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El Principe y la Cazadora


Casa de Giles

Todos sentados por el salón de casa de Giles, mientras esperan a que anochezca. Willow y el vigilante en el sofá, Spike en una de las banquetas de la barra que da a la cocina, Buffy en el brazo de un sillón. Ultimando los detalles de la incursión de la Cazadora y la bruja al castillo del Príncipe de las Mentiras, y esperando que la oscuridad sea un poco más espesa, momento en el que Willow podrá transportarlas a las dos con mayor precisión a la fría Transilvania.
Spike mira de reojo a las dos jóvenes, mientras bebe su taza de té y medita sobre lo poco o mucho que han cambiado con los años. No entiende mucho de moda femenina, porque además solo de pensar en esas cosas de encaje con lazos se le nubla la mente desde el XIX, pero cree que el estilo de Willow ha cambiado. Lleva una blusa ajustada negra, con bordados oscuros, que remarca admirablemente su blanquísimo escote. A Spike se le seca la boca, no sólo por la cosa vampírica, y con esfuerzo consigue bajar la mirada y se percata de que bueno, no, no ha cambiado tanto: la falda rosa chicle con rayas de colores lo retrotrae a cuando la conoció, allá en Sunnydale.
Buffy sí que no ha cambiado nada, con su pelo dorado de champú, su suéter negro, su abriguito de cuero rojo y el mango del hacha sobresaliendo del bolso de bandolera. Buffy que ahora, en un gesto tan suyo, se cruza de brazos y asiente muy segura:
—Bueno, no os preocupéis. Lo conseguiré. Soy el plan B—mira a su alrededor, satisfecha—. B de Buffy.
—No puedes ser el plan B, ese ya lo hicimos—dice Spike. Buffy frunce el ceño.
—Oh ¿Quién era el plan B?
—Bueno el A éramos Giles y yo. El B era Wesley—Spike asiente con la cabeza—O sea, fallamos Giles y yo, y Wesley — se queda un momento pensativo —. Lo de Angel fue otra historia. Pero de todos modos Angel era el plan C.
—Pero... la C también estaría bien para mí, C de Cazadora.
—Tienes que ser el plan D.
—¡No me gusta ser el plan D!—protesta Buffy haciendo un morrito—. Es una letra fea.
Giles carraspea, llamando su atención. Un poco mareado escuchar la absurda discusión de Buffy y Spike por culpa de las iniciales.
—Debes... extremar las precauciones, Buffy, es un vampiro muy viejo.
—No me preocupa nada. ¡Soy La Cazadora, tengo mucha experiencia con vampiros viejos!
Spike carraspea, molesto.
—Bueno y... los aparentemente jóvenes—dice Buffy.
—Y musculosos—ayuda Willow.
Spike hace un mohín con la boca, no muy convencido. Giles carraspea de nuevo intentando atraer la atención de Buffy más de dos segundos, cosa que le parece imposible desde sus años de bibliotecario del instituto.
—Lo... importante es que tengáis cuidado, de verdad que es un vampiro poderoso y viej.. antiguo. Y por ello tiene algunos... poderes especiales.
—Y sobre todo tened cuidado con Igor—indica Spike.
—Pero si es un jorobado decrépito—parpadea Willow.
—Sí, pero es un pajero —dice Spike—. Si veis que se menea la cortina, seguro que es él dándole al... bueno, ya sabéis.
Las dos muchachas lo miran con los ojos muy abiertos. No dicen nada.
Giles interviene repitiendo los pasos de la misión. De nuevo repasan que la Cazadora y la bruja llevan suficientes armas, material mágico para el conjuro de transporte y los de defensa, y el mapa y las indicaciones del castillo. Pasan así un rato, comprobándolo todo. Aunque en realidad los comprueban Willow y Giles, porque Spike se aburre enseguida y se sienta de nuevo a la barra de la cocina para fumar un cigarrillo y Buffy se dedica a vigilarlo de reojo. Entonces ella parece darse cuenta de repente de lo que ha dicho Spike hace un rato y se cruza de brazos, sospechosa.
—¿Qué quiere decir que fallasteis?—pregunta, acercándose a donde está Spike.
—Prefiero no hablar de ello—murmura Spike. Buffy lo mira, fijamente.
—¿O sea que ya habéis intentado... robar esos libros antes?
—Bueno, bueno, tanto como robar...—dice Spike
—Si, lo intentamos—confiesa Giles, alzando la cabeza hacia ellos, y luego suspira hondamente—¡Pero es que son tan importantes!
—Pero eso... así que... en el fondo esto es robar ¿no?—murmura Buffy.
—¡Que va!—exclama Spike.
—En absoluto—niega Giles.
—¡Para nada!—los apoya Willow.
—Y de todos modos el Conde es un carcamal—sentencia Spike. A Buffy no la convence mucho esa explicación, pero sabe que no puede luchar contra un caso agudo de avaricia lujuriosa de los vigilantes por los libros... y también de Willow, que hasta enrojece al nombrar entre murmullos la Enciclopedia Oscura de Brujería Botánica.
—Está bien—dice finalmente, mientras se cruza el bolso en bandolera y se abrocha la chaqueta—¡Pero prefiero ser el plan E! E de Elegida.
—¿Podemos centrarnos, por favor?—suspira Giles. Los otros asienten. Luego se dirigen hacia el jardín, donde, en medio de un pequeño círculo de piedras de cuarzo, Willow comienza a recitar casi enseguida el hechizo de teletransporte para ella y para Buffy.



