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La luna en la abadía


Oh, Injury, de Rasputina


Spike se detiene un momento, mirando al edificio. Recortado contra la noche y la luna, semiderruído, oscuro, una vieja abadía. Arcos ojivales, desdentadas ventanas, hiedra negra devorando los muros y deshaciendo las lentamente las pilastras. Se decide al fin y echa a andar, acercándose.
Mira de reojo las figuras encapuchadas que le franquean la puerta, dándole acceso. Huele a incienso viejo, a cera de velas, a piedra húmeda. También un poco a magia. Uno de los monjes lo guía, sin hablarle, a cierta distancia delante de él. Spike mete las manos en los bolsillos del abrigo de cuero y lo sigue por los silenciosos pasillos, los oscuros recodos, dos pequeños jardines. La figura encapuchada se detiene al fin. Están en el claustro. Cuadrado, espacioso. Columnas dobles unidas por arcos muy apuntados. En el medio un estanque, muy quieto, refleja la luna. Spike alza los ojos al cielo. Esa noche está mediada, como rota, amarilla. Cubierta de tanto en tanto por jirones de nubes.
El monje señala apenas con la mano una sala, al otro lado del cuadrado en el que se encuentran. Luego se marcha.

Spike parece pensárselo, de nuevo. Luego toma aliento y avanza. Camina entre las columnas semiderruidas, entre la oscuridad parcheada de sombras y velas. Los aromas de la abadía siguen llegándole a cada golpe de brisa, el olor añejo de las tumbas, huesos resecos, el aroma gredoso, como de tiza de la piedra desmenuzándose por los siglos. El verde olor del musgo.
Huele otro vampiro.
Se detiene, como súbitamente sobresaltado. Quizás porque reconoce su aroma, el aroma a violetas marchitas de su pelo.
—Hola, Drusilla—susurra, en voz baja. La joven tarda un poco en dejarse ver, luego aparece, caminando como si flotara. Lo mira y sus ojos se abren, muy grandes. No sonríe. Luego sí lo hace, como una niña traviesa, y retrocede hacia el interior de la sala. Spike se remueve nervioso, luego cruza el umbral de dos decididas zancadas.
Ahí huele mucho más a magia.
—Yo te vi muerto una vez. Saboreaba tus cenizas cuando hacíamos el amor —susurra ella, como extrañada — Pero has vuelto. Volviste. ¿Dónde estuviste, Spike?
—No lo sé —dice él, mientras sus ojos de vampiro se habitúan rápidamente a la penumbra. Hay algunas velas distribuidas por la sala, en extrañas palmatorias de hierro, o en grupos de diminutas luces rojas como las que se ponen a los santos. Cortinajes pesados, algunos muebles. Una cama de madera, antigua, muy grande.
Un monje encapuchado cruza entre las columnas del fondo, silencioso como una sombra. Spike capta el destello muy leve, dorado, de sus ojos. Es un demonio.
Toma aliento mientras siente que los hechizos le alcanzan a él, vampiro como Drusilla, y puede ver en los sofás y las lujosas otomanas a la gente muerta. Muchachas de rasgos delicados y hermosos vestidos de seda, niños con el cuello aun palpitante por las últimos latidos de la vida, los ojos cerrados como si durmieran. Una joven muy rubia, apenas una niña, le sonríe y susurra acusadoramente su nombre mientras acaricia entre las manos un libro de poemas.
Es tan real. Spike se estremece sin poder evitarlo. Su estómago de vampiro no entiende de moral y le atormenta con un retortijón súbito, muy fuerte. Spike no ha comido desde hace un par de días preocupado por el viaje.
Mira caminar a Drusilla, coger una muñeca, decirle algo en susurros, dejarla con las demás. Arropar a uno de los niños muertos con un chal muy hermoso de bordados de China. Servir dos copas de vino. Siente deseos de quedarse ahí y hundirse en las sombras. Tan tentador, descansar en la oscuridad de nuevo, oliendo el polvo de las tumbas.
—¿Te quedaras conmigo?—pregunta ella.
—No puedo—dice él.
