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La venganza del Conde Orlok

Giles abre de nuevo la boca para protestar, y una vez más la cierra fastidiado. No porque carezca de razones de protesta, sino porque encuentra tantas que no sabe muy bien por dónde empezar. Aparte, todas las que le vienen a borbotones a la mente son tan obvias que realmente ni merece la pena empezar a hablar de ello.
Termina jurando un bloody Hell por lo bajo, y echando a andar tras las anchas espaldas de Angel.
Porque Angel es la razón primera y absolutamente obvia de todas las que le están quemando por dentro. O sea ¿por qué demonios ha tenido que venir a Londres? ¿Y en la maldita noche de Halloween? ¿Y por qué tiene que salir con ellos? Que no iban a salir, Spike no sale en Halloween porque se supone que los vampiros no lo hacen, y tampoco los bibliotecarios jub... los integrantes del Consejo. ¡Que demonios!
Ahí hasta puede vislumbrarse una doble imposibilidad y doble fastidio: si los vampiros no salen en Halloween, ¿por qué narices está saliendo Angel? ¿Y con Spike? O sea, Angel NO SALE CON SPIKE, eso está más que claro también. Solo de pensarlo le dan ganas de sacar la estaca afilada que lleva en la chaqueta.
Tanta información verídica y real que da pie a su mal humor, y no puede expresarla en voz alta. Porque ya le está doliendo demasiado la cabeza, entre otras cosas.
—Creo que Lorne se refería a esta zona del centro—dice Angel, deteniéndose en seco. Giles tropieza contra su espalda enfundada en cuero y rebota hacia atrás como si se hubiera dado contra una pared.
—No te pegues tanto—gruñe Angel. Giles jura de nuevo, quitándose las gafas violentamente. Las guarda en el bolsillo interior del tres cuartos marrón. Spike se detiene también, mirando de reojo al vigilante con una mueca indescifrable. Mientras Angel extrae del bolsillo un plano muy profesional, primorosamente señalado con puntos hechos de gomets de color naranja, Spike prende dos sospechosos cigarrillos y le pone uno en la boca a Giles.
—O sea que...— comienza, mirando a Angel de reojo, y luego a la calle abarrotada de gente disfrazada de monstruo de Halloween— Lorne ha visto un peligro que nos acecha, en el que interviene una sombra negra ¿no?
Angel acaba de revisar su mapa, lo pliega pulcramente y lo guarda de nuevo en el bolsillo de la americana.
—Sí—dice.
—O sea puede ser alguien vestido de sombra negra ¿no?—insiste Spike.
—Pues... sí—dice Angel.
—Como esos cuatrocientos cincuenta de ahí ¿no?—pregunta Spike, y hace un gesto en derredor. Angel y Giles miran hacia la plaza, por la que transitan, entre niños y adultos, no menos de mil londinenses vestidos con capas negras, capuchas negras, máscaras negras y trajes negros terroríficos, de bruja, vampiro, monstruo, zombie, asesino de película de terror o criatura infernal.
—Maldición—gruñe Giles—. ¿No puede decirnos algo más específico?
Angel medita unos momentos, luego encoge los recios hombros.
—Sólo alguien vestido de negro, una sombra negra—dice—. Y que os iba a atacar a vosotros dos.
Spike se termina el porro, lo tira a la alcantarilla. Giles lo imita al cabo de unos segundos.
—¿Y no podríamos habernos quedado en casa, con una barricada en la puerta o algo?—gruñe Spike—¡En la tele echaban El Gato Negro Maldito!
—Es más seguro salir—dice Angel—. No sabemos la magnitud del peligro de ese ser o demonio vestido de negro. Además, puede que intente atacar a alguien más.
—Será mejor que investiguemos un poco—dice Giles finalmente. Luego echan a andar los tres entre el gentío, intentando esquivar las tropas de niños disfrazados de criaturas a cual más inmunda, y los adultos dando caramelos y sustos a los pequeños.