Castillo de Los Carpatos

I. Los vampiros tienen sentidos más agudos de lo normal.

El hechizo es muy rápido, casi instantaneo, y tanto Willow como Buffy apenas tienen conciencia del movimiento, únicamente la sensación, que se disipa al cabo de unos segundos, de que el suelo se ha tambaleado un poco. Cuando se detiene y miran a sus pies, pueden ver que ya no están pisando el césped amarillento y descuidado de Giles, sino un patio pedregoso, manchado aquí y allá por restos de nieve vieja.
Frente a ellas, como una vieja ave de presa perchada precariamente en lo alto de la roca, el castillo del Príncipe de las Mentiras se recorta contra el azul oscuro de la noche.
Las dos jovenes se miran, asienten, y echan a andar con decisión hacia la entrada.
—Esto parece abandonado—dice Buffy, muy segura de sí misma—Va a ser muy sencillo. Estos vigilantes y... agregados no tienen lo que hay que tener para luchar contra los vampiros.
—Si tú lo dices—murmura Willow.
—Para nosotras es pan comido. Tú eres una bruja súper poderosa, y yo soy La Cazadora.
—Eso es verdad.
Buffy se detiene un momento, los brazos en jarras muy con aire muy decidido.
—¡Y no me importan los poderes o hechizos que tenga ese estúpido vampiro vejestorio! Soy totalmente inmune porque soy la Cazadora. Ningún vampiro por poderoso que sea ha logrado nunca dominarme.
—Excepto... el Maestro—musita Willow.
—Bueno, sí—musita Buffy.
—Y.... Dracula.
—Pues... bueno, también.
—Y lo de Angel, sinceramente, con lo soso que es, no es normal que te gustara tanto. Creo que también era algún tipo de dominio vampírico.
Buffy hace un puchero, confusa. Willow abre la boca para añadir algo más, pero Buffy la ataja, enrojeciendo de rabia.
—¡Lo de la atracción por su cuerpo siniestro y musculoso de Spike no es lo mismo!
Willow suspira hondamente. Luego menea la cabeza.
—De todos modos eso último puedo comprenderlo—murmura.
Siguen caminando las dos por el patio helado, hasta la escalinata desgastada que accede al castillo. A lo lejos, muy convenientemente, aúllan los lobos.
—Pero he intentado... estar con chicos normales—protesta Buffy, deteniéndose al pie de las escaleras y haciendo un puchero—¡Mira Riley, y Xander! Está bien, Riley me dejó plantada, pero...
—¡Xander también!—protesta Willow. Buffy niega con la cabeza.
—¡Bueno pero no fue enteramente culpa suya! Aunque no se hubiera puesto tan nervioso por el ataque de histeria celosa de Harmony en la ceremonia, los abogados del demonio Sweet entraron a la iglesia gritando que objetaban por eso del compromiso previo, y a Xander le entró el pánico y...
Willow la está mirando fijamente. Buffy abate los hombros.
—De todos modos no habría salido bien—murmura.
—Puedes estar segura de eso—suspira Willow.
Suben los resbaladizos escalones, hasta la entrada del castillo. Mirar hacia arriba les produce una especie de vértigo, tan escarpado y alto es el muro. Faltan bastantes piedras de las almenas, y también muchas tejas oscuras de las torres. El castillo entero parece encaramado a la roca y a punto de caer de ella. Por si acaso Buffy y Willow se pegan a la pared, no sea que con el viento de la montaña les llueva un pedrusco encima y la aventura termine antes de empezar.
Willow se detiene un momento a mirar el enorme portón ojival bajo el arco de gárgolas y perros de piedra y luego hace un gesto imperioso con la mano y la puerta de negro roble se abre hacia dentro con un tremendo chirrido. El llamador con forma de cabeza de lobo repica ominosamente por el movimiento. Buffy y Willow entran en el castillo.



Igor lleva todo el día en el sótano removiendo cajas de tierra decrépita para su próxima mudanza a Londres, y en esos momentos el Conde también se encuentra allí, cumpliendo sus prerrogativas de amo, o sea molestando, mandándole hacer cosas inútiles y metiendole algún que otro justo latigazo con un vergajo para que no pierda las buenas costumbres. Igor se encoge mientras lo mira admirativamente con uno de los ojos cuando le pega, y sigue paleando tierra. Y están así, a sus labores, cuando el Príncipe, con su oído vampirico (aunque cierto que un tanto duro por la edad) escucha el alarmante chirrido de la puerta de entrada, el golpear del llamador en la madera y acto seguido los inequívocos pasitos femeninos desde el piso superior.
—¡Alguien ha entrado al cassstillo!—sisea poniéndose más rígido. Igor se endereza (dentro de lo posible siendo jorobado) y se apoya en la vieja pala.
—¿Lo presentís, amo?
—¡No! ¡Han llamado a la puerrrrta!
—¿Es una visita?—pregunta—¿Cómo la que tuvimos en Halloween?
El Conde ladea la cabeza, escuchando, luego extiende los manos como garras temblorosas mientras exclama:
—¡LA CAZADORA! Gñicgñeeecccc—chirría—¡Otra de esas jovencitas desvergonzadas! ¡Se las verá conmigo!
Hecho una furia y mientras Igor enarbola defensivamente la pala, el Conde asciende las desgastadas escaleras utilizando su paso magistral para desplazarse que tan terroríficos resultados el dio allá por el XIX, una especie de movimiento continuo flotante que lo desliza escaleras arriba sin rozar los escalones, hasta la amplia entrada del castillo. Una vez en la entrada, agotado por el exceso gimnástico-levitatorio, y ante la mirada atónita de Buffy y Willow, emite un chirrido como de bisagras viejas y se desploma lentamente hasta el suelo, donde queda tieso como un palo reseco, la mano engarfiada como la garra de un aguilucho.
—¡Ya le ha dado la catatonia!—exclama Igor subiendo a la carrera, mirando a Buffy con indignación, mientras deja a un lado la pala y se apresura a atender al viejo vampiro colocando bajo su nariz un frasquito de sales. Willow y Buffy, tan paralizadas como el Conde pero por el asombro, reaccionan al fin, se miran la una a la otra y acto seguido, alardeando de la flexibilidad de la juventud, echan a correr escaleras arriba hacia el primer piso.



