Calabazas

Un fic de halloween 

 

Ethan, Giles y Spike

Spike remolonea por la cocina, sin decidirse a tomar asiento en la silla vacía. Abre otra cerveza y echa un trago de la botella, mirando de reojo hacia la ventana. Está empezando a oscurecer. Los visillos, muy adecuadamente, son de pequeñas calabacitas anaranjadas. Son cosa de Willow, que siempre está al tanto de ese tipo de cosas. De las de decoración horrenda y estacional, como la vajilla de desayuno navideña de Papá noeles y los huevos de pascua con lazos que no sabe por qué Buffy siempre llama Eggbert.
La cocina está caldeada, fuera hace frío. Esa ciudad es mucho más fría que Sunnydale. También huele a tabaco y Buffy les va a echar la bronca por fumar dentro, cuando llegue. Pero es que fuera hace frío y además tienen que estar ahí encerrados con esas estúpidas cosas naranjas enormes.
Calabazas.
¿Por qué les han colocado a ellos ese rollo de cavar las calabazas? Las podían haber comprado ya excavadas ¿no? Spike no tiene ni la más remota idea, pero es de suponer que las venderán ya con los agujeros correspondientes en los sitios correspondientes. O ya hechas de...plástico, o algo.
Bebe otro trago de la botella, distraídamente, mientras observa a Giles liarse nerviosamente un cigarrillo altamente sospechoso, y eso que sólo es media tarde.
No. Nombrarle a Willow y a Buffy una calabaza de plástico con su obsesión por las cosas tradicionales y totalmente naturales en las festividades familiares y tradicionales puede suponer el inicio del segundo derrumbe de la Hellmouth y desde luego él no va a estar en ninguno más.
—Bueno pues... habrá que empezar—dice Ethan Rayne al fin. Los tres hombres se miran, de reojo, luego suspiran casi al unísono con parecido aire de resignación.
Sobre la mesa, tres enormes calabazas. Un montón de cuchillos de diversos gruesos, filos y tamaños, unas tijeras, un par de cuters, varios trapos de cocina.
—Empecemos—repite Giles, como dándose ánimos. Ethan asiente de nuevo, selecciona cuidadosamente un cuchillo pequeño, muy afilado, delgado. Giles duda un momento y se decide al fin por un enorme cuchillo de asesino de película.
Spike murmura algo por lo bajo, presa de un súbito ataque de claustrofobia. Coge el cenicero lleno y sale a vaciarlo al contenedor de la calle, dejando la puerta abierta para ventilar la cocina. Por el camino detiene a echarse otro pitillo.
Mientras lo prende con el encendedor de gasolina se queda mirando las lucecitas de Halloween que adornan la calle en dos hileras de pequeñas lamparitas redondas, anaranjadas, de caras sonrientes. Los niños de la mano de sus padres y hermanos que ya van preparándose para la fiesta con sus bolsas llenas de caramelos, y por un momento piensa en salir echando leches de allí.
Pero ese maldito Giles parece que se lo ha olido y se asoma al porche, llamándolo para que entre de una vez, y Spike tiene que volver, a regañadientes, cabizbajo.