Caminando a saltos más o menos airosos, Igor avanza por las calles. Como recuerda las calenturientas historias pornográficas que contó el tal Spike en el castillo del Conde, se ha puesto unos algodones en los oídos para no quedar en inferioridad de condiciones si ese vampiro empieza de nuevo a soltar guarrerías. O sea, necesita las dos manos para el delicado trabajo que le ha encargado su amo. De todos modos aun con los tapones escucha el griterío y alboroto de las calles, la música que suena desde las tiendas y locales abiertos en la noche, y los sonsonetes infantiles de los grupos de niños que piden caramelos.
Por otra parte, Igor no se encuentra esa noche en muy plenas facultades. El Príncipe de las Mentiras lo  ha mandado como correo aéreo y ha pasado muchas horas de jodido frío en la bodega de carga del avión, incluso para alguien acostumbrado a los Carpatos. Luego ha tenido que huir perseguido por dos guardias de seguridad y tres perros alsacianos, y al saltar la verja del callejón se le han enganchado los andrajos de la capa y se ha caído dándose un gran testarazo. Por último, Igor está un tanto confundido: pensaba que en Transilvania había gran población de monstruos, licántropos y criaturas de la noche, pero por lo que está viendo, en Inglaterra tienen un problema de mucha mayor magnitud. Lleva caminando varias horas y todavía no ha visto un ser humano o al menos nada que lo parezca; todo son vampiros, momias y brujas caldero y escoba en ristre. Parece que además la población monstruosa va en alza, porque hay gran número de crías o seres de pequeño tamaño y voz chillona, agrupados en aterradoras hordas.
Con tantos monstruos ocupando todo el espacio, Igor apenas alcanza ni a leer los carteles de las calles. Aun así ha conseguido encontrar la dirección de ese tal Rupert Giles.
Se recoloca bien la capucha, prepara la cachiporra y el saco y llama educadamente, con los nudillos. Tras un rato un poco largo le abren un matrimonio de edad que se le quedan mirando fijamente.
—¡Pero qué cosa más horrorosa, hijo!—exclama el anciano. La señora canosa le da un codazo para hacerlo callar mientras murmura:
—¡No seas bruto! Es un pobre niñito estrábico.
Igor se les queda mirando (al menos con uno de los ojos) desde debajo de su apretada capucha.
—¿Rrrrupert Giles? –alcanza a preguntar. Pero la pareja de ancianos son tan sordos como poco diplomáticos, y entre risas y arrullos le llenan el saco del secuestro con un puñado de caramelos.
Igor se queda un rato mirando la puerta cerrada, luego se marcha. Tiene serias dudas de haber encontrado o no el sitio correcto. O es un 9o6 en vez de un 6o9, o esos eran los padres del tal Giles y él no está en casa.
Lo que significa que tampoco estará el vampiro al que ha venido a secuestrar.
Decide encaminarse hacia el centro, un poco por inercia y otro poco porque en cuanto abandona la calle residencial la barahúnda de monstruos y criaturas de la noche lo empujan hacia el jolgorio.