II. Los vampiros temen a la luz del sol.

Corren a toda prisa por los largos pasillos de suelos desiguales, girando cuando el pasillo se dobla, eligiendo al azar cuando se bifurca, hasta que creen haber puesto distancia suficiente entre los dos habitantes del castillo y sus personas. Luego se detienen, jadeando (Willow un poco más porque es realmente complicado correr con su estrecha falda larga), para comprobar que no las han seguido. Entonces la bruja alza los ojos hacia el techo y emite un grito sobresaltado.
—¡DIOS MIO QUE HORROR!—exclama, Buffy salta listeralmente, estaca en ristre.
—¿El que?—pregunta, mirando a un lado y a otro del pasillo. Willow señana hacia el techo.
—¿Habías visto una telaraña tan enorme? ¡Parece la de Ella Laraña! ¡No lo han limpiado en trescientos años!
Desde detrás de las cortinas de telarañas del lado del pasillo, y sí, bastante parecido a una gran araña negra y patilarga, aparece por un pasadizo secreto el esbirro del Conde armado con un candelabro, y a su lado el viejo Príncipe alzando las sarmentosas garras.
—¡Fuera de nuestro castillo inmundasss crrrriaturrras!—les grita el Príncipe.
Antes de que Buffy pueda reaccionar y se lance contra el vampiro, Willow lanza un conjuro de fuerte luz para deslumbrarlos. Con las prisas y el sobresalto, la chispa le sale un poco demasiado grande y se convierte en una especie de pequeño sol en miniatura, que arranca horrísonos gritos del vetusto Conde. También prende accidentalmente las telarañas, que se incendian. Buffy grita, señalando el desastre, y Willow echa con los dedos unas ráfagas de nieve para apagar el incendio antes de que prenda el castillo entero. Echan a correr las dos de nuevo por el pasillo, mientras escuchan estornudar y desgañitarse de toses al Conde por los cambios bruscos de temperatura.
—¡Dios mio qué cosa más horrible!—va diciendo Willow sin dejar de correr —¿Has visto el estrabismo que tiene ese hombre?
Buffy asiente,  resoplando, sin detenerse.
—A lo mejor podría hacer un conjuro para ayudarlo.
—¿A ese... andrajoso? ¡Es el enemigo!
—Si pero a lo mejor...
—¡No empecemos con lo de las víctimas oprimidas, Willow por favor!
—Está bien—jadea Willow, obviamente desilusionada de no poder hacer una buena obra con una víctima indudablemente oprimida.
Siguen corriendo por los largos pasillos polvorientos, iluminados de tanto en tanto por escuálidas velas casi gastadas, llenos de corrientes de aire que agitan las telarañas y los jirones de tapices y colgaduras.



III. Los vampiros ven en la oscuridad

Caminan por los interminables corredores, intentando no ser descubiertas. El castillo lleno de susurros, corrientes de aire que levantan los viejos tapices a su paso y las ya antes admiradas cantidades industriales de polvo y telarañas. A Buffy y a Willow todos los corredores y todas las puertas les parecen iguales, y no logran situarse.
—Yo... juraría que ya hemos pasado por este pasillo—dice Willow—Me suena ese cuadro de ahí, el de la iglesia en llamas.
—Puede que hayamos pasado hasta tres veces—suspira Buffy—¿Ese mapa está bien?
—Bueno, en fin, más o menos. Está muy señalada la biblioteca, pero quizás nos hemos equivocado en algún recodo.
—Esto es un laberinto—se dice Buffy, Y además habrá pasadizos secretos por todos lados, hay que tener cuidado.
Caminan otro trecho, bajo los techos sucios y levantando polvo bajo los pies a cada paso. A lo lejos aúllan los lobos y Willow se encuentra echando en falta el rifle anestésico que usaba con Oz. Suspira hondamente, con nostalgia. Buffy se detiene a sacudirse los mantos de telarañas polvorientas que le han saltado encima desde un viejo candelabro de la pared.
—¡Dios mio, esto está todo sucio y apolillado y... siniestro! ¿Y has oído esos aullidos? —pregunta Buffy, Willow asiente con la cabeza—¿Dónde están las mansiones vampíricas de Anne Rice, llenas de cortinajes y muebles elegantes?
—¿En sus novelas?—murmura Willow.
—¿Y has visto a esos dos engendros del Príncipe e Igor? ¿Dónde estan esos vampiros que sólo piensan en... leer poesía y ver obras de arte y... ya sabes unos con otros?
—¿Anne Rice ha escrito sobre Angel y Spike?—pregunta Willow, extrañada. Buffy la mira, ojos muy grandes.
—No estaba pensando en... ¡Dios mío, espero que no!—gime—. Espero que nadie escriba esas cosas... pervertidas sobre ellos.
Willow no le contesta, algo aturulladas las dos continúan la marcha por los vetustos pasillos.
—No se si me gusta mucho esto... ¿te acuerdas de ese bibliotecario, el Jorge...flooder?
—Jojenglosfer. Ese bicho horrible. ¡Qué mal genio tenía con los libros!
Buffy asiente con la cabeza, deseando que en la biblioteca del castillo no haya ninguno de esos o de su familia. Siguen buscando, caminando sin hacer más que el mínimo ruido posible, y al final se encuentran en un pasillo sin salida en el que hay una pequeña puerta cerrada con un candado. Curiosamente la vela que aparece sobre el marco es de color rojo, aunque ahora está apagada.
Willow se queda mirando un momento la puerta, y el candado cae al suelo con un ruido metálico. Entran en la sala.
—Esto está muy oscuro ¿no? —susurra Buffy—¿Tú ves algo?
—Parece que no hay ventanas, o están cerradas—dice Willow deteniéndose junto a Buffy. Luego se arriesga con una pequeña lucecita dorada, mejor modulada que la anterior que ha armado el incendio, y que ilumina débilmente la sala a su alrededor. Es una habitación un tanto rara para estar en un castillo. Hay extraños recipientes de cerámica, tarros y cubetas de cristal, y un lavadero de piedra lleno de algún líquido verdoso. También hay cuerdas como de tender la ropa, de las que cuelgan, como animadas banderolas, montones de fotos recientemente reveladas.
—¿Es un laboratorio fotográfico?—pregunta Buffy.
—Uno como de hace cien años, sí—dice Willow señalando un montón de placas de cristal. Coge una al azar y la ojea, luego coge un montón de fotos sobre una de las mesas de madera y se las tiende a Buffy golpeándole con el codo con urgencia. La Cazadora comienza a mirarlas a la luz mágica que flota sobre sus cabezas
—¡DIOS MÍO!—gime Buffy, pasando las fotos entre las manos temblorosas—Hablando de Angel y de perversiones... ¿Ese no es él? Su... esto... culo al menos, creo.
—El tatuaje de la espalda es el suyo—gime Willow—¡Lo otro no quiero mirarlo!
A lo lejos les llegan los inequívocos sonidos de alguien a la carrera, si bien un tanto desacompasados y cojitrancos. Las dos jóvenes dejan las fotografías y salen a toda prisa de la sala, desandando el camino, llegan al final del pasillo, se detienen un momento a consultar el mapa de Giles, y giran por el corredor de la derecha.



