alt

Globos de San Valentín

Vigilando desde lo alto del callejón, tumbados boca abajo sobre el tejado, mientras en la calle la gente va y viene en animada procesión, entrando y saliendo del local.
—Vaya manera de pasar un jodido San Valentín—murmura Spike, por lo bajo. Angel, hombro contra el suyo, sigue mirando hacia abajo.
—Creía que tú y ese vigilante pervertido no celebrabais esas cosas.
—¡Giles no es...! Está bien, sí, es bastante. Pero no celebramos nada porque no estamos juntos.
—Si tú lo dices.
Spike rumia un rato por lo bajo. Luego se vuelve hacia Angel.
—¿Y dices que son globos de San Valentín tóxicos?
—Extremadamente venenosos, van a soltarlos en la ciudad esta misma noche. Ese restaurante es su primera prueba.
—A mi San Valentín me da igual, no lo celebro. No es que no tenga con quien. Y no me estoy refiriendo a Giles.
Angel no le contesta. Spike sigue a lo suyo.
—Es que lo de San Valentín es una cursilería. Casi tan cursi como la música esa que te gusta a ti.
—¿Podemos centrarnos en la misión?—murmura Angel al fin. Spike encoge los hombros (algo no tan fácil como parece acodado boca abajo).
—Si pero ¿Globos tóxicos? Eso está muy visto, tío. Sale en Batman I.
—Bueno pero... estos vuelven zombi a la gente.
—Eso es más original, sí.
—No me gustan los zombis—dice Angel.
—A mi tampoco, lo ponen todo perdido. ¿Quién necesita más zombis?
—Eso, quién. ¿Dónde les iban a dar trabajo?—dice Angel. Spike se queda muy callado, Angel continúa—En Wolfram y Hart desde luego no, nos nutrimos de nuestros propios empleados cuando mueren.
—Joder.
—¿Qué? Firman la cláusula del contrato libremente.
—Jo-der—repite Spike
Spike se remueve, retuerce y logra alcanzar el bolsillo de su chaqueta de cuero, del que saca un cigarrillo. Se remueve otra vez hasta que localiza el mechero, con el que lo enciende.
—¿No se habrá hecho un lío Lorne con la peli de Batman y se habrá equivocado de vengador oscuro? Angel lo mira de reojo.
—No sé a qué te refieres—dice.
Se quedan un rato más, vigilando cualquier movimiento sospechoso. La gente, en parejas o en grupos, sigue accediendo al restaurante o saliendo de él, alegre y acaramelada. Spike se remueve de nuevo, porque (Angel es consciente de esto) es físicamente incapaz de estar quieto tanto rato seguido. Termina de fumar y lanza el cigarro lejos, al fondo del callejón.
Angel se asoma un poco más por la calle.
—Ese tío lleva uno—dice—¡Lo ha sacado del local!
Spike se inclina también para mirar, gruñe un bloody hell por lo bajo. Un hombre de mediana edad, muy sonriente del brazo de una mujer elegantemente vestida, lleva en la mano uno de los globos mágicos. Un chisme de color rosa chicle, en forma de corazón con ribetes como de encaje, que ondea gallardamente al extremo de su cuerda.
—Voy a dispararle, es una emergencia—dice Angel, extrayendo una ballesta de debajo del tres cuartos de cuero. Spike lo agarra de la muñeca, deteniéndolo.
—¿Vas a cargártelo?—pregunta, ojos muy abiertos. Angel suspira y niega con la cabeza.
—¡Spike, por Dios! Voy a quitarle el globo.
—Pero si el globo explota ¡se convertirán en zombis!
—No va a explotar—dice Angel, y apuntando cuidadosamente dispara la ballesta. El virote de madera sisea hacia abajo y corta limpiamente el cordoncito del globo, que escapa hacia las alturas. Angel suspira aliviado, todo ha quedado en un incidente sin importancia para la pareja que se aleja por el callejón mirando extrañada hacia el cielo. Pero podía haber sido algo realmente grave.
—No perdamos más tiempo—dice. Spike asiente con un gesto y los dos descienden ágilmente desde el tejado, hasta caer en pie en los adoquines del callejón. Una vez en el suelo, Spike se cruza de brazos y se encara con Angel.
