peligros de Halloween

Es una biblioteca antigua, recoleta, situada en un callejón olvidado, una de esas que Giles gusta tanto de visitar. Un refugio para eruditos y ancianos profesores, con sus estanterías polvorientas llenas de volúmenes antiguos y textos arcanos. Otros compañeros de lo que queda del Consejo de Vigilantes la visitan también, aunque esa noche Giles no ha visto a nadie conocido. A él le gusta el sitio, su iluminación con las tradicionales lámparas de pantalla verde de vidrio, las mesas oscuras, pesadas, de madera muy usada. Le gusta estar ahí, no pasa nada por que sea la maldita noche de Halloween, Giles no celebra esas estupideces.
Otros estudiosos y aficionados a los libros arcanos piensan lo mismo que él sin duda, porque la biblioteca sigue con su horario nocturno habitual, y varias de las mesas están ocupadas.
Giles cierra el libro que había estado  ojeando, coge el siguiente. Mientras medita si levantarse a tomar un café o no (la máquina de café, también bastante antigua, se mantiene siempre aprovisionada para los lectores) mira hacia un lado, hacia la ventana.
Los cristales, originales victorianos, hacen aguas que distorsionan un poco el exterior. Una calle estrecha, poco transitada, silenciosa en el frío otoñal. Giles se queda mirando el vaho que hace dibujos en el cristal, casi parece también dibujar motivos otoñales, ramas desnudas de árboles, una hoja seca, y... la palma de una mano, que lo sobresalta, aunque menos que lo que se pega al cristal después: la cara de Spike.
—Oh, Dios mío—suspira, mientras el vampiro lo localiza, le sonríe y se aparta de la ventana, presumiblemente yendo hacia la puerta.
Si, ahí viene, con sus andares de suficiencia y el abrigo ondeando a su paso. Se detiene al llegar a la mesa, mira a su alrededor y automáticamente pone cara de aburrimiento.
—Que haces aquí, es Halloween—dice.
—Spike... qué hacesaquí.
—Pasaba casualmente—dice Spike—. Por casualidad. O sea, no te estaba buscando en absoluto.
Giles menea la cabeza. El vampiro mira de nuevo a su alrededor, al ambiente silencioso, en penumbra, casi recoleto, luego deja a un lado la bolsa, y quitándose el abrigo de cuero lo echa de cualquier modo en el respaldo. Después, sacando otra silla frente a Giles se deja caer sentado. La silla chirría en respuesta, un un ruido resonante en el silencio del recinto.
—Oh Dios mío—repite Giles en voz baja. Spike deja en la silla de al lado la bolsa de papel con decoración de Halloween que llevaba en el brazo. Se acoda en la mesa, la mejilla angulosa en la mano, con la misma postura de un estudiante aburrido de la muerte y posiblemente con varias noches sin dormir. O...días, o lo que sea.
Al final extiende la mano (Giles puede ver que lleva una muñequera con remaches)  y coge uno de los libros que hay sobre la mesa.
—El Halloween es un... pastiche comercial—dice Giles, sin saber muy bien por qué—. Cuando era  simplemente el Samhain tenía su sentido
—Cierto. Nada como un par de sacrificios humanos para dar autenticidad a las celebraciones.
—Los druidas no.. bueno, sí, es verdad. Pero solo en ocasiones realmente especiales.
—Que ya sé que Halloween es una chorrada.
—Sí.
—Además los vampiros no salimos en Halloween
—Cierto.
—Vale.
—Bien.
—O sea, no es que pretenda convencerte de que salgamos, ni nada de eso.
—Excelente. Me alegro. Porque no pienso hacerlo.
Spike cambia de postura, acodándose del otro lado sobre la mesa. Abre distraídamente el antiguo libro que tiene delante.
—Pero... seguro que en Halloween hay algún peligro. Ya sabes, alguno que podríamos evitar.
Giles niega con la cabeza, mientras retoma su libro.
—Todas las criaturas malignas se quedan en casa esta noche—sentencia—. El mayor peligro serán las... indigestiones por exceso de dulces.