IV. los vampiros pueden convertirse en bestias de la noche

El Príncipe camina por el corredor hecho una furia, seguido por su esbirro encapuchado. Su olfato vampirico (un tanto taponado por los imprevistos cambios de temperatura de hace un momento) le indican que las dos intrusas andan por el ala del laboratorio fotográfico-artístico de Igor. Camina cada vez más airadamente, a ratos levitando, obligando a Igor a dar largos trancos galopantes para seguirlo.
—¡No podrá conmigo! —chirría el Conde, lleno de justa ira—¡Aún recuerdo la Cazadora que vino al castillo, allá por el 1217. Se le enredaron los chapines en las tres sayas de lana y se cayó por las escaleras. ¡Entonces me lancé a atacarla! Y esa otra que vino en 1812, tras media hora de carrera por el castillo se desmayó porque el corsé no la dejaba respirar y puede morderle.
—Amo, creo que esta no lleva corsé—dice Igor, girando los ojos estrábicos—¡Se le mueve todo cuando corre!
—¡Qué indecencia!—exclama el Principe, tomando un color verde polvoriento, como de melocotón pocho—¡A dónde vamos a llegar!
—Son los tiempos modernos—suspira Igor, poniéndose de su parte—Ya no hay decoro.
—La venceré igualmente—exclama el Principe chirriando—¡Tengo muchos trucos y poderes para enfrentarme a ella!
Igor asiente enfáticamente, lleno de admiración hacia su amo. Los dos continúan su camino en pos de las dos jóvenes, el Príncipe caminando trabajosa, reumáticamente, Igor dando saltitos cojitrancos un poco por detrás de él. Cuando llegan a la puerta del laboratorio, se dan cuenta de que las dos jóvenes han huído, pero el Príncipe puede saber por su rastro hacia dónde se dirigen. Apartando uno de los deslustrados tapices del lateral del pasillo, Igor abre un pasadizo secreto y los dos se apresuran por las empinadas escaleras polvorientas para cortarles el paso antes de que lleguen a la biblioteca.

