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Tour de Halloween


E l Príncipe de las Mentiras parpadea reumáticamente, intentando enfocar los ojillos por la ventana, ante la que lleva perchado los últimos tres días. Como siempre, el castillo está solitario y realmente aburrido, el Conde no recuerda haber salido de sus aposentos desde el solsticio de verano, cuando unos atrevidos mozos del pueblo subieron al castillo, envalentonados por el alcohol, y estuvieron un rato lanzando piedras.
Fuerza la vista un poco más, en la oscuridad del crepúsculo. Por el estrecho camino que bordea el cortado que lleva al castillo, traquetea un vehículo. El Príncipe de las mentiras lo observa durante un rato, haciendo apuestas consigo mismo acerca de si cae al vacío o no en la siguiente cerrada curva, y envía a Igor a hurgar entre los despojos, pero el extraño coche parece aferrarse vigorosamente al pedregoso caminito.
Finalmente, cuando lo pierde de vista tras el arbolado nevado de los últimos días de Octubre, el conde se levanta, desplegando sus resecos miembros entre farfulleos anquilosados, y camina encorvado hacia el corredor.
—¡Igor!—llama, carrasposamente— ¡Tenemos invitados!
Al cabo de unos minutos (demasiados, porque le valen un fustazo irritado del Conde) el sirviente jorobado llega trotando lateralmente. El asombro se refleja en sus ojos estrábicos.
—¿Invitados, Sire?—pregunta.
—Sssí—dice el Príncipe de las Mentiras, y echa a andar hacia las escaleras de piedra. Los visitantes ya están ahí porque se escuchan voces en el patio del castillo. Luego varios golpes del pesado llamador en forma de cabeza de lobo, que se desprende de sus telarañas para retumbar en la sala principal.
El Príncipe de las Mentiras llega al fin hasta la puerta. Con un quejido reumático de sus apolillados huesos, abre él mismo el portón. Por detrás de su figura vestida de negro, a la altura de su cintura, se asoma Igor con la capucha bien ceñida.
—Entre librremente por propia...
No llega a terminar la frase. El nutrido grupo de turistas se les incrusta sin más en el castillo, entran todos en tropel avasallando al rijoso conde, que tiene que saltar hacia atrás con agilidad impropia de su vetustez.
Está claro que han comprado un pack turístico de Halloween, y llevan ya varios días recorriendo los lugares más tétricos y tenebrosos. El vetusto castillo de Orlok, encaramado a su colina en plenos Carpatos sin duda es uno de los platos fuertes.
Al Conde y a Igor nadie les ha advertido de ello, y se quedan un buen rato mudos, quietos y francamente aturdidos, sin atinar a decir nada.
—¡Feliz Halloween!—exclaman todos animadamente mientras van entrando,
—¡Esto está súper genial!—exclama un orondo padre de familia, flanqueado por lo que parecen tres crías de orco—¡Lo habéis decorado súper bien!
Igor y el Príncipe se miran el uno al otro, sin saber qué contestar. Una mujer vestida con túnica de espectro, al parecer madre de varios cachorros que la siguen agarrados a las faldas, señala admirativa uno de los tapices. Los niños se apresuran a toquetearlo, agitarlo y limpiarse en él las manos sucias de dulces. Ante el barullo, una nube de polillas asustadas y varias arañas se apresuran a huir del vetusto tejido.
—¡Qué fantásticos efectos!—exclama la bruja.
—¿Dónde está la bebida?— pregunta un hombre delgado y alto, con una enorme cicatriz recosida en la frente cuadrada y verdosa. El Conde se queda mirando la extraña cirugía, que le recuerda a las que realizaba no muy lejos de allí ese jovenzuelo, sí, Victor Frankens-algo, allá por el XIX.
—Unas costuras realmente elegantes—sisea. El hombre parpadea sin comprender. Luego el Conde se dice que quizás sería bueno intentar ser algo... sociables. No han tenido realmente invitados desde el invierno pasado, cuando dieron hospitalidad (por decirlo de algún modo) a ese vigilante del Consejo que quería robarle los libros, y a ese Insigne, Egregio, EXIMIO narrador de pornografía (y también con otras enormérrimas cualidades), el perturbador vampiro Spike.
Sólo de acordarse de ello el Príncipe de las mentiras sufre un ataque de reumatismo terminal y palpitaciones galopantes (y eso que el corazón no le late hace mil años) y tiene que sentarse, renqueando, en una de las sillas de alto respaldo que se apoyan contra el muro de la sala. Cuando finalmente se recupera un poco se vuelve hacia Igor, que espera medio escondido tras una columna.
—Igor, trae algo de beber a estas buenas gentes—dice al fin— Y algo de... comer.
Igor sale a la carrera sobre sus largas piernas enfundadas en medias negras, y regresa al poco de las bodegas trayendo varias botellas apolilladas de vodka añejo de antes de la revolución rusa. También ha conseguido traer, no se sabe muy bien cómo, una bandeja llena de algo marrón parecido a los brownies. Igor abre las botellas con bastante habilidad y las deja sobre una mesita polvorienta, junto a los dulces. Un intenso aroma a alcohol de quemar se extiende en tóxicos vapores por la sala.
Uno de los atrevidos padres echa un trago y se pasa los siguientes quince minutos tosiendo hasta desgañitarse. Aún así consigue, con el heroísmo de la paternidad, sacar fuerzas para arrebatar a tiempo a Igor el vaso palmero de vodka que le estaba dando a uno de los niños.
—Creo que será mejor beber un poco de esto—dice otro de los padres, vestido de algo entre hombre lobo y oso grizzly dada su corpulencia. Desenrosca el tapón de una cantimplora y, tras quitarle más o menos las telarañas, llena de rojizo ponche una copa de cristal, opaca por los años. Luego se acerca al Príncipe y le mete el vaso con el licor de color rojo oscuro en la engarfiada mano. El Príncipe de las Mentiras se queda mirando el vaso.
—Yo nunca... bebo... vino—susurra, pronunciando muy amaneradamente la V.
Todos los turistas aplauden emocionados, Igor y el Conde no saben bien por qué.
—No es vino, abuelo—dice el corpulento lobo-oso, mientras reparte el contenido de la cantimplora entre los presentes, y lo mezcla en los vasos de los que se han atrevido con el vodka de Igor. Todos brindan, ríen, los que beben vodka se atragantan y todos dicen de nuevo Feliz Halloween. El Príncipe no está muy puesto en modernidades, pero está casi seguro que faltan un par de noches para esa fiesta. Aunque quizás hayan vuelto a cambiar el calendario, como cuando se le apeteció quitar el Juliano a ese pretencioso del papa Gregorio XIII.