Siente deseos de dejarse llevar y morderles, aunque no sea real. Hace un puchero avergonzado porque sabe que no debe hacerlo, ni siquiera en un sueño. El ya no juega a ese juego, hace tiempo. Antes no lo habría hecho porque a Buffy no le habría gustado. Ahora no lo hace porque sabe que está mal. Su estomago se burla de sus pretensiones morales con otro pinchazo, un poco mas fuerte, que se extiende a sus venas durante un latido, y luego cesa.
—Joder—murmura.
Sigue atrayéndole la muerte.
—¿Quieres vino, Spike?—dice ella, Spike coge la copa de sus largos, fríos dedos. Huele la sangre. Así es como se la dan, se dice. Sangre que ella cree un oscuro vino del Rihn. Humo que muerde en los cuellos de los fantasmas. Es un ingenioso engaño. A Angel debe de costarle un montón de pasta, se dice, mirando de reojo hacia las columnas, labios apretados.
Una sombra. Drusilla vive en un extraño castillo plagado de fantasmas. Pero ella era responsabilidad de Angel. Siempre lo fue.
—A veces oigo demonios—susurra Drusilla, como leyéndole la mente—Me cantan. Uno cantó anoche bajo mi ventana.
—¿Les tienes miedo?—pregunta Spike, apurando la copa con un ligero temblor de la mano
—No—dice ella—Aunque a veces creo que quieren hacerme algo malo
—No te preocupes, preciosa. Seguro que no.
Un nuevo grupo de velas se prende, a la izquierda. Spike puede oler la cera caliente de nuevo. Las pequeñas llamas luchan unos momentos con la penumbra, luego retroceden marcando tan sólo un pequeño charco de luz en el suelo de piedra. ¿Cuando empezó él, criatura de la oscuridad a anhelar la luz?
Quizás nunca dejo de hacerlo.
Drusilla deriva por la espaciosa sala hasta la puerta de nuevo, sale al claustro y a la noche nublada. A la luz de la luna su vestido se ve muy pálido, su pelo muy negro. Roza con las manos los muros de piedra, las columnas, los rasgos helados de una estatua comida por la yedra.
—Me gustan las paredes, tan frías—susurra — Con unas paredes así no pueden entrar serpientes.
—No—susurra Spike, siguiéndola.
—Había una en la leñera—dice ella, súbitamente desolada— Hace tanto tiempo
Spike avanza hacia ella, duda un momento y luego le pone la mano fuerte en la mejilla, en una caricia suave.
—Ya no existe—le dice, ella lo mira ansiosa, luego asiente con la cabeza.
—Es verdad.
Spike retira la mano, sabiendo que ha visto un extraño momento de lucidez. Drusilla sigue siendo un monstruo. Algo dañino. Vivirá para siempre siéndolo. Sólo a retazos dispersos es capaz de recordar alguna reminiscencia de lo que era antes de ser un vampiro.
Bueno, él a veces intenta recordar lo que era al principio, pero nunca lo consigue. No recuerda apenas nada antes de Angelus. Pero al menos sabe dónde está ahora.
El es ahora de Buffy, de su luminosa sonrisa y su cuerpo caliente, del aroma de vida de su carne. Quizás es también prisionero desde hace tanto tiempo. Prisionero del amor, de un sueño de luz en un mundo de sombras. La ha querido sin descanso con su corazón muerto hace tanto tiempo. El sabe que si ha hecho cosas buenas ha sido solo por ella. Spike completo, sereno, amado al fin. ¿No es eso también una especie de sueño?
—Hueles a ella. A esa pequeña Cazadora...—susurra Dru, poniendo las manos delgadas en sus hombros—¿Eres feliz? ¿Has vuelto a escribir tus poemas, William?
—Sí—murmura él.
Drusilla no retira las manos, sino que le acaricia el cuello desnudo con los dedos. Su contacto es leva y electrizante, como el aleteo de un pájaro, de un extraño insecto. Sus uñas estremecen la carne de Spike.
—Te han domesticado... ¿no echas de menos cuando eras salvaje, Spike?
—Algunas veces—reconoce él, en voz muy baja.
—¿Puedo verte libre?—susurra ella, ladeando la cara, canturreando, a Spike se le hace un nudo en la garganta,  Drusilla se separa de él y gira, gira, luego se detiene—Puedo verte muerto.