Buffy y Willow están consultando de nuevo el confuso, y ciertamente no muy útil, mapa de Giles a la luz de una de las velas del muro. Están casi seguras de que deben dirigirse a la izquierda, y llegar a las escaleras de bajada. Giles ha escrito anotaciones de que la biblioteca está en una especie de planta baja, por las ventanas, ocupando un semisótano en su nivel inferior.
Entonces la gruesa cortina que hay a la derecha de la cazadora se empieza a mover espasmodicamente, y recordando lo que les ha contado Spike acerca de Igor y sus actividades manuales las dos jóvenes gritan a la vez dando un salto hacia atrás, apartándose todo lo posible. Mientras saltan, la cortina se abre por completo dejando ver una puerta oscura de cuyo interior salen al pasillo Igor y el Príncipe de las Mentiras. Casi enseguida el viejo vampiro se lanza hacia la Cazadora, atacándola con las resecas garras de largas uñas.
—¡Jovenzuela desvergonzada sin corsé, ahora verás!—le grita, entre chirridos cascajosos. Buffy detiene el primero de los golpes, que aun con todo la lanza contra el muro opuesto. A su lado Willow intenta escabullirse de Igor que, armado con un largo palo del que cuelga una especie de red, intenta capturarla. La bruja es muchísimo más rapida que el jorobado, y con la ventaja que le saca consigue tiempo para, revolviéndose contra él, paralizarlo con un conjuro. Igor, sus pies detenidos de repente por la magia, cede a la fuerza natural de la inercia y se mete un buen golpetazo de frente contra el muro, quedando atontado.
Buffy lucha contra el anciano vampiro intentando quitárselo de encima. Quizás sí le da reparo moral acabar con él, no sólo porque es un verdadero fósil y se supone que esas cosas son... patrimonio de la ONU o algo, sino porque en el fondo está en su casa, o su castillo, lo que sea, y no se estaba metiendo con nadie en realidad. Han sido ellas, por culpa de la codicia ansiosa de Giles, Wes y los demás, las que han venido a invadirlo. Además Buffy no cree ser capaz de traspasar con la estaca la rigidez de su casaca de moda hace 800 años, tiesa y reforzada por la mugre de al menos 700. Es evidente que el Conde sí tiene fuerza de vampiro, pero sus piernas reumáticas no le acompañan y sus golpes no aciertan casi nunca a la Cazadora, y terminan rompiendo una mesa de pared, haciendo caer los candelabros y desgarrando la cortina de sus soportes. Las nubes de polvo y polillas sobresaltadas que salen de reseco tejido lo hacen colapsar de un ataque de tos que lo dobla hacia delante, mientras su flaca columna vertebral resuena con un sonido de bisagras oxidadas. Rehaciéndose como puede señala a Buffy y a Willow con un dedo sarmentoso y exclama:
—¡Tengo dominio sobre los elementos y las bessstias! ¡Los hijos de la noche son misss aliados! ¡Puedo transformarme en inferrnales crriaturas! ¡Ahora vais a ver!
Ayudado por Igor que ya se ha recuperado, el Conde logra enderezarse con gran esfuerzo. Hace un gesto con las manos y su imagen se vuelve algo borrosa, maniobra que lo hace desgañitarse de tos, luego se calma un poco y con otro arrebato de esfuerzo que le arranca del pecho chirridos ahogados de estreñimiento terminal, consigue convertirse en tres flacas y apolilladas ratas grises, que aparecen una sobre la otra. Cuando intentan avanzar hacia Buffy, la de más abajo comienza un temblor de las resecas patitas, que se le doblan por el peso de las demás. La de más arriba hace un ruido como asmático, se queda tiesa y cae tripa arriba al suelo. Renqueando, las dos primeras emprenden la huida hacia la puerta secreta arrastrando de la cola a la catatónica.
—¡Dios mío, qué patético!—murmura Buffy mientras contempla la lenta, tambaleante, polvorienta marcha de las ratas-conde. El jorobado Igor, tras lanzar una mirada rencorosa más o menos hacia donde está Willow, las sigue por el pasillo. La puerta secreta se cierra con un golpe seco. Buffy y Willow se miran la una a la otra y echan a correr de nuevo buscando las escaleras que bajan a la biblioteca y que imaginan ya muy cerca.


V. Los vampiros mantienen a algunas de sus víctimas bajo su dominio eterno

Willow y Buffy están ya más que perdidas en ese maldito castillo que es todo un laberinto. Cuando unas escaleras parece que bajan, terminan en un rellano que no las lleva más que de vuelta al piso superior. O se cortan en seco, frente a una habitación que resulta ser un viejo dormitorio, una vieja celda, o un antiguo almacén de comestibles en el que no queda ni un grano de trigo desde hace siglos. O simplemente desaparecen porque están tan derruidas que cuelgan hacia ninguna parte, y tienen que desandar el camino, por supuesto perdiéndose de nuevo.
Algo de eso les ocurre ahora, en la sexta de las escaleras que han tenido que subir, bajar y a veces las dos cosas: tras la puerta de madera oscura, bien encajada en su dintel ojival, en la que termina el descansillo, tampoco se halla la biblioteca. Un poco cansadas ya por tanta carrera y escalada de un piso a otro, Buffy y Willow entran en la habitación para echar una ojeada.
La sala resulta ser una alcoba con una enorme cama circular en el medio, está casi enteramente cubierta por cortinajes apolillados cuya seda se desgarra a jirones por el tiempo. La cómoda con su polvoriento espejo, cuajada de frasquitos y tarros de cristal y porcelana cubiertos de telarañas, delatan la alcoba como femenina. Buffy da unos pasos dubitativos mirando a su alrededor, el arcón del que sobresalen apolillados velos y encajes, el suelo de mosaico, casi enteramente cubierto por el polvo (tiene claro hace rato que entre las atribuciones de ese Igor no entra lo de la limpieza), los frescos de las paredes con los colores apagados y las formas medio borrados por el tiempo. El antiguo sofá chaise long donde reposa, como dejado a propósito, un rico vestido de deslucido brocado burdeos y vaporosos encajes.
Buffy se inclina a mirar el vestido y, para su horror, encuentra que del extremo superior sobresale el reseco cuello y el rostro cadavérico de una vampira, que abre de repente los ojos lanzando un grito aterrador. Buffy y Willow gritan también y dan un paso atrás, la Cazadora con la estaca preparada. De detrás de los cortinajes del baldaquino emerge flotando, como una arpía de pesadilla, otra flaca y reseca vampiresa, engalanada y enjoyada con gran ostentación. Entonces, del centro de la enorme cama comienza a emerger, muy lentamente, lo que parece un atado de trapos viejos. Resulta ser un vestido de odalisca muy apolillado que lleva puesto una vampiresa decrépita de complicada peluca rubia. Las joyas y collares no impiden ver su rostro varias veces centenario, de ojos rojos enfurecidos y dientes aguzados. Las tres momias vampíricas se reúnen en el centro de la sala para atacar a Buffy y a Willow, avanzando hacia ellas con pasos reumáticos y resonar de huesos. Ninguna de las vampiras parece tener menos de 800 años, y las tres chirrían agudamente ante la intrusión y se abalanzan contra Buffy y Willow con las flacas garras sarmentosas alzadas hacia sus caras.
Las dos jóvenes gritan de nuevo y se apresuran a salir de la habitación cerrando la puerta tras de sí. Por si acaso, Buffy la apuntala con un enorme bargueño de roble macizo que encuentra en el pasillo. Del otro lado de la puerta le llegan imprecaciones en transilvano (o lo que sea, no está muy puesta en idiomas centroeuropeos) y fuertes arañazos en la madera. Las dos jóvenes respiran hondo intentando recuperarse del sobresalto de ver a las tres añejas novias del Príncipe y luego huyen por el pasillo, más desorientadas todavía.