—¿Por qué no ha venido Lorne? La visión es suya.
—Las visiones la dan jaqueca—dice Angel.
—Joder...—Spike permanece unos segundos en silencio, enfurruñado. Luego se vuelve hacia Angel—Cada vez que me acuerdo cómo se las pasaste...
—No quiero hablar de ello.
—Ya, maldita sea, no me extraña.
—Fue... un momento de debilidad.
—¿Un momento de debilidad?
—Bueno, de Lorne—murmura Angel.
—Joder—repite Spike. Echan a andar hacia el local—¿Sabes lo hartos que estamos todos de las visiones de Lorne?
Angel no contesta. Un par de personas los ven llegar, pero no les prestan mucha atención. Es una noche festiva y pueden verse cosas un poco extrañas, como esa pareja claramente de hecho, un tipo cuadrado con el pelo de punta y el otro con el pelo platino agresivamente rapado, discutiendo sin parar como cualquier matrimonio que se precie.
Se acercan los dos hacia la fachada del local, animada por cartelones de San Valentín con enormes letras rosas y doradas.
—Bueno qué hacemos, ¿entramos ya?—pregunta Spike echando una ojeada al interior. Es un local lujoso, y para los festejos de San Valentín parece decorado por la inefable pareja Harmony-Xander en sus sueños más rosados, cursis y unicornianos.
—Yo creo que a esos pijos tontos del culo deberíamos dejarles los globos—dice Spike— O sea, si se zombifican todos saldríamos ganando.
Angel rumia por lo bajo unos momentos
—No es que no... comparta tu opinión—dice—Pero tenemos que salvar a la gente, aunque sean idiotas integrales.
—¿Sí? ¿Y dónde lo pone?
—Spike... ya no hacemos esas cosas.
Spike hace un puchero disconforme. Luego alza los ojos al cielo, teatralmente.
—Maldito lado del bien—gruñe. Angel no dice nada, sólo señala con la mirada la puerta del callejón.
—Ciñámonos al plan—dice Angel al fin. Spike asiente y cruza la puerta del local, mientras Angel se escabulle por el lateral.

El restaurante está completamente lleno de globos, Spike abre mucho los ojos mientras mira el techo cuajado de corazones rosados repletos de gas tóxico zombi, con sus cuerdecitas colgando alegremente. Camina con aire decidido, como si buscase a alguien, hasta colocarse más o menos en el centro de la sala, abarrotada de parejas disfrutando de su cena de San Valentín, del ambiente hortera y de color de rosa, y de la música almibarada.
No tiene que esperar más que unos segundos cuando el ventanal que adorna el local estalla en mil pedazos y aparece Angel, colgado boca abajo desde el tejado como un enorme murciélago, el tres cuartos de cuero vuelto hacia abajo como dos oscuras alas.
—¡Ahora, Spike!—grita el vampiro moreno. Spike no se lo piensa y se lanza al ataque saltando por el restaurante y agarrando manojos de globos para sacarlos por la ventana.
—¡Que no exploten!—le grita Angel, mientras manotea para lanzar fuera del local los primeros globos que le van llegando. Spike se las arregla para asentir mientras salta sobre las mesas, por la barra, por los sillones y reservados, impulsándose hacia arriba para robar los globos y sacarlos hacia la ventana. En el ventanal roto Angel los va atrapando frenéticamente y soltándolos en el exterior. El local se ha llenado de gritos, carreras, insultos e imprecaciones mientras Spike salta sin mirar a dónde pisa y se afana en robar todos los globos. Los platos, bebidas y primorosas tartas de San Valentín vuelan por los aires pateados por las botas de militar de Spike, que sigue saltando sin parar, los empleados y muchos de los clientes furiosos corren tras el hiperactivo ladrón de globos, intentando agarrarlo o golpearlo con algo. Cuando Spike consigue lanzar el último globo a Angel ha acabado recibiendo bastantes golpes, algunos platos contra la cabeza y un soberbio botellazo que le deja sangrando la ceja donde lleva el piercing.