Los niños corretean como bestias del averno por el espacioso salón, haciendo volar espesas nubes de polvo de los tapices y muebles. Gatean bajos las mesas y chocan contra los arcones y los bargueños, desalojando de sus viviendas a una nutrida colección de arañas y ratas. El conde busca su fusta para sacudir a Igor, porque aunque no le preocupa demasiado que su criado haga la limpieza, eso ya es demasiado, pero su bastón ha desaparecido. Seguramente estará en manos de alguna de esas crías monstruosas, que están enredando con las velas encendidas y persiguiéndose unos a otros mientras gritan no se qué de trucos y tratos. Mareado por el barullo de los visitantes, el Príncipe de las Mentiras se echa al coleto el contenido del vaso de ponche que lleva en la mano, lo que le provoca una descomposición general de sus cañerías vampíricas milenarias y un tremendo ataque de tos que resuena por todo el castillo.
—Crreo que necesitamos modernizarnos, Igor—dice el Conde, mirando a su alrededor— Conocerr algo de las costumbres moderrnas.
—¡Si ya tenemos el cinematógrafo, Sire!
Uno de los hombres del grupo se acerca a Igor y le pasa el brazo con complicidad por los hombros contrahechos (para lo cual se tiene que agachar hasta casi doblarse en dos)
—Y dime, amigo. ¿Dónde tenéis a las bellas vampiresas? Se suponía que las íbamos a ver.
Igor se encoge todavía más bajo el peso del brazo del otro, enfoca uno de los ojos hacia su cara achispada, el otro gira varias vueltas hacia algún lugar indeterminado mientras piensa en qué contestar.
—Estarán en el siguiente castillo, el de Dracula—interviene un joven vestido de algo putrefacto con manchas de gangrena—Seguro que no llevan puesto más que uno de esos bikinis de odalisca.
El otro hombre asiente enfáticamente con la cabeza. Una mujer delgada, vestida de bruja, corta la conversación con un carraspeo severo. El hombre que sujetaba a Igor lo suelta y se escabulle hacia el resto del grupo. El Conde se queda mirando a la ceñuda mujer, y se encuentra rememorando esas noches de Walpurgis de su juventud, cuando las cosas eran como tenían que ser. La vista de la flaca y avinagrada bruja le recuerda que las mozas eran entonces más apetecibles, más opulentas, con un escote que podía hacer desvariar a diez vampiros. Y con esos tobillos gordezuelos que asomaban con picardía por debajo de las faldas mientras bailaban alrededor de las hogueras, drogadas con beleño y setas del bosque. Hasta él mismo se permitía alguna canita al aire. Ahora todo ha ido degenerando y las brujas son flacas y apergaminadas, con poca sustancia, malnutridas. Es todo muy triste.
No sabe muy bien por qué se termina de un trago el espirituoso de la copa. Las toses vuelven a desgañitarlo y lo ponen de un color verdoso anaranjado.
Los niños están pegando gritos y escupiendo por todo el salón, manchando la apolillada alfombra que un día fue roja de grumos babosos. Igor baja la cabeza, contrito.
—No les han gustado los murciélagos garrapiñados, Sire—dice tristemente. El Conde menea la cabeza, solidarizándose con su criado, aunque dentro de un orden, claro, sin olvidar sus respectivas posiciones naturales.