VI. Los vampiros son resistentes a la magia

Como suele ocurrir cuando no buscas algo, acaban encontrándolo por casualidad. Al final de una escalera de madera de inseguros escalones llenos de carcoma, en un pequeño atrio decorado con viejos tapices, Buffy y Willow se encuentran frente a dos grandes puerta de madera tachonadas de remaches metálicos. Sin ninguna esperanza de que sea la biblioteca del castillo, Buffy empuja con el hombro y abre uno de los portones. Ante sus ojos aparece una enorme sala, con grandes ventanales, cuajada de estantes en varios pisos y llena a rebosar de antiguos libros. Willow emite un gritito agudo de excitación irreprimible y entra en la biblioteca prácticamente arrollando a Buffy.
Comienzan a recorrer los pasillos entre los enormes estantes y anaqueles de libros, y a admirar las pilas de pergaminos en casilleros y las enormes torres de más libros amontonados por las esquinas. Buffy es capaz de comprender la importancia de todo esto, al menos en teoría, pero lo de Willow es más bien un anmor apasionado a primera vista, de la variante compulsiva y llena de perversiones, y se deshace en gemidos de ansiedad y gritos de emoción erótica a cada paso, sin saber ni dónde poner las manos. Bueno, Buffy también es capaz de comprender esto, de hecho le ha pasado siempre con ese canalla de Spike, pero intenta que la bruja vuelva en sí y de paso que no haga tanto ruido, para no alertar de su presencia a esos dos carcamales que las andan buscando por el castillo.
Willow se detiene al fin, dudando si teletransportar a Londres cinco estantes completos, incluido el mobiliario, de tan importantes y preciosos que son los antiguos volúmenes que guarda el Principe. La biblioteca hace aflorar sus más apasionados intintos lectores y acaparadores, y apenas logra articular palabra. Buffy entretanto, inmune al glamour de los libros viejos (en realidad a ella le parecen tostones aburridos y además polvorientos, aunque sean importantes) vigila la puerta de entrada estaca en ristre.
Entonces es cuando llegan a la carrera, entre resoplidos y tropezones, el Principe e Igor, y  Buffy y Willow echan a correr entre los estantes de los libros huyendo de ellos, y en la confusión y el pánico se separan en uno de los recodos.
Willow se ve de repente acorralada contra el muro de la chimenea, y avanzando hacia ella la decrépita figura del Principe de las Mentiras.
Casi de manera instintiva, Willow lanza contra el Conde un hechizo de confusión. Pero el Conde, alzando la reseca zurda, crea en torno a sí una especie de esfera protectora, que devuelve a la bruja toda la fuerza del conjuro. Tambaleándose por el impacto Willow, totalmente confundida y sin saber ni dónde está, cae resbalando por el muro hasta el suelo de viejas baldosas medievales, junto a la chimenea.
-Gñecgñññññi-chirría el conde, frotándose las sarmentosas manos con concupiscencia varias veces centenaria. Luego hace un gesto hacia su esbirro. A su orden, Igor alza a la inerte Willow y se la carga más o menos sobre la joroba, camina tambaleándose bajo su peso llevándola por un pasadizo secreto oculto tras un tapiz apolillado. El conde sale tras de él, cerrando la puerta secreta tras de sí.

—¿Esta jovencita escuálida es una bruja?—pregunta el Príncipe, como para sí. Igor, caminando erráticamente bajo el peso de Willow, asiente con la cabeza.
—Es una bruja muy poderosa, Amo.
—Si pero ¿donde están las carnes pecaminosas y sonrosadas? ¿Y las turgencias? ¡Las brujas ya no son lo que eran! ¡Antes, cuando bailaban desnudas en la noche de Walpurgis, te podían dejar para el arrastre para seis meses, y eso sin hacer ningún conjuro! Bastaba con verles las pantorrillas.
Igor no dice nada a eso, mientras comienza a subir las escaleras hacia la habitación de la torre más alta. El Conde sube renqueante los escalones tras de él.
—Y la Cazadora... me han dicho que salía con un vampiro—informa Igor.
—¡Indignante! ¿Como puede ser eso? ¡Gñecccc!—chirria el Príncipe con desaprobación— En mis tiempos las jovencitas que me dejaban entrar a sus alcobas, no sabían que era un vampiro. En cuanto se daban cuenta, gritaban como endemoniadas para que acudieran los criados con antorchas, crucifijos y armas punzantes. ¡Y qué arañazos prodigiosos! Las jovencitas de antes te dejaban la cara hecha jirones.
—Ya no hay respeto, Amo.
Llegan al fin, con más o menos aliento, arriba del torreón. Una puerta estrecha se abre con un crujido para dejarles paso. Igor, con su carga inconsciente, y el Príncipe de las Mentiras, entran en la sala. Igor deposita a la inerte Willow en una especia de sofá apolillado que en su día fue de vivo brocado rojo.
El Conde medita unos momentos y luego hace una seña a Igor para que lo siga, y ambos se encaminan en busca de la segunda de sus invasoras.