Justo cuando la policía llega al local, Spike salta hacia el ventanal roto. Angel lo agarra de los manos y lo impulsa hacia fuera, luego salta y sale corriendo tras de él.
—¡La próxima vez me quedo yo en la jodida ventana!—grita Spike mientras corre como alma que lleva el diablo y trepa por la fachada del edificio más cercano. Angel lo sigue de cerca, corren los dos sobre los tejados y las azoteas hasta que están lejos del local, los gritos, las imprecaciones y las sirenas de la policía.


El segundo de los locales que ha indicado Lorne es un bar muy animado lleno de parejas jóvenes y valentineras. En el exterior un enorme cartel en forma de cupido reza que las primeras consumiciones son gratis si la pareja se besa por San Valentín. Angel se siente tentado por eso de sacar bebidas gratis, pero no tiene muy claro que Spike se dejase besar en ese contexto y además están trabajando. Así que olvida el asunto con un hondo suspiro.
—No tengo nada contra los seres humanos, o sea yo mismo fui un ser humano en tiempos—está diciendo Spike, luego señala hacia el local—Pero esos tíos están celebrando esa cosa ridícula con todo lleno de florecillas y cupidos, ¡y desde aquí puedo oir que están escuchando a Celine Dion!
—Celine Dion canta muy...—comienza Angel, luego se detiene y niega con la cabeza—. Spike, no podemos dejar que esa gente muera sólo porque no escuchan tu jodida música punk.
—Pues no veo por qué no, es un buen motivo.
—Spike...
—Giles me comprendería—añade Spike, apretando los labios.
—Debería haber venido —dice Angel.
—Qué dices, tanto correr le habría dado un infarto o algo.
—Por eso mismo—masculla Angel.
El vampiro rubio menea la cabeza, disimulando la sonrisa. Los dos se preparan para sacar los globos tóxicos del local.
Es Spike el que se queda fuera esta vez. Cuando baja del tejado con elegancia de gimnasta y rompe el cristal se queda ahí, recortado contra el ventanal, pero Angel seguro que no ha visto la peli de El Cuervo y no aprecia la imagen. La gente del local, como en el restaurante anterior, comienza a asustarse y a gritar, y los gritos suben de tono cuando Angel empieza a brincar por el local robando todos los globos que puede en enormes manojos rosas y dorados. En este sitio hay mucho más globos todavía que en el anterior, y el techo está muy alto, y las contorsiones, saltos y carreras de Angel consiguen derribar al suelo a la mitad de la concurrencia, gran parte del mobiliario, las jaulas de los gogós y casi todos los altavoces del local. Aún le quedan bastantes globos de secuestrar cuando los gorilas del local lo rodean con intenciones amenazantes y largas porras de las que lleva la policía; Angel, tan desesperado como heroico, consigue golpear a los dos primeros hombres y, cuando se inclinan, los utiliza para saltar sobre ellos e impulsarse hacia arriba y, casi en un vuelo de ninja, agarrar todo el montón de globos con ambas manos. Cae a tierra y sin dejar de correr sobre los vasos rotos y los restos de mobiliario llega hasta la ventana donde lo está esperando Spike.
Angel empuja los globos hacia el ventanal, pero son tantos que se atascan en una apretada masa sonrosada. Angel intenta empujarlos desesperadamente mientras los vigilantes del local se acercan a él a todo correr y se queda atascado él también por la cintura en medio del mar de globos. Entonces, cediendo a las presiones y a los restos de cristales de la ventana, los globos explotan violentamente. Por suerte estallan hacia fuera, arrastrando a Angel hacia el exterior con la onda expansiva. El vampiro se ve lanzado violentamente varios metros hacia arriba y cae luego al suelo del callejón dándose un fuerte golpe. Se queda boca abajo en el suelo, dolorido y magullado, por supuesto Spike salta acto seguido desde el tejado y le cae encima.
—Ops—dice Spike, bajándose de un salto de su Sire.
Angel se da la vuelta, coge la mano que le tiende Spike, se levanta. Las dos suelas de Spike marcadas en la espalda del tres cuartos de cuero. En la calle el gas se disipa enseguida, subiendo hacia las alturas. Causa algunas bajas colaterales en su ascenso, una en la forma de un pequeño murciélago de tres centímetros que se vuelve zombi y se lanza contra la cabeza de Angel para atacarle.
