Calabazas en Navidad


 

La ciudad entera está plagada de adornos de Navidad, luces y guirnaldas de brillantes colores. Hay un Santa Claus en la puerta de todos los comercios, abiertos pese a la hora, y la música navideña atruena por todos los rincones. Giles está casi seguro de que cuando era joven (hace ya demasiados años) las cosas no eran tan exageradas. Pero es de nuevo el signo de los tiempos, el exceso de colorines, cursilería y edulcoramiento, obligatoriamente, especialmente en fechas señaladas como la Navidad.
Harto de la noche iluminada por coloridas luces parpadeantes, se alegra cuando Angel, Spike y él se internan en un apartado callejón, casi totalmente a oscuras, en busca del bar de demonios que ha descrito Lorne en su visión.
El bullicio de compradores de adornos navideños, vajillas con papa noeles rodeados de acebos y regalos para amigos y familiares queda amortiguado por las cerradas paredes desconchadas. Sus pasos vuelven a oírse en el suelo húmedo por la nieve medio derretida. Angel camina con las manos en los bolsillos, oscuro y taciturno. Spike fumando un cigarrillo con aire de desinterés. El mismo Giles a su lado, suspirando hondamente.
—Esto no es serio, no puede estar pasando—suspira Spike— Se supone que impedimos a esos... bichos horribles quedarse en nuestra dimensión.
—Dos veces, de hecho—susurra Giles.
—¿Pues qué hacen aquí? Se supone que había... vigilancia a la importación o algo parecido.
—Parece que quedó algunas espora. O... más bien semilla. Ahora ha eclosionado.
—Joder.

Caminan un rato, malhumorados y silenciosos. Al final del callejón encuentran la discreta puerta oscura del antro demoníaco. Los demonios del bar también han sucumbido al ambiente festivo, y a un lado de la puerta, iluminado por muchas luces de colores, hay un gran árbol de Navidad cuajado de bolas y lazos con su flamante estrella en la cúspide.
—Vámonos a casa—gruñe Spike.
—No podemos—suspira Giles.
—¿Seguro que es éste el garito?
—Lorne fue muy específico—interviene Angel, que ha estado callado casi todo el tiempo—. Un demonio polimorfo cucurbitáceo. En el billar. Dijo hasta el nombre del local.
Spike apaga el cigarrillo y lo tira lejos, airadamente.
—Jo, le debiste pasar las visiones esas a conciencia—dice. Angel lo mira de reojo, no contesta.
Giles carraspea, intentando que se centren en el asunto. Que desde luego que es grave. Según ha indicado el demonio Lorne, un demonio polimorfo ha logrado de algún modo eclosionar en nuestra dimensión. Deben capturarlo antes de que sea tarde.
Lamentablemente no pueden matarlo, con lo que la cosa se complica bastante. A causa de las advertencias de la Asociación Protectora de Crías Demoníacas e Infernales, que los tiene muy sobre ojo, los avezados cazadores de demonios calabaza no pueden utilizar sus artefactos de detección (o sea palos puntiagudos bien afilados) sino que van armados de tres cazamariposas de tejido suave y con el palo recortado ocultos bajo las chaquetas.
En cualquier caso deben capturar a la cría de demonio y, tras meterla en la bolsa que lleva Spike al hombro, proceder a devolverla a su dimensión.