 

VII. los vampiros pueden convertirse en bestias de la noche (bis)

Cuando se enfrenta de nuevo al Príncipe y a su jorobado esbirro, Buffy está mucho más que harta. Lleva no se sabe el tiempo en ese castillo horrible, frío y lleno de polvo y todo tipo de miasmas, no ha logrado vencer al maldito vejestorio, y además le han secuestrado a su amiga. Dispuesta a terminar con todo de una dichosa vez, abre su bolsito de bandolera y saca una enorme hacha, que enarbola gallardamente.
—¡Ya esta bien!—exclama Buffy, rabiosa—¡Decidme dónde está Willow!
El Vonde no dice nada, sino que salta hacia ella con un sonido como de madera reseca, que probablemente son sus articulaciones centenarias. Enfurecida, Buffy hace girar el hacha cortando limpiamente el aire enmohecido del pasillo, y de paso se lleva uno de los matojos de pelos de las cejas del conde. El vampiro, emitiendo un chillido agudo, estalla en una nube de luz ambarina, con ribetes de polvo, y en su lugar aparece un vetusto murciélago.
Aleteando más o menos erráticamente, el murciélago decrépito de andrajosas alas intenta atacar a Buffy. La cazadora grita sobresaltada y cuando el bicho se acerca, con pericia de bateador profesional, lo estampa con el mango del hacha contra la ventana más próxima. El murciélago golpea contra el cristal de la ventana y cae patas arriba el el alféizar, emitiendo débiles quejidos apenas audibles. Igor se apresura a rescatarlo y meterlo en una vieja caja de cigarros que saca de su ajada túnica negra, mirando reoncorosamente a Buffy
—¡No le convienen estos sobresaltos!—protesta.
—¿Y a mí qué me cuentas?—gruñe Buffy, luego agita el hacha hacia él— ¡Dime dónde está Willow!
Igor se la queda mirando con el ojo derecho (mientras el izquierdo sigue en el murciélago que respira agitadamente) y luego echa a correr a toda velocidad.
—Mecachislaporra—gruñe la Cazadora, y saliendo tras de Igor comienza a subir los escalones empinados, desiguales, desgastados por el tiempo, en busca de Willow. No la encuentra por ninguna parte, por más que corre y corre, cada vez más nerviosa. Intenta incluso comunicarse mentalmente con la bruja, sin conseguirlo, Willow debe estar encerrada en algún sitio a prueba de magia, o quizás insonsciente.



VIII. Y además los vampiros pueden convertirse en niebla o humo

Buffy lleva ya más de una hora buscando a Willow, cada vez más preocupada y también más enfadada. Esto ya está durando demasiado, y se están teniendo que enfrentar a demasiadas dificultades. El Príncipe de las Mentiras, pese a su innegable vetustez, sí está dándole serios problemas a la Cazadora. Quizás no debería de haberlo subestimado, o al menos no debería de haberse procupado por no matarlo porque está en su casa y todas esas cosas morales. O sea, como le haya hecho algo malo a Willow le va a clavar una estaca y se van a terminar las tonterías.
Rumiando sus justos castigo y venganza gira por un pasillo y se topa de frente con el Principe e Igor. Buffy salta de inmediato hacia él, pero el vampiro hace un gesto con las manos y de repente ya no está allí para recibir el golpe: su figura apergaminada se vuelve temblorosa, como borrosa o pixelada, y acto seguido se deshace en una niebla verdosa. A Buffy no la coge muy por sorpresa, porque recuerda que por ejemplo Dracula cuando estuvo en Sunnydale también hacía algo parecido, y se queda a la espera, enarbolando su estaca por si acaso.
Pero el Conde debía de tener el mecanismo de la niebla muy atascado, porque la nube de humo que de repente lo envuelve todo se parece más bien -imagina Buffy- al antiguo smog londinense, acre, picante y pesado, con dejes de herrumbre antigua. Tanta herrumbre de hecho que Buffy traga una bocanada que la hace deshacerse en toses. Desprevenida, inclinada hacia delante, no ve acercarse a Igor que, candelabro en mano, la golpea en la cabeza dejándola inconsciente.
Igor asiente, muy satisfecho, y se carga a Buffy sobre la joroba, como ha hecho antes con Willow, y sale por una de las puertas laterales. La nube de niebla del Príncipe, que más bien parece un poco hielo seco reumático y temblequeante, se arrastra por debajo de la puerta y cae escaleras abajo.