—Apuesta por ello, pet—dice él, amargo, haciendo una mueca a modo de sonrisa. Luego encoge los hombros bajo el abrigo que le viene grande—¿Estas bien aquí, Dru?
—Sé que estoy prisionera—dice ella, y baja los ojos por un momento. Va descalza—Gracias a Angelus. Daddy malo.
—Pero tienes estrellas—dice Spike, Drusilla sonríe de repente, como una niña, mira al cielo, inmenso desde el jardín del claustro.
—Miles de estrellas cantando—dice.
Spike cierra los ojos un instante, sintiendo de nuevo el aroma de la noche, el de Drusilla, el olor de las túnicas de los brujos koshish que la proveen de ilusiones mientras se alimenta, que pueblan la abadía de las sombras pequeñas de los niños. Drusilla en su prisión, feliz con sus crueldades y sus juegos oscuros. Las muñecas son autenticas, los vestidos, y las velas. Quizás a veces la música. Los guardianes son invisibles a sus ojos enormes, aunque parece presentirlos.
Spike por un momento se pregunta si no debería quedarse ahí, en esa extraña prisión, lejos de todo.
Se siente tentado.
—Creo que no estoy aquí—susurra Drusilla, Spike le acaricia los rizos negros entre los dedos, esa melena gloriosa. La recuerda desparramándose por su espalda delgada. Recuerda tantas cosas al verla. Ella se inclina suavemente y le besa la ceja partida, la sien, la cara angulosa al lado de la boca.
—Mi hermoso poeta—susurra.
Ella lo besa profundamente, oscura sombra, le mete la lengua en la boca. Spike mantiene el beso unos instantes, más por la sorpresa, o quizás por la costumbre. La mano delgada de ella repta por su cuerpo, estrechándolo, acariciándolo, buscando la dura carne masculina. Spike la aparta, con gentileza. Spike no puede dejar de pensar en Buffy. ¿Por qué siempre buscó algo efulgente?
Drusilla hace un mohín apenado, le susurra en voz baja que es un niño malo. Aún abrazándolo. Luego algo la distrae, una mariposa nocturna una hoja cayendo el viento. Los pasitos diminutos de los ratones en las vigas del techo. Drusilla a la luz de la luna, perversa como una diosa oscura, fuerte como la sangre, frágil como una criatura. La obra maestra de Angelus.
—¿Quieres bailar conmigo?—pregunta, apartándose lo justo para tender la mano hacia él, Spike asiente, con una sonrisa.
—Claro, princesa—le dice.
Angel la mantiene prisionera en ese sueño irreal. Los hechizos canturreados de los monjes demonio siempre un paso más allá del umbral de su audición. Envolviéndola en esas sombras, en ese extraño reflejo. Parece tan cruel. Y sin embargo...ella parece feliz.
Spike coge la mano de Drusilla y gira con ella bailando, por el suelo de piedra, por la hierba del recuadro ajardinado, gira bajo la luna rota, amarilla. Gira bajo las estrellas. Escuchando el siseo de su falda en la hierba. Spike con la mano en su talle delgado, mirando su rostro. Ella tiene los ojos cerrados y Spike se pregunta dónde estará. En qué oscura, gloriosa matanza, en qué sueño de desolación y muerte.
Spike oye la música. Puede oír el vals en su cabeza, el rítmico un dos tres de sus pasos, ha bailado con ella tantas veces... de noche, como ahora, en las iglesias abandonadas, en los salones de los nobles asesinados, en los conventos incendiados, en las plazas de los pueblos donde sólo la orquesta esperaba para finalizar la masacre, con el olor de la sangre mezclado con el de los jazmines y el del miedo embriagándolo más que el whisky. Con el aroma a violetas muertas de su pelo. Baila ahora con ella con el fresco aroma de la noche, de las piedras, del musgo, y es tan igual y sin embargo tan distinto.
No quiere recordar esas cosas pero de algún modo siente que debe hacerlo. Se lo debe, no se puede negar el pasado.
Quizás sólo el presente. Por un rato, al menos.
La quiso tanto.
Qué más da que sólo sea un sueño.



FIN