—¡Cuidado, mate!—exclama Spike—¡Que se te quedará pegado en la gomina!
Angel gruñe una palabrota en gaélico mientras aparta al bicho, que sale huyendo. Por poco tiempo, porque un mochuelo zombi lo coge al vuelo y se lo traga de un bocado. Angel y Spike se quedan en guardia, espalda contra espalda, enarbolando el uno un periódico viejo doblado y el otro un palo roto de escoba que cogen del suelo, dispuestos a vender caros sus sesos ante el ataque de bichos voladores zombificados y a batearlos con lo que sea. Pero no aparece ninguno más, y al cabo de unos segundos bajan las improvisadas armas y echan a correr de nuevo, porque la gente del local se ha recuperado del ataque de Angel, el alboroto, los golpes y caídas y la explosión y están saliendo hacia ellos con evidente deseo de venganza y ánimo violento.


De nuevo en un tejado, el de una vieja nave industrial, frente al lugar que ha visto Lorne al final de su visión, donde tienen el grueso de la producción de globos zombificadores. Un almacén cualquiera, con techo de uralita y paredes de antiguos ladrillos. Las ventanas están muy sucias, pero faltan algunos cristales y por los huecos los dos vampiros pueden ver las cantidades ingentes de globos rosados rodeados de encajes que llenan el techo del local en un espesor de casi dos metros.
Meditan unos momentos la mejor manera de entrar y conseguir acabar con los cientos de globos y todo lo que encuentren para fabricarlos. Spike se palpa de nuevo la chaqueta de cuero y saca el paquete de cigarrillos. Enciende dos y le pone uno a Angel en la boca. El vampiro moreno da unas caladas, pensativo. Luego mira de reojo a Spike. No ha tenido mucho tiempo de mirarlo en esa ajetreada noche. Está... muy guapo. Lleva el pelo agresivamente rapado, un imperdible en la ceja partida. Una camiseta de algún grupo musical, unos vaqueros negros, desteñidos. Las mismas botas de siempre, la misma pinta de siempre y está tan absolutamente irresistible como siempre, el muy canalla. Angel siente que se le seca la boca, y lo empeora dando unas caladas más al cigarrillo.
—Esa chaqueta... me recuerda a la que llevabas en aquel submarino, en los 40—dice Angel.
Spike no contesta de momento. Luego encoge los hombros.
—La tiré en el mar. Es jodidamente difícil nadar con una chaqueta de cuero empapada.
—Ya.
—¿Sabes? Yo entonces no sabía que tenías alma. En realidad no lo supe hasta el final de los 90, en Sunnydale.
Angel lo mira, de reojo. Spike sigue hablando.
—O sea, todas las veces que nos encontramos disimulaste realmente bien que ya no eras un cabrón sin entrañas.
—Spike...
—No, en serio. Un Oscar, te tenían que haber dado.
Angel suspira hondamente.
—¿Y qué hiciste tú nada más enterarte de eso? ¡Intentaste matarme!
—Ya bueno, era por sacarte de tu miseria, mate.
Angel suspira de nuevo, con resignación.
—Concentrémonos en la misión ¿quieres?
—Estoy concentrado—dice Spike
Vigilan un raro más, comprobando que cada vez hay más y más globos, que sin duda pretenden hacer llegar a más locales por San Valentín.
—Esto hay que enfocarlo de otra manera—dice Angel—. Vamos a cruzar a su tejado, y retirando algunas planchas de uralita podremos acceder al conducto de ventilación, bajar discretamente, y una vez que lleguemos al interior, podemos ir cogiendo los globos y...
Pero Spike no lo está escuchando. Sólo se pone en pie y exclama:
—¡No pienso hacer más cosas raras! ¡Estoy harto! Me voy a la puerta principal.
—¡¡¡SPIKE!!! —gime Angel.
Pero el vampiro rubio ya ha saltado ágilmente, bajado hasta el suelo, cruzado hasta la fachada de la nave y abierto de par en par. Las puertas son enormes, pero aun así están llenas a rebosar de grandes demonios malencarados, que se vuelven rugiendo hacia Spike.