Buffy abre los ojos sobresaltada, volviendo de la inconsciencia. Se incorpora mirando a su alrededor. Está en una estancia muy iluminada por cientos de velas, recostada (y ahora sentada) sobre una cama de cobertores de seda apolillados. A su derecha puede ver una especie de pantalla de color blanco de esas que usan los fotógrafos para iluminar las escenas, y justo al lado una cámara centenaria de fotografía, de esas de caja de madera sobre un trípode. Cubierto por un paño negro en la parte trasera adivina a Igor. Buffy baja la mirada y se encuentra con que alguien le ha colocado un atrevido corpiño de encajes, bajo el cual emergen, como pétalos de una amapola enloquecida, capas y capas de enaguas de viejos encajes. Buffy se incorpora un poco más mientras las enaguas, en su día vapososas, crepitan como papel reseco y se desgarran por la edad con el movimiento.
—¿Pero qué? ¿Dónde...? ¿Cómo...?—alcanza a jadear. Entonces ve a su lado a Willow, tumbada en artificiosa postura lánguida sobre el diván de brocado deslustrado y polvorientos. La bruja lleva también un exiguo corpiño y capas y capas de encajes antiguos y polvorientos, y un abanico de plumas en la mano. Buffy tiende la mano hacia ella y la sacude por el brazo para despertarla. Una nube de polvo grisáceo emerge desde las enaguas por el movimiento, la bruja tose agitándose entre los ropajes, el abanico de los tiempos del Molin Rouge se le cae al suelo.
—¡Venga, empezad con los arrumacos!—dice Igor, enfocando hacia ellas la vieja cámara.
—¿PERO QUÉ DICE?-exclama Buffy, porque ahora queda más que claro que esos vampiros pervertidos quieren hacerles una sesión pornográfica. Willow se sonroja violentamente y no alcanza ni a articular palabra. La cazadora consigue levantarse, un tanto mareada todavía por el golpe con el candelabro, y avanza hacia Igor y su cámara decimonónica. Entonces la figura del Príncipe de las Mentiras, que había permanecido a contraluz, se coloca delante de ella y sus ojos se clavan en los de Buffy.
La Cazadora lucha por no ceder al dominio hipnótico del vetusto vampiro, pero no logra apartar la mirada. Se encuentra imaginando escenas concupiscentes de inenarrable perversión (todas ellas rodeadas de metros y metros de encajes y sedas vaporosas, y además con Willow de partenaire) mientras lucha inútilmente por no rendirse y ceder a los deseos perversos del Príncipe. Se tambalea un poco y tiene que aferrarse al respaldo del sofá, y con el movimiento se le levantan las enaguas y deja ver parte de su tobillo sobre el botín de seda floreada.
El Príncipe de las Mentiras, que ya está bastante agitado por la excitación porque no había visto una pareja de jovencitas tan libidinosamente atrayetes desde aquel aquelarre allá por 1240... ¡qué recuerdos! se colapsa durante unos instantes de verle el pícaro tobillo sobre el primoroso botín. Al ceder la presión en su subconsciente, Buffy parece a punto de escapar al dominio del vampiro, pero el Conde se esfuerza de nuevo por mantenerlo. La domina con su mirada hipnótica, algo apolillada, que hacía como 300 años que no utilizaba y que le acaba produciendo una tremenda jaqueca.
Finalmente, con las manos en la calva cabeza, tiene que apartarse de Buffy.
—Igor, mirala tú, mantén la miradaaa... no la dejessss...—indica el Conde. Pero Igor no es capaz de mirar derecho, sólo estrábicamente, y uno de sus ojos deriva hacia el cielorraso, con lo que Buffy se recupera y busca su estaca. Con el ágil movimiento se le levanta el ruedo de las faldas dejando ver casi toda su pantorrilla. El Príncipe emite un chirrido agudo y cae con la espalda contra el muro, respirando acelerada y erráticamente, la mano engarfiada en el escuálido pecho como si estuviera a punto de sufrir un paro cardíaco.
Buffy no encuentra la estaca, pero se acerca al Conde con intención de acabar con esto de una vez, y al pasar las colgaduras del techo, llenas de telarañas y polvo, le caen en la cara y en el pelo. Buffy grita una palabrota y levantando la masa de enaguas se limpia con ellas la cara.
Al parecer Igor no la ha vestido completamente con ropajes de época, y no le ha puesto los decorosos pololos largos, y la visión repentina del exiguo y muy moderno tanga rojo de Buffy provoca un nuevo colapso en el Príncipe de las Mentiras, esta vez terminal, y el vampiro cae contra el duro suelo como la rama reseca de árbol varias veces milenario.
Willow se levanta al fin del sofá, tosiendo todavía y obviamente mareada, y corre hacia Buffy.
El Conde sacude espasmódicamente la mano en forma de garra, desde el suelo, emite un chirrido ahogado y se queda muy quieto, como un viejo murciélago fosilizado. 
—No merece la pena matarlo, si se va a morir solo—murmura Willow.
—¡Y tú largo de aquí!—le grita Buffy a Igor. El jorobado decide obedecer y poner pies en polvorosa y se aleja a saltos cojitrancos.
Willow y Buffy se quedan un rato calladas, sin saber ni qué hacer, y negándose a mirar los apolillados encajes que las cubren haciéndolas parecer dos ovejas algodonosas que han visto tiempos mejores.
Finalmente Buffy recupera de un rincón su bolso de bandolera y sus armas, Willow sus ropas en una brazada, y las dos echan a andar hacia la salida.
—¿Crees que Giles y Wesley tienen un plan F? O... alguna otra letra—pregunta Buffy.
—No lo creo—dice Willow.
—Pues tendrán que llegar a algún tipo de... acuerdo con este Conde—dice Buffy. Willow asiente con la cabeza.



Epílogo

Castillo de los Carpatos

Biblioteca

Spike pasa los dedos por los viejos volúmenes de uno de los estantes. Consulta un momento la arrugada lista que saca del bolsillo de los vaqueros, vuelve a repasar los tomos y coge dos, que deja apartados en una de las mesas de la biblioteca. Luego se desabrocha sexymente la camisa, hasta casi el final. Willow deja también otro par de libros junto a los de Spike y se queda mirando su pecho de estatua griega. Spike se pasa la mano por los marcados pectorales, por el incitante y duro vientre, más abajo. De detrás de uno de los cuadros de la pared escapa un gñiicc gñeeec ahogado.
Willow traga saliva, trabajosamente.
—Ese cuadro tiene agujeros en los ojos. ¡Se le han movido!—gime. Spike la mira de soslayo y vuelve a su lista de libros.
—Calla y enseña el tobillo—le dice.
Willow se pone completamente roja. Contempla ansiosamente los antiquísimos códices de la estantería más cercana. Luego, mirando aprensivamente al cuadro de tanto en tanto, obedece y se sube con la mano unos centímetros el ruedo de la falda mientras con la otra va rebuscando entre los volúmenes polvorientos.
—No... tendremos que besarnos o algo ¿no?—pregunta Willow. Spike la mira de reojo.
—No les des ideas, Red—murmura entre dientes.
El tapiz de la derecha comienza a menearse espasmódicamente. Willow y Spike suspiran hondo y siguen rebuscando entre los libros.

FIN

 


 

Uno de los personajes a quienes se hace referencia no es mío, sino de delirante. Y sí, el título es una broma de "El Príncipe y la Corista". Seguro que todos lo habíais pillado. Gracias a Willhelmina por el fantástico banner!