La casa



Spike caminando solo, manos en los bolsillos, escuchando sus propios pasos en la oscuridad. No necesita mucha luz para ver, y hay algunas farolas en torno al camino. Es una especie de parque decimonónico, de árboles enormes bordeando el camino de adoquines, arces y fresnos. Bancos de madera y forja artística, casi podría cerrar los ojos y pensar que está de nuevo en Londres, hace tanto tiempo. Si no fuera por el puto ruido del tráfico que le llega desde el otro lado de ese pequeño lago ornamental.
Nunca le ha gustado el ruido. Tampoco le ha gustado nunca estar solo. Se le hace tan extraño salir sin Buffy. Hace tanto tiempo que sale con ella. A...cazar y eso, quiere decir, no...de lo otro. Bueno, a lo mejor salían pero ella decía que no y...Dios, joder, hasta esa hortera de Glory se dio cuenta de que sí, pero no Buffy. Cabezota, como Angel. Son tan jodidamente parecidos en algunas cosas.
Camina sin rumbo fijo, una figura oscura en la noche. Toma una cerveza en un garito de vampiros, casi vacío. Otra en uno de gente normal, bueno salvo el cuero y las cadenas y esas cosas, ahí encuentra un contacto. Eso le conduce unas calles más allá, donde hace un trapicheo con otro tío por menos pasta de la que esperaba para conseguirle material a Willow. Son unas hierbas raras, de aspecto ominoso. Dios, espera que la pelirroja no se las fume.
Vuelve de nuevo al parque, con su verja de hierro y sus farolas y sus árboles centenarios. Escuchando el ruidito de los ratones entre las hojas otoñales del suelo, el paso lento, predador de un gato callejero intentando cazar a uno de ellos.
No recuerda cómo veía el mundo antes de ser un vampiro. Debía de ser un mundo apagado pese a la luz del día, un mundo de olores atenuados y sonidos huecos, lejanos. Un mundo donde el olor de la sangre no brillaba en la noche como chispas y tiraba de sus pies y de la boca de su estómago con ese ansia irresistible.
Llevaba...gafas, sí. ¿Las necesitaba? Porque era tan gilipollas como para llevarlas por el aspecto intelectual, claro. Para no parecer tan joven entre el resto del claustro, viejos barbudos que lo miraban con condescendencia y lo llamaban mariquita a sus espaldas.
Ya no lo recuerda.
Tampoco recordó un mundo sin Angelus durante largos años. La omnipresente figura de su padre, señor y amante. El dolor y la gloria, hubo tanto de ambos. Quizás demasiado.
El aroma de Drusilla también lo acompañó durante mucho tiempo. Pero se ha deshecho como humo en su recuerdo y ahora solo le apena pensar en ella, y solo espera que esté bien.
Cómo era el mundo sin sentir el aroma de la cazadora, su calor tan cerca. Sin escuchar cómo se le acelera el corazón cuando la penetra y cómo le bulle la sangre y ese gemido tan dulce cuando se abandona a él al fin y lo abraza, suya bajo su cuerpo.
Se detiene un momento, da una patada a las hojas. Joder, va a tener que volver a casa, la echa de menos. Se le ha puesto dura de pensar en ella.
Ataja el camino entre los árboles, mirando al frente porque le gusta mirar la casa mientras se acerca, al otro lado del cementerio, tras esa valla que salta ágilmente, el abrigo ondeando por el movimiento. Piensa que es su casa y se da cuenta de que todavía no puede creerlo, es algo tan extraño y tan maravilloso que Spike no se atreve a decirlo en voz alta.
El farol de la puerta está encendido. Spike se estremece, como si de repente tuviera frío. Siente una ligera náusea, como un vértigo. Y se da cuenta de que no sentía eso desde que era humano, cuando regresaba a casa y su madre lo esperaba para besarle la mejilla y preguntarle cómo le había ido el día. Para mirarlo y  hacerlo sentirse tan querido.
Aprieta los labios, tomando aliento hondo por la nariz, sigue avanzando. La luz del farol junto a la puerta significa que dentro hay alguien que lo espera. Que Buffy lo espera.

 

 

FIN