Angel está con ellos porque Lorne ha visto una sombra negra que los acecha. Jodido demonio verde, si es Halloween y cada dos pasos se topan con alguien disfrazado justo de eso. Angel ya ha noqueado a tres padres de familia, un adolescente borracho y encapuchado y ha estado a punto de atacar a una ancianita vestida de bruja negra. Pese a su provecta edad, los golpetazos de la bruja con la varita (que debía de ser de acero templado al carbono) le han dejado chichones por toda la cabeza.
Su único consuelo en estos momentos es que a los otros dos las cosas no parecen irles mejor, especialmente a ese canalla de Giles.
—Esto es muy raro, ya ha habido al menos diez ataques de ese encapuchado—dice Spike— ¿Crees que puede tener que ver algo con la visión de Lorne?
Angel lo mira de reojo, fastidiado.
—Va a ser que sí—dice.
Giles y Spike intentan contener la risa. A Angel le dan ganas de marcharse y abandonarlos a su suerte, ya que aprecian tan poco su heroica labor defensora y de ayudar a los indef... vale, Spike no es indefenso, y los dioses saben que Giles aún menos. Pero él es un héroe, claro, y tiene que atender a esas cuestiones. Tenía la obligación moral de acudir en su ayuda.
Ya, moral, otra palabra que esos dos jodidos ingleses desagradecidos desconocen.
Junto al garito de enfrente, con decoración Halloweenesca, todavía hay dos coches de policía y unos cuantos agentes que intentan calmar las cosas. Los tres cazadores de sombras negras investigan un poco, preguntando a la gente. Al rato se reunen en un callejón, Giles y Spike un tanto tambaleantes porque ya se han fumado como cinco canutos esa noche.
—Al parecer un tipo contrahecho con capucha saltó sobre esa gente e intentó llevarse a uno de los padres en un saco—dice Giles—. No saben si se trató de una broma de Halloween.
—¿A cual?—se asoma Angel, Giles señala con un gesto.
—A ese delgado y rubio de ahí.
—Jo-der—murmura Spike desde detrás de ellos.
—¿Lo han pillado?—pregunta Angel.
—No—dice Giles—Salió corriendo a toda prisa cuando esos niños gemelos, defendiendo a su padre, le mordieron los tobillos.
—Angelitos—murmura Spike.


Igor está realmente agotado. Mental y físicamente, porque la noche avanza y no consigue dar con el maldito vampiro Spike, y porque le han pegado ya varias veces en la cabeza, además de morderle unos monstruos pequeñitos y un perro, y curiosamente una tortuga de tierra con un forro de ganchillo en forma de calabaza. Corretea como puede entre el gentío y las sombras, una figura oscura, patilarga, gibosa, encapuchada de negro. Armado con su saco y su cachiporra, y un rudimentario amuleto que le permite localizar vampiros, y que no parece funcionar muy bien, se va acercando por sorpresa a cada grupo que le parece prometedor, consiguiendo muy pocos resultados. Descentrado por completo por el bullicio y la ingente población de vampiros, ataca una y otra vez a cualquiera de aspecto rubio y delgado intentando capturar a Spike. Un par de veces cree haber localizado al interfecto, pero resultan ser jóvenes que alaban su disfraz de esbirro y su muy lograda joroba y le invitan a beber. Igor también está un tanto mareado por esa causa, porque aunque se trasiega los vinos añejos del castillo del Príncipe en cuanto puede, no recordaba haber bebido tal cantidad de espirituosos como en esa malhadada noche.

El teléfono de Angel vuelve a sonar. Giles y Spike sueltan una palabrota a la vez. Entre el griterío y las canciones de Halloween escuchan los gritos histéricos de Lorne desde L.A.
—Tiene que estar muy cerca—dice Angel, colgando el aparato. Los tres cazasombras improvisados giran en derredor, intentando ver alguien sospechoso. Alguien mas sospechoso de lo normal en una noche donde hasta el apuntador va vestido de monstruo del averno.
—¡Seguro que está en ese grupo de adoradores del Demonio!—exclama Giles, señalando un grupo de figuras de largas túnicas negras.
—Puede atacar a alguien más ¡no podemos dejar que escape!—asiente Angel, y echa a correr hacia la procesión de encapuchados. Angel cree ver una figura sospechosa entre el grupo, y cuando salta en medio de los seres, se da cuenta de que son un grupo de monjitas que se dirigen, en ordenada fila de a dos, hacia los oficios de la Noche de todos los Santos. La figura sospechosa resulta ser la madre superiora, que lo llama gamberro y le sacude un buen latigazo con un enorme rosario de madera. El rosario, como manda la costumbre, termina en una cruz, y Angel tiene que darse a la fuga dolorido y con un quemazo en toda la frente.
—Falsa alarma—alcanza a murmurar cuando regresa junto a los otros dos. Spike lo mira divertido, mientras se trasiega una bolsa de gominolas en forma de calabaza. Giles menea la cabeza y echa un trago de la botella de whisky que lleva escondida en una bolsa de papel con un dibujo de Halloween.
—¿No eran acólitaos de Satanás? — pregunta.
—No— murmura Angel—. Eran monjas.  
Giles parpadea, confuso.
— Bueno, con esas túnicas engañaban a cualquiera—dice en su descargo. Angel lo fulmina con la mirada.
—Tambien te podias dejar puestas las gafas—gruñe.
Giles hace un gesto despectivo con la mano, echa otro trago de su botella. Spike lo imita, conteniendo a duras penas la risa.

