Correspondencia

Giles camina por el salón, despacio, hacia la puerta de entrada. Antes de abrir se abrocha la bata porque todavía hace frío ahí afuera. Cruza el abandonado jardín hasta la valla de piedra de la entrada, donde recoge las cartas del buzón. Mientras regresa a la calidez de la casa las va mirando mecánicamente. Un par de facturas, un par de cartas de antiguos compañeros de universidad -hoy en día convenientemente sentados en sus cátedras o despachos-, un par de amigos de lo que queda del consejo, nada marcado como urgente. Una de Xander seguramente lloriqueando de su última discusión con Buffy, con Harmony o con las dos, que deja en el bolsillo de la bata para echar a la papelera.
Se queda parado en los escalones de la entrada, parpadeando tras las gafas. ¿Cuatro cartas para Spike? O sea... pone William the Bloody.
Entra en la casa, rumiando su extrañeza por lo bajo. Deja el montón de correspondencia en la barra de la cocina, entra y comienza a preparar el té. Unas tostadas. Cuando el aroma del pan caliente se extiende por la sala, aparece Spike.
—Buenos días—murmura, con voz adormilada. Giles lo mira de reojo mientras coloca las tazas y platitos en la barra. Spike con el pelo revuelto de la ducha, tan increíblemente atrayente. Una camiseta negra y ese... pantalón de pijama infantil que se obstina en ponerse y que se guarda en la cómoda de Giles.
No es que Spike viva ahí en ningún sentido, claro. Sólo es que dejó un pijama por si acaso.
Recuerda las cartas y se fuerza a fruncir el ceño. Las señala con la mano. Spike parpadea, coge el montón, separa las cuatro cartas que supuestamente son para él.
Los sobres parecen iguales. Extrañamente viejos y amarillentos. Llevan las marcas de correo aéreo. Spike les da la vuelta y lee el remitente mientras abre la boca incrédulo.
—Vienen de... Transilvania—dice.
—¿Qué?—parpadea Giles. Spike abre uno de los sobres apresuradamente, sirviéndose del cuchillo del desayuno. Saca un pliego de papel añejo, acartonado, escrito con caligrafía rebuscada, casi gótica.
—Jooooder—murmura, luego mira a Giles con los ojos muy grandes—. Son del Príncipe de las Mentiras.
A Giles se le suelta la tetera de la mano, y sólo los reflejos rápidos de Spike, agarrándola por encima de la barra, lo libran de un serio accidente con el agua hirviendo. Giles musita una excusa mientras se quita las gafas y las limpia nerviosamente con una servilleta de papel del desayuno. Spike deja la tetera sobre la barra sin decir nada. Giles intenta no recordar la espantosa noche que pasaron atrapados en el castillo del anciano vampiro mientras Spike ojea la carta sosteniéndola nerviosamente entre los dedos de uñas malpintadas de negro.
—Está en alemán—dice. Al cabo de un rato traga saliva—Oh... joder. Esto es increíble.
—¿Qué pone?—inquiere Giles, nervioso. Spike se muerde el labio.
—Me dice cosas guarras.
—Oh...my...god.
—Sip.
Spike abre las otras tres cartas, ojeándolas por encima. Muy pálido incluso para ser él, observa Giles. Luego las deja en el montón sobre la barra, y se toma la taza de té.
Giles se toma la suya, intentando aparentar tranquilidad, normalidad y estoica contención.
No lo consigue. Se quita las gafas y apunta con ellas a Spike.
—¡No deberías... recibir ninguna correspondencia!—exclama, muy indignado—¡Eres un maldito vampiro!
—Bueno, ya—gruñe Spike, escudándose tras la taza que sostiene con las dos manos.
—¡Es... totalmente inapropiado!
—Que ya—dice Spike. Giles se pone las gafas de nuevo, violentamente.
—¡Y menos de ese... vejestorio obsceno!—grita.
—¡Oye, no soy yo el que ha pedido que el Principe de las mentiras me escriba notas libidinosas!—protesta Spike. Giles lo mira, fijamente.
—Dame las cartas, le voy a contestar yo.
Spike lo mira también, muy serio. Giles se lo comería totalmente, con esa cara de crío preocupado y ese morrito de puchero. Intenta no suspirar porque desde luego no es el momento, no con el... problema que tienen ahora mismo.
—La verdad es que sí estoy preocupado con que el Príncipe de las Mentiras sepa donde vivim... vives. Localizarme. Lo que sea—dice Spike.
—Sí, es... muy preocupante— dice Giles.
Spike asiente al fin con la cabeza, coge una de las cartas y se la entrega a Giles. El Vigilante examina el sobre, comprobando que en el remitente viene la curiosa dirección del castillo de los Carpatos. Se ajusta las gafas mientras mira el sobre más de cerca.
—¿Qué... será esta extraña mancha?—pregunta.
—No sé—murmura Spike, tras su taza de té—. Pero espero que no sea del pajero de Igor.
Giles suelta el sobre como si fuera un bicho venenoso. Spike se bebe el té, sorbiendo ruidosamente, todo el comentario que piensa hacer de la cuestión. Finalmente Giles se decide y coge la carta ajada de una esquina.
—Voy a enviarle una respuesta—dictamina, dirigiéndose muy dignamente, muy erguido, y con la carta sujeta con la punta de dos dedos, a su escritorio.
—El Príncipe escribe en alemán—dice Spike, girándose en la banqueta alta para mirarlo. Giles arquea las cejas.
—Yo también se alemán—dice, con suficiencia.
Spike no dice nada más. Termina su té, comprueba que la taza de Giles está vacía, recoge los platos del desayuno y los va lavando en el fregadero, mientras echa disimuladas ojeadas hacia la sala.
Giles permanece un rato sentado en el sofá, ante una de las cartas del Príncipe de las Mentiras, papel, pluma y su viejo diccionario de alemán. Medita cuidadosamente la respuesta que puede darle a ese... vampiro acartonado, decrépito y viejo verde.
Finalmente da con la solución, tan elegante como obvia y asiente con la cabeza.
Escribe una sucinta aunque amable nota a Su Excelencia el Príncipe de las Mentiras, Castillo de los Carpatos (Rumania) explicando que en esa dirección de Londres ya no vive nadie llamado William the Bloody. Que ha cambiado de residencia. Y le anota, cuidadosamente, como lugar a donde puede enviar sus ardorosas cartas, la dirección de Angel en Wolfram y Hart.
Asiente con la cabeza, muy satisfecho de sí mismo.
—Solucionado—dice. Spike le sonríe desde la barra de la cocina.
—¿Qué le has puesto?
—Otra... dirección para que envíe las cartas. Una...cualquiera.
—Ah. ¡Genial!—dice Spike, mirándolo con admiración. Giles se ahueca, coge el folio para meterlo en el sobre.
Pero justo antes de cerrar la carta, y como no le gusta dejar nada al azar, escribe por si acaso como dirección alternativa la de Wesley Wyndam Price.
Luego deja el sobre sobre la mesa y se acerca a Spike, que lo recibe echándole los brazos al cuello. Giles suspira –ahora sí- muy hondamente mientras le revuelve el pelo húmedo con la mano.

FIN


Nota: Aunque se puede leer de manera independiente, es mucho mejor haber leído antes "La biblioteca del Conde Orlok"