Se aseguran de llevar los cazamariposas bien escondidos mientras se deciden a cruzar la puerta del local. No hay portero en la entrada, así que tras tomar aliento pasan al interior.
Es un sitio oscuro, con las paredes pintadas de negro, algunos pósters rockeros, una pared con graffitis y una barra roja al fondo. Huele convenientemente a cuero, tabaco, alcohol y desinfectante, y la música de rock duro está alta. Una rápida ojeada desvela que casi toda la clientela son demonios. Probablemente lo de apariencia humana son vampiros o licántropos.
A Giles aún le sorprende encontrarse como en casa en lugares como éste.
Junto a la entrada hay un esqueleto humanoide de tamaño natural. O posiblemente natural del todo, se dice Giles. Sí que los dueños del local han sucumbido por completo a la Navidad porque le han colocado un gorro de Papa Noel.
—Al menos vamos a tomar algo—gruñe Spike, dirigiéndose a la barra. Los otros lo siguen en silencio.
Al acercarse al mostrador pueden ver que también los camareros llevan el consabido gorro rojo y blanco. Un enorme demonio chirrago vestido con una camiseta de cuero del tamaño de una tienda de campaña, flamante gorro navideño ondeando, se acerca enseguida hasta ellos.
—¡HO, HO, HO!—exclama, en una excelente imitación de un orondo Santa Claus. Aunque enseguida lo deja, bajo las miradas gélidas de Angel, Giles y Spike.
—Tres whiskys. Sin espumillón—gruñe Angel.
—Ok, marchando.
Se toman las consumiciones en silencio, vigilando el local. Está bastante lleno, con grupos de demonios y de aparentes humanos por todas partes. Los billares se encuentran al fondo del local, bajo luces de techo de color rojo. Hay mucha gente alrededor, mirando las jugadas o apostando. Giles se enciende un porrito para calmarse los nervios de la sobredosis de luces navideñas, y de la presencia de Angel. Spike se lo quita de los labios y da unas caladas, luego se lo devuelve. Finalmente dejando los vasos vacíos se dirigen los tres al fondo del local. Hay dos mesas de billar, con el tapete de color negro. Angel va a indicar a Spike que lo acompañe a la mesa de la izquierda pero Giles, muy hábilmente, se coloca entre ellos y le mete un empujón al vampiro rubio arreándolo hacia la derecha. Angel menea la cabeza y se dirige solo al otro lado.

Giles y Spike rodean la mesa de la derecha, escrutando minuciosamente las bolas que rebotan de lado a lado. En apariencia no hay nada extraño. Los demonios juegan y golpean con los tacos las esferas, que rebotan por los lados de la mesa y caen a las troneras. Recogen las caídas y las vuelven a colocar. Al cabo de un rato a Spike se le ocurre contar las bolas. Luego señala la mesa con la cabeza
—Giles—dice Spike—¿Cuantas bolas 8 se supone que tiene que haber?
—Una.
—Pues... ahí veo dos.
—Bloody hell!—jadea Giles. El porro se le cae de la boca. Justo en ese momento el pulcro montón de bolas de billar –dos de ellas efectivamente negras- empieza a removerse y esparcirse solo por la mesa.
—¡CUIDADO, ESA BOLA ES MALIGNA! –exclama Giles, mientras saca de la chaqueta el cazamariposas de palo recortado intentando capturar la bola negra amenazante más cercana. El demonio jugador de billar, muy descontento de su intromisión, le mete un empujón al vigilante echándolo contra Spike.
—¿Pero a ti qué te pasa? —le grita.
—¡Tranquilo tio!—protesta Spike. El demonio hace un gesto obsceno que es coreado por el resto de sus amigos, que empiezan a rodearlos. El jugador, que parece un tanto cargadito, encoge los hombros, sin duda achacando el extraño movimiento a los whiskys de más, e inclinándose, apunta y dispara su taco contra la bola 8 más cercana.
Al sentir el golpe del taco, la bola de billar emite un grito agudo, chirriante, con tonos de ultrasonido. Mientras todos los presentes respingan del sobresalto, la bola se transforma en una pequeña calabaza que, enfurecida, cercena el taco de billar de un mordisco. Luego echa a rodar de un lado a otro lanzando las duras bolas auténticas por los aires. Al menos cuatro de ellas dan contra los demonios que gritan doloridos y chocan unos contra otros, y una quinta bola sacude en toda la frente a Angel que se acercaba a la carrera. El vampiro irlandés se transforma, aturdido por el dolor, y se lanza en plancha a la mesa de billar para atrapar a la pequeña calabaza. Giles y Spike se lanzan también desde el otro lado. Ya ha empezado la inevitable pelea entre los demonios y vampiros que tropiezan, gruñen y protestan porque los empujan, los han pisado o se les derraman las consumiciones. La pequeña cría de cucurbitáceo rebota enloquecidamente de un lado a otro para esquivar los manotazos que intentan atraparla y se queda en el centro de la mesa de billar temblando de miedo. Pero entonces, decidida y valiente por la desesperación, agarra con los dientes el extremo del taco roto y, con un soberbio giro, consigue descalabrar a Giles sacudiéndole en toda la cabeza. El vigilante emite un gemido ahogado y cae redondo al suelo del local. Angel y Spike manotean hacia la calabaza intentando atraparla mientras esquivan los furiosos golpes del palo de madera. Pero el pequeño cucurbitáceo, aprovechando que del lado de Giles ahora hay hueco, salta de la mesa dando un bote y se pierde por el suelo del local rodando entre la gente.