Pasan unos minutos en silencio, Spike pasando las hojas del volumen que tiene sobre la mesa, Giles intentando retomar el párrafo que estaba leyendo, aunque le resulta bastante difícil con Spike ahí delante. Toma un par de apuntes en su libreta, pasa la hoja. Incapaz de estar más de dos minutos quieto, Spike se remueve de nuevo en la silla.
—Yo no salgo en Halloween—repite—. Aunque a lo mejor podría salir si es totalmente necesario porque nos invade algún demonio peligroso.
—Ya—murmura Giles.
—O sea, podría ser. Por ejemplo... ¡mira éste!—Spike se inclina por encima de la mesa, girando su libro hacia el Vigilante—. Tiene toda la pinta de no hacer caso a las tradiciones, y de gustarle salir en Halloween para pillar a todo el mundo desprevenido.
Giles se queda mirando un momento el grabado del demonio, un ente de aspecto ominoso cuajado de pinchos y con largas garras afiladas.
—Es del tamaño de una garrapata, no creo que pueda causar muchos problemas.
—Oh—Spike se muerde el labio— Pero ¿No será como el Señor de los Deseos? ¡Ese cabrón era bien pequeño y mira la que lió!
—Este ataca unicamente al ganado lanar.
—Oh. Vaya. Bueno. Pues... mejor para nosotros, claro—musita, y vuelve a sentarse.

Otros pocos minutos, silenciosos, agradables en la calidez de la vieja biblioteca, con su aroma a viejos libros y a café.
Demasiado bonito para durar. Spike rompe el silencio preguntando en voz alta:
—¿Y seguro que no hay por ahí más... cucurbitáceos polimorfos de Halloween?
Giles niega con la cabeza.
—Las leyes demoníacas respecto a la exportación de esos ejemplares se ha endurecido tremendamente.
—O sea no pueden pasar la aduana.
—Dicho así... no, ya no pueden.
—Ni siquiera Ethan Rayne lo intentaría de nuevo.
—Con las multas que ponen lo dudo mucho. No le saldría rentable.
Spike se queda unos instantes callado. Luego hace un gesto obsceno agitando el puño cerrado
—¿Y seguro que no puede venir ese... demonio enorme que tenía ese... pedazo de salchichón? ¡Joder! ¿Te acuerdas? ¡Apareció en Halloween!
Al erudito de la mesa de atrás le entra un ataque de tos nerviosa. Giles tiene una extraña sensación de déjà-vu, luego niega de nuevo con la cabeza.
—Ese... monstruo horrible e... impresentable debe ser invocado de manera muy precisa con un conjuro, y en mi caso que quede claro que apareció por equivocación.
—Sí, me acuerdo de eso—murmura Spike.
—No va por ahí paseando sin más.
—Bueno.... pues casi que me alegro—murmura Spike.

