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Navidad solitaria

El Príncipe de las Mentiras está solo en su mesa, aburrido y pensativo. El fuego está casi extinguido (en parte porque solo ese maldito Igor sabe donde se guardan las yescas) y sólo dos pequeñas velas parpadean angustiosamente contra la oscuridad del inmenso salón. Triste y apesadumbrado mientras el furioso viento invernal le trae sonsonetes de villancicos y risas desde el pueblo más cercano. Con un reseco suspiro, anota mentalmente, en cuanto amaine la ventisca, bajar a desangrar a alguien. Al nuevo párroco que tanto le van los jolgorios navideños, por ejemplo.
Chirriando de melancolía, encoge todavía más los ya raquiticos hombros.
Sí, es Navidad, lo recuerda. Aunque haga tanto tiempo que es un vampiro, aunque la humanidad sea menos que un recuerdo lejano y polvoriento. Está bien, esas tierras ni siquiera eran cristianas del todo cuando él era humano, eso sí lo recuerda. Había más bien cosas de brujas, dioses guerreros y sacrificios rituales para dar de comer a los licántropos. Pero algo había.
La Navidad, precisamente. Las velas, el caminar hacia la pequeña capilla señorial (con escolta, de nuevo los licántropos y las brujas), la Misa de Gallo. Los dulces navideños que horneaban en las cocinas. Que deben de andar todavía por ahí en los sótanos del castillo. Las cocinas, no los dulces, claro.
Hasta conoce algunas de esas absurdas costumbres navideñas modernas (o sea de más allá del s. XI) de la humanidad. Como los regalos, o las canciones, o las luces de colores.
Sí, esa de recibir regalos, los trae papa Noel, una especie de representación de San Nicolas en forma de hombre muy gordo con un saco.
Suspira de nuevo, haciendo mover suavemente las telarañas de las botellas y copas que nadie ha tocado desde hace cuatrocientos años.
Hace demasiado tiempo que está solo en el castillo. Los conjuros de teleportación no suelen funcionar con puntualidad, en sus tiempos llegaban más a la hora. Como las diligencias bimensuales a Transilvania, como los barcos en verano al Bósforo, ahora es que nada tiene formalidad. Igor se está retrasando demasiado.
Echa una triste mirada amarillenta hacia el techo abovedado. Muy lejos de ser guirnaldas navideñas, jirones de viejos tapices ondean al viento frío que se cuela entre las heladas piedras. Los gordos murciélagos, pese a su forma, no pasan por alegres bolas de colores.
En el exterior algunas ristras de ajos, que los mozos más valientes del pueblo se empecinan en subir a colgarle de las paredes (sin duda para impresionar a las jóvenes casaderas) ondean sin parecerse a ramas de acebo ni conseguir tampoco animar su ánimo melancólico.
De todos modos no debería pensar esas tonterías, a su provecta (y maléfica) edad. Es la soledad absoluta, que lo hace desvariar.
Se acurruca en su sillón de respaldo alto más cerca de la inmensa chimenea, casi vacía de leña y que no irradia apenas calor.
Justo entonces llaman a la puerta, tres fuertes golpes en el portón de la entrada. El conde se queda un tanto sorprendido después de tantos días de silencio.
Se levanta reumáticamente y tras diecisiete minutos cojeando pasito a pasito escaleras abajo, llega a la enorme puerta. Duda un momento y del interior de su larga manga aparece, poco a poco, una larga mano que más parece una garra, que aferra el pomo. El Principe de las Mentiras abre la puerta.
Una figura oscura ocupa casi todo el umbral. Las fuertes ráfagas de nieve le impiden ver con claridad de quién se trata, aunque, recortado contra el patio blanco, consigue distinguir que lleva un gran saco a la espalda.
—¿Eres... San Nicolllaauuusss?—aventura, y se aparta un poco—¡Entrrrra librrremente por propia voluntaaaad!
—Soy yo, amo. Igor—dice la figura—¡Pero os traigo un regalo!—dice, con una sonrisa un tanto cubista.
Saltando emocionado sobre las delgadas piernas como un niñito raquítico de novecientos años, el Conde Orlok le hace pasar. El jorobado entra desde el helado exterior al no mucho menos frío interior del castillo, renqueando bajo el peso del enorme saco que lleva, no se sabe muy bien cómo, sobre la espalda.
Igor deja caer el saco oscuro sobre el suelo, levantando una gran nube de polvo (entre las atribuciones de Igor no se encuentra hacer la limpieza). Tras mirar un momento con uno de los ojos al Príncipe expectante abre el paquete y de él sale Angel vestido de Batman, sumamente mareado por el ajetreo y la distorsión temporal del viaje desde Londres. El Príncipe de las Mentiras le toca la capucha del disfraz con un dedo de uña larga y afilada.
—¡Un murciélago! Qué regalo de tan buen gusto.
—Es ese vampiro, amo—dice Igor, intentando que no se note que el que trae no es exactamente Spike—. El que salía en todas las historias que nos contaron aquella noche
—Oooohhhhh—exclama el Principe, uniendo las manos como dos garras de águila centenaria.
Angel consigue enderezarse, rehacerse más o menos, y mirar a su alrededor. Primero nota el intenso frío. Luego se percata de que aún está vestido con el disfraz de Batman de la noche de Halloween. Finalmente cae en la cuenta de a quién tiene delante.
—¡Yo... te maté en el 43!—exclama señalando al conde. El decrépito vampiro lo reconoce a su vez y lo señala también con indignación.
—¡Gññiicccgñeeec!—chirría.
—¿Pero qué, como, cuándo...?—gime Angel, apartándose un poco.
Entonces se da cuenta de que el acartonado conde le está mirando con lascivia los ajustados y bien rellenos leotardos del disfraz. Y que frotándose las manos sarmentosas esboza una libidinosa sonrisa cuajada de dientes afilados y amarillentos.
—Crrreeo que lo vamos a pasar muy bien esta Navidad—dice el conde.
Angel no se lo piensa y como Igor y el viejo vampiro están junto a la puerta, echa a correr escaleras arriba, intentando salvar su integridad y (oh, por Dios) probablemente su honra.
—¡Igor!—exclama el Conde, palmoteando de contento—¡Suelta a los perros!
El jorobado criado echa a correr hacia los corrales de los lobos. El Príncipe de las Mentiras, alegre porque su Navidad ya no va a ser solitaria ni aburrida, y con agilidad impropia de su vetustez, sale corriendo en pos de Angel. Por las grietas de las antiguas ventanas le llegan de nuevo, a ráfagas de ventisca, los cantos navideños y los villancicos.

 

FIN