La mayoría de los demonios, que se han vuelto por todo el local a mirar el alboroto en los billares, no se percatan de que pase algo raro por el suelo, aunque enseguida se escuchan gritos y se ven clientes caer cuando la enfurecida cría de de cucurbitáceo les muerde los tobillos para abrirse paso. Angel sale corriendo tras de la calabaza, derribando consumiciones, mesas, altavoces y demonios como en un enloquecido partido de rugby infernal. Spike arrastra a un semiinconsciente Giles hacia el diván más cercano, donde lo deja echado para que no lo pisoteen, y sale tras de Angel por el local cazamariposas en ristre, intentando capturar a la calabaza.
No es difícil de seguir porque de tanto en tanto se escucha un alarido de dolor y alguien se agacha o cae al suelo. Angel y Spike siguen el rastro de gente con los tobillos mordidos y muy cabreada hasta la pared del almacén del local. La calabacita acorralada tiembla de terror rodando de un lado a otro del muro, transformándose de nuevo en bola de billar, en pelota de tenis y finalmente en una gruesa cebolla. Spike finalmente consigue cortarle el paso y aturdirla con un fuerte golpe del palo del cazamariposas que sin duda le valdrá una severa amonestación de la Asociación Protectora, pero que ahora mismo le trae sin cuidado. Angel aprovecha que el pequeño ser está tambaleante para agarrarlo fuertemente entre las manos. Luego grita agudamente.
—¡Me ha mordido!—gime intentando sacudirse la pequeña calabaza demoníaca del dedo. Spike le ayuda a soltarla sujetándola con la bolsa de deporte y haciéndola caer al interior.

Angel y Spike miran a su alrededor, a ver cómo anda Giles. Pero no logran verlo, sólo una turba amenazante de demonios, con las ropas rotas, los vasos vacíos y botellas y palos de billar en la mano que se acercan hacia ellos con intenciones violentas. Angel y Spike se miran el uno al otro, luego se transforman en vampiro y esperan el inicio de la pelea de la que muy probablemente no van a lograr salir.
Pero todo se termina rápidamente porque ya llegan los encargados de seguridad, cuatro fornidos demonios de la especie H´traksnyk de más de dos metros de altura que los agarran sin esfuerzo aparente y, pese a sus protestas e intentos de zafarse, los golpean y los catapultan por las puertas del local hasta la calle.
Angel y Spike dan pesadamente con sus huesos en el asfalto todavía mojado de nieve y se quedan ahí, mareados por el batacazo. Al cabo de unos segundos, les tiran encima a Giles. La puerta del local se cierra violentamente.
Pasan unos momentos aturdidos y silenciosos, sentados en el frío suelo. Finalmente Angel se levanta del bordillo, Giles se despeja sacudiendo la maltrecha cabeza y recupera sus gafas de un charco.
—Bueno pues... misión cumplida—dice Angel, enderezándose y ayudando a levantarse a Giles. Spike se levanta también. Se queda mirando el alegre y colorido árbol de Navidad junto al local, con sus luces parpadeando y gesticula furiosamente.
—¡Odio los demonios polimorfos!¡Odio las misiones del jodido Lorne!¡Y ODIO LA NAVIDAD!— grita a pleno pulmón, y para remarcar sus palabras le sacude una fuerte patada al árbol.

Emitiendo un horrísono grito, las bolas del árbol de Navidad empiezan a caer pesadamente, a la desbandada. Al tocar el suelo, medio transformadas en pequeñas calabazas, comienzan a rebotar por todas partes, buscando la huida.
Giles, Angel y Spike gritan a la vez y, cazamariposas y bolsa en ristre, echan a correr a toda velocidad por entre la nieve sucia capturando pequeñas crías de cucurbitáceo.


 

FIN