Giles termina las anotaciones, pasa la hoja de su cuaderno. Luego vuelve atrás porque se da cuenta horrorizado que en las notas sobre control fantasmal que está tomando en vez de redoma cinco ha escrito redondo culo, y tacha las oprobiosas palabras sofocándose un poco. Es... culpa de Spike, por supuesto, que lo pone muy nervioso. Spike que está haciendo como que lee, mientras alza de tanto en tanto hacia él esos ojos azules, rasgados, sombreados de kohl.
El vampiro elige ese momento para volver a la carga, mientras cierra el libro con un golpetazo que hace saltar en las sillas a todos los eruditos de la biblioteca.
—Seguro que Angel y Wes salen este Halloween y encuentran muchos demonios peligrosos y sanguinarios—dice. Giles no le contesta—. Luego dirán que han matado más que nosotros—sigue Spike. Giles se quita las gafas, las limpia, se las pone.
—Angel no debería salir en Halloween tampoco ¿no?
—Ya, pero lo hará por fastidiar y por pasarnos por delante. Se le ha subido a la cabeza eso de ser un héroe —hace un gesto despectivo con la mano—. Pffff, menudo héroe, sólo piensa en su gomina.
—Spike, estoy intentando... trabajar.
Spike lanza un suspiro de fastidio casi tan ruidoso como el golpe de libro que ha pegado hace un momento. Se levanta, coge otro volumen del lado de Giles, vuelve a sentarse (la silla chirría de nuevo) y lo abre (la tapa golpea contra la mesa) y empieza a leerlo.
Pasan unos segundos de silencio, lo justo para que Giles escriba media línea.
—¡¡Eh, mira este otro!!—exclama Spike, la mitad de los asistentes a la biblioteca dan un nuevo respingo en las sillas a causa de su grito, luego lo miran de reojo, con expresiones furiosas. Spike los ignora absolutamente y se inclina hacia Giles de nuevo por encima de la mesa, señalándole el libro— ¡Seguro que es un peligro! Pone que sale en otoño. Ahora es otoño, seguro que sale.
—Se refiere a que... emerge. Más exactamente de la tierra, como... un champiñón. Es un demonio de bosque de tipo vegetal, mide 15 centímetros y es inofensivo.
—A lo mejor es venenoso, como algunas setas. A lo mejor alguien lo coge y se lo come.
—Es... azul luminiscente, Spike, y tiene ocho patas. Y no parece ningún tipo de seta. Dudo mucho que nadie vaya a comérselo.
Spike se enfurruña un poco, se sienta de nuevo pesadamente y sigue leyendo.

—¡¡Este sí sale en Halloween!! Lo pone aquí, mira—Spike empuja el libro contra el vigilante, mientras señala un párrafo con una uña malpintada de negro.— Sale en Halloween.
Giles suspira hondamente, intentando borrar el manchón de tinta que ha hecho por el grito que ha pegado Spike. Se oyen algunos murmullos indignados procedentes de las otras mesas de la biblioteca, Giles no los culpa. Mira hacia el demonio que le señala Spike.
—Sí sale pero... en la Dimensión Decimocuarta Bar-Toth.
—Oh ¿Allí celebran el Halloween?
—Parece ser.
—¿Y si se se sale a la nuestra? Ese demonio cambiante de aquella vez se salió.
—Harto improbable. Esa dimensión lleva siendo inaccesible desde los años 80. Spike... ¿quieres dejarlo ya?
Spike frunce los labios en un puchero. Cierra el nuevo libro de golpe (los eruditos saltan de nuevo en sus sillas, incluso se escucha algún que otro bloody hell en voz baja) y abre otro. Apoya de nuevo la cara en el puño, la estampa de la frustración y el aburrimiento.