—Ops—murmura Spike.
Angel se ve obligado a ayudarlo, aunque Dios y el diablo saben que no se lo merece. Saltando a toda velocidad corre hacia las puertas del local. Se lanza junto a Spike a por los demonios.
Luego todo acaba en dos segundos. A Angel le habría gustado poder decir que ha sacado heroicamente a ese cabeza hueca de Spike del almacén, pero la verdad es que no tiene tiempo porque apenas llega al lado del vampiro rubio, los dos son catapultados fuera, o para ser exactos pateados por los aires hasta dar con los huesos contra el suelo. Los demonios cierran las puertas de nuevo, y la calle industrial queda tan silenciosa como antes.
Angel y Spike se levantan y echan a correr de nuevo, rodeando la nave llena de globos tóxicos, hasta que comprueban que ni los demonios ni los humanos los han seguido y entonces se detienen, asomados ambos por la esquina de la construcción, Angel arriba y Spike un poco más abajo.
—¿Por qué has tenido que hacer eso?—gruñe Angel. Spike hace un puchero resentido.
—¡Me aburría tu jodido plan!
—De verdad, no se por que sigues llevándome la contraria en todo.
—¡Yo no te llevo la...! ¿como que sigues?
—Se supone que uno lo supera, a los treinta años, o menos. Desde luego a los cuarenta. Tú llevas cien dándome la brasa.
—No te entiendo ni una palabra, y además no es verdad—sentencia Spike.
Se enderezan y apoyan en el muro, todavía jadeantes. Entonces Angel murmura algo de plan final y saca un cilindro de papel de aspecto contrahecho que sostiene entre los dedos.
—Esto me lo ha dado Wes—dice. Spike lo mira de reojo, acusadoramente
—¿Tú crees que es momento de ponerse a fumar porros?
— No es... yo no... ¡yo no me drogo como ese inglés degenerado!
—Ah. ¿Wes se droga?
—¡No! No es... ¡me refería a Giles! —Todos los ingleses sois unos viciosos.
—Si bueno y los irlandeses unos borrachos.
Silencio. Luego Spike asiente con la cabeza.
—Sí que es un poco degenerado. Y le da a las drogas desde los 70, es verdad.
Angel suspira, alza en el aire cuidadosamente, el pequeño cilindro envuelto en papel.
—Esto es una mini carga de termita de poder explosivo aumentado e ignición controlada mágicamente.
—Ah—Spike lo mira, parpadeando.
—O sea, vamos a volar todos esos globos.
Spike se anima visiblemente. Luego parpadea.
—Pero... ¿si explotan los globos toda la gente humana de dentro no se convertirá en zombi?
Angel medita unos momentos.
—Si pero... con la explosión se desmembrarán, así que no hay problema.
—Vale. Eso es cierto.
—Ellos se lo han buscado. ¡Vamos a volar ese maldito sitio!
—¡Oh yeah!—dice Spike, y le lanza el mechero plateado.


La explosión es tan enorme, monstruosa y ruidosa como cabía esperar. Amplificada por el campo mágico de los globos, la nube resultante es muy parecida a la de una explosión nuclear, aunque curiosamente teñida de color rosa brillante. Los dos vampiros, que han salido corriendo (por innumera vez esa noche) después de lanzar la carga explosiva, se detienen para mirar la nube subir y luego deshacerse en la oscuridad del cielo nocturno.
—Ha estado genial esa explosión—dice Spike.
—Es verdad—dice Angel. Spike lo mira, de reojo.
—¿Ves como no te llevo la contraria en todo?
El vampiro moreno duda un momento, mirando de soslayo a Spike. El viento les trae los últimos restos de la explosión, y el aroma acre del humo y la madera quemada.
Angel asiente muy satisfecho e hincha los pulmones ensanchando el pecho.
—Me encanta el olor del napalm por la mañana—dice. Caminan unos pasos.
—Es de noche—dice Spike.
Angel no le contesta, sólo sigue su camino meneando la cabeza.

 

FIN