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la navidad es para estar en familia

Al igual que no celebra el Halloween, Giles no celebra la Navidad. Pero ha sido un compromiso ineludible al que se ha dejado arrastrar en un momento de debilidad, y ahora no puede decir que no, y ahí está, en el antiguo y victoriano local que la Asociación de Estudios Ocultistas comparten con los Eruditos de las Ciencias Mágicas. Bien, entre los asistentes hay varios compañeros del consejo, y como Giles, se ven un tanto incómodos, aunque todos ellos se están esforzando por ayudar a decorar el local, y mantener un talante festivo.
Es terriblemente difícil para Giles.
Aunque entiende... a un nivel intelectual, al menos, que es importante a su edad confraternizar. No es fácil hacer nuevos amigos, y realmente tampoco mantener los viejos. Es... bueno para él estar ahí, colocando adornos navideños mientras escucha la música festiva de fondo, y el sonido de las voces a su alrededor. No es... adecuado que esté tanto solo. Además la Navidad es... para estar en familia. Giles no tiene familia, pero al menos puede formar parte de ese grupo de gente, amigos y conocidos, todos muy agradables, tranquilos y la mayoría estudiosos de distintos temas, con buena conversación.
Dios, se aburre horriblemente.

Acercándose a una de las mesas, coge un vaso de papel con motivos navideños y remueve el ponche con el cucharón, mirándolo fijamente. Pero las hierbas que flotan por el ponche, entre las rodajas de naranja, parecen ser anís y otras inofensivas especias navideñas. Nada parecido a hierbas mágicas para conjuros. Se queda más tranquilo y se llena el vaso. Está bueno.
Mientras bebe, camina por el salón y echa una ojeada a las partituras sobre el piano. Bien, todo parece en orden, son canciones y villancicos navideños tradicionales, en absoluto hechizos ni invocaciones en lenguas demoníacas.
Suspira hondamente una vez más y, de la bandejita sobre el piano, se come un trozo de turrón de chocolate. Lleva demasiado dulce, antes se ha comido varios bombones decorados con coco a modo de nieve, de puro aburrimiento.
El pensamiento le hace mirar hacia la ventana, a través de la cual ve los blancos copos cayendo, una nevada suave que ha dejado la antigua calle como una estampa navideña de la época de Dickens. Giles se come otro trozo de turrón, derivando disimuladamente hacia los mazapanes. Los mira un rato, sintiéndose culpable, se come uno. Promete hacer cien abdominales antes de irse a la cama y se come otros dos.

Camina despacio entre la gente y deshace disimuladamente, por precaución, el círculo de apariencia mística con las velas alrededor que alguien ha colocado sobre una cómoda. Quizás uno de los vigilantes, por la fuerza de la costumbre. Giles borra con la manga una de las líneas del dibujo navideño y deja las velas en un ordenado cuadro totalmente inofensivo.
El bullicioso salón lleno de gente es cálido y agradable, y todo el mundo parece tener algo que hacer, y alguien con quien charlar. Giles no está muy comunicativo (nunca ha sido un gran socializador) y tras más de dos horas sigue sin saber cómo ha aceptado estar ahí. Giles no acaba de encontrar su sitio, realmente no lo ha encontrado nunca, y a veces cree que ya es tarde para encontrar nada. Sólo... más o menos mantenerse ocupado, tranquilo, a poder ser no demasiado drogado y más o menos cuerdo.
Hay que tener las aspiraciones justas, a cierta edad.

Alguien le pone en el jersey un alfiler con una hojita de acebo y un trozo de espumillón. Giles sonríe tontamente, mientras lo observa con precaución, pero no parece ser el símbolo de ningún ente demoníaco que vaya a aparecer en la abarrotada sala.
Suspira hondamente. Por un momento baraja la posibilidad de meterse al baño e invocarlo él mismo, pero sacude la cabeza intentando alejar los malos pensamientos y mientras bebe un trago del ponche navideño.
Justo cuando ha terminado el ponche y cedido a la tentación y se encamina hacia los servicios, Giles es interceptado por dos mujeres de la Asociación de Estudios Ocultistas. Una de ellas le coloca una caja de bolas de Navidad en las manos, señalando el árbol con una sonrisa. Giles devuelve la sonrisa un poco tímidamente. Luego se acerca al árbol y deposita la caja sobre una mesita baja.
Mira de reojo a un lado y a otro, para asegurarse de que nadie lo ve. Desconfiadamente, Giles saca un lápiz y va pinchando con él las brillantes bolas de Navidad, en prevención de que alguna de ellas sea una cría infiltrada de Demonio Polimorfo Cucurbitáceo. Las bolas no reaccionan, aunque un par de ellas, primorosamente decoradas a mano y con corazón de corcho blanco, quedan agujereadas al clavarles el lápiz. Giles les da la vuelta en la caja con disimulo y se escabulle de nuevo hacia la mesa de las bebidas.

Uno de los hombres de la Asociación de Ciencias Mágicas saca una bandeja con muñecos de jengibre recién horneados, que son recibidos con amables aplausos. Giles aplaude también, y acercándose a la bandeja los estudia detenidamente, quitándose las gafas, pero ninguno se mueve. Llevan la decoración típica con botoncitos de caramelo, y ninguno parece el Señor de los Deseos cubierto de masa de galleta. Medita si cortarles las cabezas, por si acaso, pero más gente está acercándose a la bandeja, alabando lo bonitos que se ven los muñecos navideños y Giles opta por no hacerles nada, mientras se guarda el que lleva en la mano en el bolsillo del pantalón.
La noche sigue transcurriendo, y Giles lleva demasiado rato en esa habitación cálida, alegre y llena de personas encantadoras. Y también lleva ya un ponche y un par de cortos de whisky de más. Decide salir a respirar aire fresco (aunque no puro, porque de paso se enciende un cigarrillo) al porche delantero.

Y está ahí, mirando la calle blanca por la nevada y decorada con luces navideñas, cuando la bola de nieve le da en toda la cara. Respinga sobresaltado, lanzando un juramento por lo bajo, mientras la nieve helada se le derrite por el rostro y le mancha el jersey. Luego, haciendo gala de su temple inglés, saca el pañuelo y se quita la nieve restante. Aparece a la vista su rostro aturdido, con las gafas desencajadas y el cigarrillo mojado colgando de la boca.
Frente a él está Spike, sonriendo muy satisfecho de su puntería.
—Eh, Ripper—le dice, ladeando un poco la cara—¿Damos una vuelta? Hay un concierto de Trash Metal en el Gothic Cave.
—Es... Navidad—dice Giles, un poco tontamente—Y estoy... ocupado, preparando las cosas de Navidad. Con unos amigos. Todo... muy navideño. Y muy social.
Spike arquea las cejas y parpadea hacia él, varias veces. El cigarrillo mojado de Giles se parte y se le cae de la boca. El vigilante suspira hondamente.
—¡Dios, vámonos de aquí!—exclama. Y abrochándose el chaquetón huye de la fiesta. Por el camino recuerda el hombrecito de jengibre y, sacándolo del bolsillo, le da la mitad a Spike. Masticando alegremente, los dos se alejan a buen paso entre la nieve.


 

FIN