Asociación de mujeres



Giles oculta su incomodidad tras la taza de té de la que queda apenas el fondo, da un pequeño sorbo. Spike sigue sentado en la banqueta, mirándolo fijamente con los ojos muy grandes.
—Es sólo una conferencia—repite Giles. Spike sigue mirándolo.
—Es una asociación de mujeres—dice.
—Pues...sí—asiente Giles, terminándose el té. Mete la taza en el fregadero, la lava, la deja escurriendo. Sale tras de la barra. Spike se levanta y lo sigue por el salón.
—¿O sea es una conferencia de qué exactamente?—pregunta.
—Sólo una conferencia. Sobre... el machismo en la edad medieval y la quema de brujas—dice Giles.
—Oh.dice Spike. Luego murmura ácidamente:—Seguro que el tema las inflama.
—¡Spike!—exclama Giles—Esa observación no es muy... oportuna.
—Es un poco incendiaria, sí.
Giles lo mira fríamente, no le contesta, ordena los libros de encima de la mesa haciendo un pequeño montón con ellos. Revisa que estén todos los que necesita llevarse, luego los mete en la cartera de cuero.
Spike se muerde el labio.
—Estás muy elegante—dice.
—Oh. Gracias—dice Giles.
—A las mujeres les gustan los tíos con traje.
Giles se quita las gafas, lo mira.
—A las mujeres les gusta George Clooney, a poder ser sin ropa de ningún tipo.
Spike aprieta los labios en un puchero resentido.
—Bueno ya, y a mí. Pero esa no es la cuestión.
—Francamente, Spike, ya no sé cual es la cuestión—dice Giles comprobando que tiene los materiales para la presentación de imágenes en el maletín. Spike se remueve nervioso y señala las transparencias y diapositivas con un dedo de uña malpintada de negro.
—¿Pondrás fotos de gente desnuda?
Giles se lleva las manos a la frente.
—¡Pero qué dices! Que ocurrencia.
Spike lo está mirando muy serio.
—No, en absoluto, claro que no—dice Giles.
Spike asiente con la cabeza. Giles comprueba que lleva al menos tres rotuladores de repuesto (la facultad de los bolígrafos y similares para desaparecer a otra dimensión en medio de exámenes o conferencias es algo rayano en lo místico) y cierra el maletín.
—No quieres que vaya—dice Spike.
—Por supuesto que.. no es... Te ibas a aburrir—dice Giles con suavidad.
—Ya bueno—Spike hace un puchero.
—Además es que no... puedes, William. Es una asociación de mujeres.
—¿Es sólo para socios?-pregunta Spike. Giles se quita las gafas, las limpia, se las pone.
—Es sólo para mujeres-dice.
Spike se cruza de brazos, disconforme. Pero no puede replicar nada a eso, y permanece callado. Lo que preocupa un poco a Giles.
Aunque no está callado mucho rato, por supuesto. Cuando Giles se dirige hacia la entrada, lo sigue de nuevo.
—O sea que vas a ser el único hombre en medio de todas esas mujeres ansiosas—gruñe por lo bajo.
Giles tose, sobresaltado. Lo mira incrédulo.
—Oh... por favor—suspira —. No me digas que estás celoso.
—¡No!—Spike se remueve, inquieto—O sea, ¿celoso? ¿Yo? ¿De ti? Pffff...
Giles se quita las gafas. Las limpia de nuevo parsimoniosamente. De hecho le da tiempo a limpiárselas dos veces y volver a ponérselas mientras Spike camina inquieto por la sala, repitiendo lo tonto, irreal y absurdo que es lo que acaba de insinuar. Finalmente se detiene y se cruza de brazos.
—No estoy celoso. ¡Y además, sólo es una conferencia! ¡Aburrida! ¡Más que aburrida!
—Exacto. Es lo que intento decirte desde que ha empezado esta... conversación surrealista—suspira Giles.
Spike lo mira, de reojo.
—Es sólo una conferencia—repite.
—Pues sí—asiente Giles.
—No es que esas mujeres te vayan a tirar los sujetadores mientras hablas, como a una estrella del rock.
—Dios mío, espero que no—murmura Giles.
—Además no creo que ninguna te ponga ojitos o te dé su teléfono.
—Spike, me estás poniendo nervioso a mí.
—Seguro que te invitan a tomar algo después de la conferencia.
—Bueno, hay un coctail, pero es algo formal y...
—¡Lo sabía! ¡Menudas zorras!—Spike levanta dos dedos irrespetuosamente, luego se cruza de brazos enfurruñado. Giles se masajea la frente de nuevo, intentando conjurar el incipiente dolor de cabeza.
—Spike, no seas infantil—suplica.
—Sí, ahora échame la culpa a mí de tu infidelidad—gruñe Spike.
—¿MI QUÉ?—gime Giles, alucinado. El maletín de los libros se le cae al suelo del sobresalto.
—No es serio ir a dar una conferencia a un sitio con... mujeres. Y luego perder el tiempo en fiestas y jolgorios.
—¡Sólo es un refrigerio!—susurra Giles, agachándose a recoger los libros— Me tomaré un vasito de oporto o de jerez.
—Si ya, que acabarán siendo dos botellas de whisky a palo seco y...
—¡Spike!—Giles lo silencia con un gesto brusco—¡Ya está bien!
—Okay—murmura Spike. Se cruza de brazos una vez más, en absoluto convencido.
Giles lo mira de soslayo hasta que se convence de que ya no va a añadir nada. Luego suspira hondamente y se pone el abrigo, una elegante bufanda de cuadros que deja colgar a ambos lados de las solapas. En la puerta, se vuelve a mirar al vampiro.
—Prométeme que no vas a aparecer para hacer ninguna de las tuyas.
Spike arquea las cejas.
—¡Pero si no me iban a dejar entrar!
—Aun así—dice Giles.
—No iría ni harto de porros—dice Spike, malhumorado.
—Spike...
—Está bien. No me voy a mover de aquí.—Spike mira para otro lado, zanjando el asunto—¿Contento?
Giles lo estudia unos instantes.
—Sí—dice.
Sale por el jardín al frío de la noche, hacia el citröen aparcado bajo el árbol. A sus espaldas, Spike cierra la puerta no demasiado suavemente.


