El libro



Giles duda un momento, entra en la casa. Carraspea y susurra un buenas noches general mientras echa una ojeada a su alrededor. La cocina está caldeada, acogedora, hay música puesta. Buffy está limpiando trabajosamente un  enorme cuchillo, Spike bebiendo su bolsa de sangre, transformado. Willow le gruñe que use una taza como las personas, bueno, los vampiros decentes mientras remueve la mixtura que está preparando en una olla decorada con florecitas de colores. Giles suspira hondamente, menea la cabeza.
—Esto parece la casa de la familia Addams—dice, Buffy asiente, Willow y Spike no dicen nada. El vigilante no se quita la gabardina, tampoco se sienta. Avanza un poco hacia Spike, que lo mira con esos ojos amarillos de animal que lo estremecen.
—¿Spike, podrías...acompañarme a la biblioteca?—pregunta, se quita las gafas, se las pone—Si consigues separarte más de dos metros de Buffy, claro.
Spike baja la cabeza, su cara se transforma en humana. Giles lo ve mirar a Buffy, luego lo mira a él de nuevo y asiente con un gesto. Giles espera pacientemente mientras Spike desaparece en la casa y regresa al poco, peinado y con el abrigo de cuero puesto.
Salen los dos de la casa. Caminan en silencio, uno al lado del otro. Otoño, hojas arremolinándose con las ráfagas de viento, la parte vieja de la ciudad, adoquines, farolas de aire antiguo. La biblioteca es un edificio descuidado de ladrillo oscuro, con columnas en la entrada.
Entran, primero Giles, luego Spike. La biblioteca está oscura, silenciosa. Hay estantes abarrotados en todos los muros, en un lateral haciendo pasillos, en el piso superior al que llevan unas escaleras con pasamanos de madera tallada, pulida por el uso. Spike se queda quieto, en la sombra, las manos metidas en los bolsillos. No hay nadie, al fondo una mesa mal iluminada abre una pequeña isla de luz en la amplia sala. Pilas de volúmenes sobre el tablero, algunos libros abiertos. Spike mira de reojo, a su alrededor, a Giles, la biblioteca de nuevo. Se remueve, nervioso. El olor a polvo y a papel viejo, levemente picante, a barniz de los estantes y a cubiertas de cuero desgastadas le trae un extraño, antiguo desasosiego. Intenta no recordar otra biblioteca, hace tanto, tanto tiempo. Un recuerdo cruel siempre agazapado en el fondo de su cabeza. Se abraza a sí mismo, frío, mira al vigilante que de repente le parece amenazador. Giles se quita las gafas, las limpia, también muy quieto, se las pone.
—Es…al fondo—dice, señalando la islita de luz, Spike no se mueve—Tengo las llaves, cierran a las ocho.
A Spike le gustan…le gustaban las bibliotecas. Lo recuerda, a veces. El olor de los libros, su tacto. Abrir uno y descubrir los tesoros que escondía dentro, entre las páginas impresas. Hubo un tiempo que aquello le parecía una especie de…refugio. Ahora no, hace mucho. Sigue gustándole leer, pero…es diferente. A veces le asusta y le parece que al abrir un libro va a ocurrir algo terrible y tiene que cerrarlo y salir de ahí, todo lo rápido que puede. Esa necesidad de correr, desde hace tanto tiempo. No sabe por qué la está recordando ahora. Quizás por Giles. Giles que intentó hacer que lo mataran como a un perro.
Mira a su alrededor una vez más, Giles ha avanzado por la sala y está observándolo desde la mesa, junto a la pila de libros.
—William—lo llama, Spike se acerca, con ese paso elástico tan característico.
—Bueno de qué se trata—dice, deja el abrigo a un lado, se sienta. Giles se sienta también, le tiende un grueso libro, con un papel doblado señalando un pasaje.
—¿Puedes ayudarme con esta traducción?—pregunta, en voz pausada, apenas audible, Spike entrecierra los ojos— Mientras intento completar el texto en otra fuente.