—¿Y éstos?—señala Spike hacia otro enorme libro abierto—.Dice que este demonio viene para la noche de los muertos. Es una cosa que es atraída por las luces anaranjadas. Eso es peligroso.
—Si pero... si miras la letra pequeña verás que no se ha registrado su aparición desde 1673. Acudía al fulgor de las velas.
—Pues vaya—protesta Spike.
Giles se dice que realmente no tiene muy claro si Spike no entrará en en la categoría de demonios peligrosos que sí salen el Halloween contra toda costumbre. A él lo está poniendo realmente nervioso desde que ha entrado. No sólo por su insistencia y su modo de hacer ruidos irreverentes en la biblioteca, sino su modo de moverse, por la pintura de ojos, y por esos pómulos intolerablemente atrayentes.
—¿Y este de al lado? Pone que le gustan los dulces. No va a encontrar más dulces por las calles que la noche de Halloween. A lo mejor ataca a los niños para robarles las chocolatinas. Es un peligro.
—Spike... no sé dónde has leído lo de los dulces, lo que pone es... que le gusta es el tuétano de los huesos, que es para él como un dulce.
Spike no se da por vencido.
—A lo mejor les quiere comer el tuétano a los niños que llevan dulces.
—¡Maldita sea Spike, no es eso!—exclama Giles. Desde las mesas de alrededor les chistan malhumoradamente. Spike echa una mirada rencorosa hacia la mesa de atrás, luego se levanta y rodea la mesa para ponerle el libro delante a Giles, sentándose a su lado. Muy cerca, (la silla chirría contra el suelo de madera mientras Spike se remueve, acercándose más), y Giles es repentinamente consciente de su cuerpo musculoso, juvenil, tan condenadamente atrayente, tan pegado a el cuando se inclina hacia él para señalarle otro montón de grabados.
—Pues tú dirás lo que quieras, pero yo estoy encontrando.. muchos demonios que pueden ser un peligro.
Giles no dice nada, menea la cabeza de nuevo. Pero Spike (ya debería saberlo) es inmune al desánimo, además de a otras cosas como las convenciones de convivencia en las bibliotecas, y vuelve a insistir.
—Mira, aquí hay unos que aparecen para Navidad. ¿Y si se confunden de fiesta y vienen en Halloween?
—No... creo que se confundan, Spike.
—A lo mejor usan en calendario Juliano y se confunden de fecha.
—Spike... el solsticio es el solsticio.
Spike resopla, obviamente despectivo respecto a cosas sin importancia como las inclinaciones del eje de la tierra. Pasa unas cuantas páginas, no muy convencido.
—¿Y si en su dimensión tienen alguna... alteración temporal o algo? Aparecerían justo en Halloween.
Giles no contesta y vuelve a su lectura. Le está resultando imposible seguir el hilo de su investigación con tantas interrupciones absurdas.

Spike se levanta de repente (la silla golpea contra la de Giles, haciendo un ruido seco) y echándose por encima de la mesa hacia el otro lado, alcanza la bolsa de papel con una calabaza pintada que ha dejado a al entrar. Giles intenta no mirar su redondo y sugerente trasero (el que hace un momento le ha provodado ese lapsus freudiano por escrito) enfundado en un pantalón vaquero desteñido, aunque en principio no lo consigue, luego sí porque se le empañan las gafas. Se las quita con un suspiro para limpiarlas, mientras Spike rebusca por la bolsa haciendo un inaguantable ruido de papel de estraza y celofán durante un rato y saca un puñado de caramelos con papel anaranjado.
Se sienta de nuevo al lado de Giles.
—Yo no salgo en Halloween, ya lo sabes, los vampiros no salimos en Halloween. Sólo los he comprado para comérmelos en casa, viendo una peli o algo. Algo tranquilo.
—Bien.
—Además estaban de oferta, y ¡mira!—echa los caramelos sobre la mesa, un par ruedan hacia el libro de Giles—. Tienen papel de calabaza. Son bonitos ¿no?
—Sí—murmura Giles.
—¿Quieres uno?
Giles claudica ante las pequeñas y brillantes calabazas y suspira hondo. Desempapela un caramelo y se lo mete en la boca. Es de chocolate con relleno de cereza. Está riquísimo. Giles, goloso, va a coger otro pero entonces Spike da un manotazo descuidado (que casi se lleva media página de vitela del incunable que Giles tiene abierto a su derecha) y recoge los caramelos, lanzándolos luego por encima de la mesa a la bolsa. Los caramelos encestan ruidosamente, excepto uno que sale disparado y da en la nuca a un anciano profesor, que se gira hacia ellos malhumorado. Spike le hace un gesto entre burlón y sugerente con la lengua que hace tragar saliva a Giles.
—Que aproveche, abuelo—dice. El hombre gruñe algo por lo bajo y vuelve a su lectura. Giles suspira por innúmera vez.
—No te puedo dar más caramelos porque son para el Halloween—dice Spike. Giles se quita las gafas, lo señala con ellas.
—El que acabas de decir que no celebras.
—Eso—asiente Spike, pasando de un plumazo de toda su inconsistencia.
Giles menea la cabeza, se pone las gafas de nuevo y vuelve a las páginas del libro.