Igor sale huyendo despavorido de entre el grupo de monjitas donde donde se había escondido. Lleva intentando atacar toda la noche a ese vampiro Spike, pero nada parece salirle bien en esa maldita ciudad.
Decide trepar a una farola para tener mejor vista. (Al menos con uno de los ojos, de nuevo) pero es inútil. Mire donde mire, sólo ve hombres lobos y vampiros, el amuleto detector pita hasta desgañitarse sin indicarle la presencia del chupasangre que busca, y para colmo una barahúnda de pequeños seres lo detecta encaramado y, haciendo un corro en torno a la farola, comienzan a girar gritando cancioncillas absurdas. Algo de tratos y trucos. Igor tiembla asustado porque está claro que son crías de brujo, o quizás enanos brujos de las montañas. Aguanta en lo alto de la farola hasta que no puede más y resbalando por el fuste metálico, da con sus huesos en tierra.
Las criaturas enardecidas ríen y palmean, y lo pisan por todos lados. Uno de ellos, con enormes alas de murciélago en la espalda, localiza el saco de secuestros de Igor lleno de caramelos, lo vacía y echa a correr con su contenido. El resto de la tropa infantil lo sigue al momento.
Igor se queda en el suelo, mareado y sin saber muy bien qué hacer. Trabajosamente se incorpora y se pone en marcha de nuevo.


—De todos modos. El tipo ese va buscando a alguien como yo, o sea delgado rubio y de siniestro atractivo ¿no? — pregunta Spike.
—No sé si lo último—gruñe Angel.
—Disfracémonos—dice Spike. Los otros lo miran ceñudos— ¿Qué? Así despistaremos a ese tío. ¡Y es Halloween, llamamos más la atención sin disfrazar!
—Ese es un punto—suspira Giles.
Se meten en la vieja tienda de disfraces, Angel y Giles a regañadientes, empujados entusiastamente por Spike. Que va diciendo en voz alta:
—Espero que lleves el talonario de Wolfram y Hart, Angel. O sea, encima de que nos fastidias el Halloween no vamos a pagar nosotros.
No tardan mucho tiempo en decidir los disfraces, sobre todo porque sólo quedan tres en la tienda, que ha batido su record de ventas para el Halloween. Salen enseguida de los probadores y tras guardar sus ropas en la bolsa de los trajes salen de nuevo a las calles. Angel no logra concentrarse ante la visión de Spike con traje de tweed, gafitas redondas y una peluca de rizos castaños. Sus pantalones no le dejan concentrarse. Los de Spike. Los suyos. El jodido chico con la misma pinta de cuando lo vio la primera vez, allá por el XIX, y de hecho apenas puede pensar en otra cosa que no sea tirar a Rupert Giles al jodido Támesis y empotrar a Spike contra la pared del primer callejón.
Giles vestido de monja, por su parte, nunca se ha sentido más abatido.
—Era eso o el de Batman—dice Spike—No les quedaban mas disfraces.
—No se si hay mucha diferencia—gima Giles bajo su toca negra y voladiza.
—No te quejes—gruñe Angel, al que obviamente le ha tocado el traje de Vengador de la Noche.

