceño y le apunta con el palo.
—¡Creo que estáis todos drogados y me queréis robar las manzanas! ¡Voy a llamar a la policía!
—Un momento, un momento—interviene Wes—. No pasa nada, le pagaremos las manzanas.
—¿Y dónde consigo otras a estas horas?—protesta el hombre, mientras se guarda el dinero de Wes en el delantal blanco.
Spike se transforma en vampiro y se inclina hacia él.
—Cierra por esta noche y no tienes a tu suerte, mate.
El hombre traga saliva mientras palidece. Luego parece decidirse al fin y comienza a recoger sus bártulos a toda velocidad.



Afueras de la feria
Noche



Las crías de Polimorfo Cucurbitáceo duermen en sus cajas y en la mochila del chirrago, a salvo y tranquilas al fin. Entre los arbustos, al lado de los vehículos, e iluminados por una linterna, el grupo de humanos, demonios y similares se miran unos a otros, en silencio.
—Bueno en realidad todos queremos lo mismo ¿no?—pregunta Spike.
—No exactamente—niega Giles.
—No seas picajoso con las exactitudes—dice Spike—. O sea, tú quieres que estas cosas desaparezcan de aquí ¿no? Y nosotros llevárnoslas ¿no? Pues ya está.
—Exijo la garantía de que van a volver a su dimensión de inmediato—interviene Wes.
—Qué pasa, watcher, ¿no te fías de nosotros?—pregunta Fenris. Wes se le queda mirando fijamente.
—¡Por supuesto que van a volver a su dimensión!—exclama el demonio chirrago, muy indignado—. Ya han sufrido bastante en este sitio horrible.
—¡Además que ya os he dicho que son de colección!—dice el demonio n´grah´nakr, como si eso lo explicara todo. Obviamente no lo hace, porque los demás se le quedan mirando— ¡Que son ejemplares de competición! ¡Son larvas del campeón Nycoxio del Tercer Reino ¡Valen una pasta, joder!—añade—. Y nos pagan si las entregamos sanas y salvas, si no, no hay recompensa.
—O sea ¿valen pasta per se?—se interesa Wes—¿Y a cuánto asciende esa... recompensa exactamente?
—No seas avariciosa, Mary—gruñe Spike—. Vosotros dos queríais matarlas.
—Bien, pero si no vamos a hacerlo...
—También podéis intentarlo y ver lo que ocurre—dice Fenris, ya bastante harto. Spike se cruza de brazos, asintiendo.
—Está bien, está bien—dice Giles, a la  vez que empuja un poco a Wesley a un lado, para suavizar el choque de testosterona interespecies entre el vigilante más joven y Fenris—. Spike, llévate esas... cosas y que desaparezcan lo más rápido posible. Y por supuesto queremos nuestra...eh... parte de la pasta.
—Serás rata—gruñe Spike. Giles se recoloca las gafas.
—Y dime cómo las entregas, con todo detalle para informar al consejo.
—Está bien—suspira Spike—. Pero ya sabes que odio las explicaciones.
—Quizás la otra opción...—susurra Wesley, metiendo la mano dentro de la chaqueta y mirando agresivamente al licántropo. Fenris le enseña los dientes. Giles agarra de nuevo a Wes, apartándolo hacia atrás.
—Nada de peleas. Spike tiene razón (aunque me cueste decirlo), la solución puede convenirnos a todos. Y además, ese chirrago pesa trescientos kilos y su mordedura es venenosa.
—Como la de una víbora—gruñe el chirrago mientras coloca su mole protectoramente delante de la camioneta cargada con las cajas de pequeñas calabazas.
—Entonces tenemos un acuerdo—dice el demonio n´grah´nakr, asintiendo con la cabeza. La cadenita que une sus piercings brilla a la luz de la linterna de Wes (sumergible y de luz extra duradera).
—Por esta vez y porque no hay más remedio—gruñe Wesley. Giles alza los ojos al cielo.
—Pues vámonos de una vez—dice.
Los demás asienten también, de palabra o mediante gestos. Finalmente Spike y los demás se marchan para realizar la entrega de las cajas de crías de cucurbitáceo. Mientras se encamina hacia la moto de Fenris, Spike se vuelve un par de veces para mirar a Giles. Giles también sigue su figura delgada entre los arbustos hasta que monta, la moto arranca, y el vampiro se pierde en la lejanía.
Todo se queda en silencio.
—Nos arrepentiremos de esto—repite Wes.
—Yo ya me estoy arrepintiendo—repite Giles. Comienzan a andar hacia el citroën.
—Antes de irse ese... licántropo amigo de Spike me ha pedido el número de móvil—murmura Wes.
—Oh—dice Giles—luego mira al vigilante más joven, de reojo—¿ Y... se lo has  dado?
Wes niega con la cabeza.
—¿Bromeas? Faith me mataría—se queda un momento pensativo—. Le he dado el de Angel.
Giles se quita las gafas, se las pone. Luego sonríe por lo bajo. El demonio esclavo tira de la chaqueta de Wes y agita el palito vacío del algodón de azúcar. Wes suspira hondamente y camina de regreso a la feria, al puesto de algodón rosado, una cansada figura llevando de la mano al niño más extraño y repelente del mundo.
Al cabo de un rato Giles echa a andar tras ellos, hacia el bullicio.

 

FIN


Notas: Este delirante fic se puede leer de manera independiente, o tras leer La calabaza maldita.
Salvo Giles, Wes y Spike, el resto de personajes son míos.