—Spike... intento trabajar.
—Ya bueno, ahí sentado revolviendo libros polvorientos.
—De eso se trata.
—Antes te gustaba patear culos de demonios.
—¡Todavía me gusta!
Spike se enfrasca de nuevo en la lectura, mascullando por lo bajo algo ininteligible, aunque Giles cree escuchar las palabras aburrido y bibliotecario jubilado.
Giles se dice que no se va a dejar arrastrar con esas provocaciones infantiles. Aunque le está siendo bastante difícil.
—Pues... aunque sea Halloween, podiamos hacer... algo más divertido que estar aquí mirando libros.
—Spike... no quiero que cierren tambien esta biblioteca.
Spike disimula la sonrisa.
—De todos modos no me refería a eso.
—¿Ah no?
—No. O sea, no de momento. Pensaba en ir a cazar unos demonios. Ya sabes, patear unos culos. Eso que te gustaba cuando eras más joven.
—¡Que todavía me gusta! —murmura, ofendido, luego disimula la sonrisa—Y lo ... otro también.
—Vamos, Ripper. Demonios. Peligros. ¿Qué tal?
—Spike, creo que te ha quedado más que claro que los-demonios-no-salen-en-Halloween.
—Ya bueno pero ¿estás totalmente seguro al cien por cien?—vuelve a la carga con otro de los libros—Mira este, ¿no lleva a la espalda un saco con un dibujo de calabaza de Halloween?
Gilese se queda mirando el grabado en silencio.
—No es una calabaza, es un gemelo embrional atrofiado a modo de joroba—dice. Spike pone cara de horror y suelta el libro, traumatizado.
Silencio, unos segundos. El vampiro coge aliento y lo deja salir larga y tristemente.
—Bueno pues... ya no me quedan cartuchos—dice con desánimo.

Siguen leyendo en silencio un rato más. Spike pasando las hojas distraidamente, Giles anotando en su cuaderno de tanto en tanto, o abriendo otros libros para cruzar referencias.
—Bueno pues si no vas a salir tendré que ir a la Fiesta Salvaje de Halloween que da Fenris. Eso sí que va a ser un peligro.
En la mente de Giles se forman de inmediato, y sin poder evitarlo, espantosas escenas de desenfreno y lujuria, todo ello acompañado por cantidades ingentes de alcohol y de drogas. Y presidiendo la pesadilla de Halloween, la imagen del licántropo amigo de Spike, con su barba de vikingo y sus tatuajes en los brazos musculosos (mucho más musculosos que los de Giles).
Le dan hasta mareos de pensarlo.
—Oh... Dios mio—murmura, mirándolo alucinado. Se quita las gafas y apunta hacia el vampiro con ellas—¡Creí que habías gastado el último cartucho!
Spike le dedica una sonrisa satisfecha.
—Ya bueno. Siempre hay que dejar una bala en la recámara, mate.
Giles murmura un juramento por lo bajo, sabiéndose derrotado. Spike está mirándolo con ese gesto entre tímido y esperanzado que le hace parecer un crío, y que en el fondo (o no tan en el fondo) derrite por completo a Giles. El vigilante suspira hondamente. A quién quiere engañar, se lo comería ahí mismo.
Claro que también puede... comérselo en casa, dentro de un rato. Después de... salir para el maldito Halloween.
Cerra los libros, se levanta. Se pone el chaquetón y se guarda en el bolsillo interior el cuaderno de sus apuntes.
—Esta bien, vamos a tomar algo por ahí—dice.
—A prevenir peligrosas incursiones demoníacas, y peligros—dice Spike. Se levanta también, se pone el abrigo, coge su bolsa de golosinas de Halloween y se dirige a buen paso hacia la salida.
Giles camina en pos de Spike atravesando las puertas de la biblioteca, sin mirar atrás.

FIN