A su alrededor  los padres y madres achispados y alborotados hablan y ríen sin parar, las bandadas de crías de orco descontroladas lanzan chillidos y se persiguen por toda la sala, escaleras arriba y escaleras abajo. Bajan por la balaustrada uno tras otro, cayendo por el suelo. El salón está lleno de gente que ríe, canta y grita, cambiando las cosas de sitio e improvisando atrevidos bailes sobre la alfombra, al son de extrañas canciones.
Los niños corren golpeando las paredes (ah, sí, ahí está su bastón) y en un momento dado presionan una palanca oculta y parte de la pared se abre, con un chirrido sonoro. Un esqueleto enmohecido y cuajado de telarañas cae hacia delante, en pronunciado ángulo colgando de una cadena.
Todos los turistas se sobresaltan y luego aplauden, bebiendo de nuevo. 
—¡¡Un esqueleto!! ¡¡Genial!!-exclaman los niños, encantados. El Conde no recuerda quien es. Quizás ese recaudador de impuestos que llegó al castillo hace unos trescientos años. ¡Qué descarado! ¡Pedirle que pagase un diezmo a él! Desde luego, con los nuevos tiempos uno no sabe a dónde se va a llegar.
—Toma, amigo—dice uno de los jóvenes, tendiendo hacia el Príncipe un cigarrillo liado— Te animará del trabajo.
El Conde lo mira sin comprender. Luego coge entre los dedos sarmentosos el cilindro humeante. Da unas caladas, dubitativamente. Los resecos pulmones se sacuden en un espasmo de fuelle antiguo mientras el Príncipe se desgañita una vez más en toses y ahogos, el rostro apolillado se le pone de un color como de melocotón pasado. Un tremendo mareo lo tambalea mientras arroja lejos de sí el endemoniado invento, que prende las cortinas resecas del lado este. El Conde grita horrorizado ante las llamas, Igor corre haciendo aspavientos y, arrancando uno de los tapices, apaga el fuego a mantazos. Los turistas aplauden y beben señalando la escena y sacando fotos con sus cámaras y móviles.

Los niños se han esparcido ya por todo el castillo y llevan un rato sin estar a la vista, aunque sus vocecillas chillonas y sus gritos descontrolados se siguen escuchando a lo lejos. Así como los ruidos de muebles volcados y cosas que caen y que se rompen. De repente reaparecen en la sala corriendo como alma que lleva el diablo y lanzando gritos de terror. Tras ellos, llega un hombre con las ropas desgarradas, sucio de tierra, con barba de varios meses, que enarbolando una cruz de madera hecha con dos cucharones hacia Igor y el Conde, exclama con un fuerte acento inglés:
—¡ALEJAOS, ENGENDROS DEL DEMONIO!
—Gññññeeeñññññiiiiiccc!!!—chirría el Príncipe de las Mentiras asustado por la cruz, echándose hacia atrás en el asiento. Su mano engarfiada corta el aire como la de un esquelético y apergaminado gato. Igor trastabilla por el sobresalto, escondiéndose tras el respaldo de la silla del Conde, que tiembla de rabia. ¡Es ese Wesley Wyndam Price, ese Vigilante del Consejo que se atrevió a penetrar en su morada! ¡Y que se niega empecinadamente a participar en sus artísticos daguerrotipos de desnudo masculino! Sin duda esos niños demoníacos le han abierto la puerta de las mazmorras. ¡Y le está amenazando a él! ¡En su castillo!
Sin enterarse de nada, los turistas aplauden y ríen ante la escena, hacen extrañas luces molestas con unos pequeños aparatos que sacan de los bolsillos, mientras se acercan y preguntan al Conde si tiene sándwiches mixtos, agua mineral, algún refresco para los niños, wifi sea lo que sea eso, y que dónde están los servicios. En el centro del salón Wesley sigue lanzando diatribas amenazantes contra el decrépito vampiro, agitando la improvisada cruz, los harapos ondeando heroicamente al aire.
El conde ya no puede más. Se levanta como puede de la vetusta silla y aprieta los resecos puños, verde de ira.
—¡Igor! ¡Los lobos! ¡Suelta a los lobos!— chirría a voz en grito.
El jorobado obedece al instante y corriendo todo lo que puede con sus flacas piernas se dirige hacia los corrales de las bestias. Aprovechando el impass, Wes salta hacia el Príncipe y con una finta de tirador experto le hinca uno de los cucharones en el pecho. La levita endurecida por los siglos impide al vampiro ser estacado, pero el golpe lo empuja de nuevo hacia la silla de madera, contra la que cae chirriando como un enorme murciélago. Wes entonces decide huir empujando delante de sí a los turistas, que parecen creer que todo forma parte de una performance de terror.
Hasta que los lobos, aullando ominosamente, comienzan a pisarles el terreno. Entonces todos corren entre gritos hacia el autocar, dando por finalizado su Tour de Halloween.

 

FIN