Igor ya lleva treinta y cinco intentos fallidos de secuestro, y está francamente desesperado. Si no consigue pronto al maldito vampiro, no llegará a tiempo al punto de recogida desde donde el Príncipe de las Mentiras podrá teleportarlo al castillo. Se detiene un momento, enjugando una lagrimilla de añoranza. Perdido en ese espantoso sitio lleno de gente, borrachos, niños (o crías de orco, no esta muy seguro) echa de menos hasta los cariñosos latigazos del decrépito conde vampiro.
Abatido, regresa a la farola donde ha vigilado antes y se apoya cansadamente contra el metal. A su alrededor caminan animadamente ejércitos enteros de falsos vampiros, hombres lobos de peluche y brujas disfrazadas. Está a punto de desistir y arriesgarse a volver sin su presa, cuando tres figuras se detienen a su lado, en la isla de luz de la farola.
—Se me ha terminado, joder. No llevo ni uno—gruñe uno de ellos, el que lleva un anticuado traje de tweed.
—Maldita sea, Spike, no podemos ir a pillar nada ahora—dice la otra figura, una recatada monja. El tercero del grupo se cruza de brazos.
—Sois una pareja de drogadictos y no sé qué hago con vosotros.
Igor se endereza (metafóricamente hablando) y parpadea aliviado. ¡Spike! ¡Han dicho Spike! Uno de ellos tiene que ser el vampiro rubio que tiene que secuestrar.
Se acerca a los tres sopesando alegremente la cachiporra.
Los estudia en silencio, mientras discuten en voz alta por algo que se les ha acabado y que necesitan imperiosamente, especialmente uno de ellos.
No localiza a Spike. Recuerda (vagamente, porque estaba escondido casi todo el tiempo detrás de la cortina, y además manualmente ocupado) el aspecto del vampiro que tiene que secuestrar. Era flaco y con el pelo rubio. Y ahí enfrente no ve a nadie con ese aspecto: sólo hay un hombre vestido con traje, de airosos bucles castaños, una venerable monjita con gafas y una especie de murciélago gigante.
Desconcertado porque ninguna de sus presas se ajusta a la descripción que deben de tener, y nervioso porque se le acaba el tiempo, Igor finalmente opta por coger la presa mayor y con más aspecto vampírico, o al menos quiróptero y, tras arrearle un fuerte cachiporrazo en la cabeza, se lo carga a las espaldas y echa a correr tambaleándose sobre sus delgadas piernas contrahechas.
—¡La Sombra! ¡Que se lleva a Angel!—exclama Spike, y echa a correr tras del jorobado. Luego se detiene en seco, rebusca por la chaqueta y saca un cigarrillo aromático a marihuana.
—Eh, mira qué suerte, sí quedaba uno.
Giles se lleva las manos a la toca.
—¡Se lo va a llevar a los Carpatos, ante ese viejo vampiro libidinoso del Príncipe de las Mentiras! ¿No vamos a ir a salvarlo?—pregunta.
—Si, claro mate—asiente Spike— Pero... mañana ¿ok? O sea, es Halloween. Nuestra noche libre.
—No sé si...
—¿Tu te acuerdas del frío de cojones que hacía en los Carpatos?—insiste Spike.
—Bueno... la verdad, sí.
Spike le tiende el cigarrillo. Giles lo coge, da un par de caladas, muy profundas
—Qué demonios—asiente al fin—. Vámonos a tomar algo. Angel se las arreglará.
—Claro—asiente Spike— Es un héroe y todas esas cosas.
—Yeah—asiente Giles.
Caminan los dos hacia el garito más cercano, airosamente, entre el gentío que celebra el Halloween.

 

FIN


Notas: Puede leerse de modo independiente, pero quizás se pilla mejor tras leer "La biblioteca del Conde Orlok".