Ethan y Giles

Spike regresa a la cocina, cerrando la puerta tras de sí. Su cerveza ha desaparecido misteriosamente, así que se abre otra. Sobre el fregadero hay ahora unos cuencos donde se amontonan, fragantes y anaranjadas, las tripas del interior de los tres monstruos calabaciles.
Se queda mirando de reojo la calabaza de Giles, todavía apenas empezada. El vigilante toma aliento, entrecierra los ojos y le lanza una feroz cuchillada que la cercena casi por la mitad, y que termina siendo una enorme y torcida boca.
—Contente, Ripper—se burla Ethan Rayne desde el otro lado de la mesa de la cocina, Giles gruñe una palabrota por lo bajo, deja el cuchillo en la mesa y bebe un trago de la cerveza. Es la que acaba de abrirse Spike, pero el vampiro no se atreve a decírselo. Se dice que la otra ha debido de ir a parar al mismo sitio: el estómago del vigilante.
Ethan gira su calabaza a un lado, al otro, estudiándola con remilgado ojo crítico.
—Bueno—dice—algo se podrá hacer con esta...cosa.
Comienza a mover diestramente la mano derecha, en la que lleva el afilado cuchillo, mientras con la izquierda va girando a un lado o a otro, con precisión milimétrica, la enorme calabaza. La sujeta con un trapo de cocina para que no le resbale. Trabaja muy deprisa, sin levantar los ojos de lo que está haciendo. Giles lo mira, ceñudo, bebiéndose la cerveza de Spike, mientras de tanto en tanto intenta hacerle ojos y nariz a la suya con el enorme cuchillo de carnicero.
En un periquete Ethan tiene una perfecta calabaza de Halloween como las de los libros, con dientes, boca amenazante, ojos de Halloween, nariz de Halloween, líneas de expresión de Halloween, la calabaza más perfectamente Halloweenesca que Spike ha visto jamás.
Ethan le da la vuelta hacia ellos, con una sonrisa rápida, satisfecha.
—Lista. Podía estar mejor, pero en fin. Con estas herramientas, no se puede esperar más.
—Jooooder—jadea Spike, admirado.
—Gracias—sonríe Ethan.
—No es para...tanto—gruñe Giles, devolviendo la cerveza bruscamente a Spike, el vampiro lo mira, de reojo.
—Bueno...es verdad. A lo mejor podía estar...mejor. — dice  Spike torpemente, en solidaridad hacia Giles, mirando de reojo su propia calabaza intacta, el engendro de boca de Joker de Giles. Luego claudica—¿Cómo lo has hecho?
—Bueno, tomé unas clases de escultura en Montmartre. Un par de cursos. Como optativa entre las de pintura y dibujo.—explica Ethan, limpiándose las manos con el trapo de cocina— Tenía un profesor... realmente estupendo—suspira con aire soñador— Dios mío, lo que aprendí de ese tío.
—Cómo odio París—gruñe Giles.
—Espera, le falta una cosita—dice Ethan, inclinándose sobre la calabaza, le da un par de toques con el trapo y el cuchillo de nuevo –Ahora sí. Voilà—dice malévolamente, girando la calabaza más perfecta del mundo hacia ellos. Giles aprieta el mango del cuchillo mirándola fijamente, Spike pone la mano sobre la suya, sujetándosela a la mesa.
—No, Ripper—susurra, por lo bajo —Ripper malo.
Ethan los mira algo confuso, pestañeando sin comprender. Parece decidir al fin que son cosas suyas o al menos de las que es mejor para él no saber demasiado. Por si acaso, movido por el instinto que le ha mantenido más o menos a salvo tantos años, coge su calabaza y la pone en alto, sobre la nevera, lejos del alcance de la ira envidiosa y el cuchillo de Giles.
—¿Y tú que vas a hacer?—pregunta a Spike.
—Pues... no..sé—Spike se remueve nervioso, mira hacia la puerta buscando la manera de escapar, pero Ethan y Giles lo están mirando y curiosamente Ethan camina unos pasos y se apoya justo contra la puerta, cortándole completamente la huída.
Así que Spike tiene que decidirse al fin.