Y realmente Giles se esperaba alguna jugarreta. Porque no es tan tonto como pueda parecer a veces, y por otra parte sabe cómo es Spike. Pero aún así no se puede creer cuando en la penúltima fila, vestido con un exuberante traje de coctail de abigarradas flores magenta y con un sombrero digno del Royal Ascot lo saluda, agitando una mano enguantada de blanco del tamaño de una raqueta de tenis, el demonio chirrago que trabaja en el Ambiguous Biledemon.
—¡Yuuuu-huuuuu, Rupert!—grita el demonio con voz atiplada.
A Giles con el sobresalto se le caen los papeles de la conferencia, como una lluvia de confetti gigante. El auditorio cuchichea y espera mientras él, rojo como un tomate, gatea por el entarimado recogiendo folios revueltos.
Aprovechando la postura a cuatro patas, el enorme chirrago camuflado de señora obesa con pamela le hace una foto del  trasero con el móvil.
Giles recupera sus papeles con ayuda de uno de los cuidadores de la sala. Regresa al entarimado y tras dedicar una sonrisa tímida y avergonzada a la concurrencia (un salón entero repleto de señoras muy dignas que lo miran con interés) empieza a preparar las transparencias de su presentación.
El demonio, lejos de marcharse, abre un bolso de coloridas flores rosas y naranjas, muy de los 60, y saca su labor de punto. Giles anota mentalmente “matar a Spike” en la lista de tareas pendientes para cuando vuelva a casa.

FIN