—Vale—dice Spike, coge el libro. Giles manipula la lámpara, aumentando un poco la luz. Spike apoya el codo en la mesa, la mejilla en la mano, fija los ojos en el libro. El desasosiego no lo ha abandonado pero se obliga a prestar atención al texto.
Pasan largo rato en silencio, Giles concentrado en la lectura, sin levantar la vista. Spike levantándola hacia él de tanto en tanto.
—Bueno qué pasa—dice Spike al fin, apartando un poco el libro—Puedes traducirte esto tú solo, joder, es alemán, no me jodas que no sabes alemán si hablabas feoral como un...demonio feoral.
Giles se quita las gafas, se las limpia, Spike se remueve un poco.
—¿Me has envenenado el libro como en la novela ésa?—musita— Pues no te va a servir.
Giles se detiene a medio limpiar las gafas, intenta una sonrisa.
—No—susurra.
—Vale, mejor—Spike mira al vigilante, de reojo. Solos los dos en la antigua biblioteca que huele a libros resecos y a demasiado tiempo perdido. La enorme sala oscura, la lámpara encendida, sobre la mesa que comparten, iluminándolos. No uno junto al otro, aunque sí cerca.
—Yo...—dice Giles al fin, tomando aliento—Lo...siento, Spike
Spike no se mueve, sólo sus ojos, que miran a Giles un momento y bajan a las paginas impresas
—¿Me has traído aquí para esto?—musita
Giles toma aliento, lo deja salir
—Sí—susurra, Spike lo mira, fugazmente.
—Pues me podías haber ahorrado el paseo y la traducción.
—Yo...de verdad. Lo hice...porque...creí que...—Giles respira hondo, se pone las gafas—Creí que era...lo que tenía que hacer.
—Ya, bueno—musita Spike, aprieta los labios—Es igual.
Giles se remueve un poco.
—¿Lo...entiendes?
Spike lo mira, fijamente, tiene esos ojos tan grandes que pone a veces, tan serios.
—Habría entendido que lo...hicieras por celos, Rupert—susurra— Pero por eso...
—Yo...siempre he intentado hacer...lo correcto. Por el bien común
—Sí, eres un jodido vigilante—dice Spike, en voz baja, como si no estuvieran solos.
—Tú...habrías hecho lo mismo—dice, Spike lo mira, muy serio, labios apretados, esos ojos tan grandes, niega con la cabeza, despacio, retira la mirada de nuevo y Giles se siente tan miserable
—Dios mío, William—susurra al fin, vuelve a quitarse las gafas, las deja sobre la mesa. Spike no dice nada más, pasa la página del libro, apoya la mejilla sobre el puño y sigue leyendo. Giles lo mira en silencio, largo rato. Tan avergonzado. Tan apenado. Tan traidor. Porque sabe que es verdad. Que él...lo hizo, que Angel lo habría hecho. Quizás hasta Buffy. Pero Spike no.
No vuelven a hablar en el resto de jornada, hasta que Spike le tiende al fin la traducción terminada en unos cuantos folios, retirando la mano enseguida como si temiera rozarlo. Giles se queda mirando las hojas. Spike tiene una caligrafía cuidada, elegante, con mayúsculas remarcadas. No sabe por qué le produce tanta tristeza coger esos folios. Quizás…porque le recuerda que en un tiempo Spike era una persona. Quizás porque sabe que nunca dejó de serlo y él….Giles no sabe lo que es él mismo muchas veces. En qué se ha convertido. Quizás porque sabe que nunca movió un dedo por...ayudarlo. Él que sabe mucho más de Spike que ninguno de los que lo rodean, que lo ha sabido siempre.
Spike se remueve en la silla, pregunta en un susurro si han terminado. Giles le dice que sí,  murmura un gracias en voz baja, cierra sus notas, se levanta. Salen los dos por las altas puertas de roble a la fría noche. Una ráfaga de viento arremolina las hojas de los árboles a sus pies, Giles se arrebuja en la gabardina. Spike lo mira, un momento, luego se despide con una inclinación muy leve de cabeza y se marcha dejándolo ahí, en las escaleras de la biblioteca, solo.

 

 

FIN