Spike

Se sienta pesadamente en la silla de la cocina y coge uno de los cuchillos, uno cualquiera. La calabaza enorme y anaranjada está muy quieta ante él, expectante. Spike mira hacia Giles, hace un puchero.
—¿Por qué tenemos que hacer esta mierda?—intenta, a la desesperada, Giles lo mira, suspira hondo.
—Míralo por el lado bueno.—le dice— A Geofrey le ha tocado llevarlas de compras con el coche.
—Dios. Joder—parpadea Spike. Luego toma aliento—Está bien. Vamos allá.
Se queda un momento en silencio, mirando la calabaza silenciosa, anaranjada, redonda.
—Nunca he hecho esto—gime.
—Siempre hay una primera vez para todo—ayuda Ethan.
—¡Tú clávale el cuchillo!—ayuda Giles—Aprovecha que no se mueve.
—Eh...joder—Spike mira al vigilante de reojo, que definitivamente no se está fumando un simple cigarrillo de nuevo— Bueno... vamos a ver.
Spike trabaja un rato, concentrado, mordiéndose el labio. Intentando poner más o menos unos ojos donde los ha puesto Ethan y el resto de la cara aproximadamente por debajo de ellos. Es jodidamente difícil, y la cáscara o piel o como se llame la cosa esa externa calabacil está más dura y resbaladiza de lo que esperaba, pero cuando metes el cuchillo resulta que no, y si te descuidas te la cargas entera y más con fuerza de vampiro, así que hay que ir con pies de plomo. Spike se encuentra conteniendo el aliento y da gracias a que no tiene que respirar porque sin duda si no se habría desmayado antes de terminar el primero de los ojos.
Ethan y Giles salen al porche a echar otro pitillo y otra cervecita. A este paso cuando regrese Buffy su ex vigilante va a estar borracho como una cuba. O drogado o las dos cosas. Aunque no le estaría mal, por obligarlo... por obligarlos a todos a celebrar esas horrendas cosas festivas—estacionales—tradicionales como el Halloween. Que además sabe de sobra que él no tiene que celebrar porque es un vampiro y una criatura maligna y todas esas cosas que le ha explicado un millón de veces. Que es que nunca lo escucha.
Spike sigue trabajando a solas en la cocina blanca y crema, de aire antiguo y visillos de Halloween. Al cabo de un rato tiene algo que más o menos se parece a una calabaza tallada. Al menos tiene...cara. Spike toma aliento por fin, hondamente y llama a los otros dos, que entran y se quedan mirándola críticamente.
—Me recuerda a ese Xander amigo de vuestra Buffy—dice Ethan al fin
—Mi calabaza no es tuerta, es sólo un poco bizca —protesta Spike
—Qué mala leche tenéis, por Dios— dice Giles, se quita las gafas, se inclina hacia  la calabaza— Bueno, un poco bizca...sí que es. A lo mejor sí que se le parece, en la...expresión. Tiene cara de no ser muy lista.
—¡Y qué mas da, es una jodida calabaza, no tiene que ir a Eton!—protesta Spike, levantándose nervioso. Ethan ríe por lo bajo, comienza a recoger la mesa para dejarla presentable y poder dejar encima, de exposición, sus tres irregulares obras de arte. Giles pasa el brazo por los hombros de Spike y le da unas palmadas, consoladoramente.


Willow y Buffy

Buffy palmotea encantada, como una colegiala, mientras sus grandes ojos verdes se humedecen por la emoción. Últimamente todo la emociona. Debe ser esa casa, el ambiente de familia, tener a Spike tan cerca, a Giles, a Willow, es todo tan... feliz y tan perfecto. Bueno, de los hombres de esa cocina sólo uno de ellos no ha matado a nadie que ella sepa, y de las mujeres otra y realmente ahora que lo piensa ella casi fue cómplice aquella vez pero... ¡qué bonito es el Halloween!
Suspira de nuevo, hondamente, mientras mira a Geofrey, que no sabe por qué tiene esa cara como mareada y esa expresión de dolerle la cabeza si sólo lleva siete horas de compras con ellas, ir entrando las cajas y bolsas desde el coche. Luego se vuelve de nuevo hacia la mesa de la cocina y junta las manos en el pecho, mirando arrobada las calabazas de Halloween.
—¡Os han quedado maravillosas, de verdad!—exclama, Spike parece ir a decir alguna inconveniencia acerca de cómo ha odiado cada minuto de la excavación de las malditas calabazas, pero Buffy le sonríe y el vampiro suspira, justo a la vez que Buffy, y luego ella mira admirada a Giles y el vigilante sonríe emocionado, la imagen del padre babeante ante su niña. Y Ethan Rayne parpadea, francamente alucinado, preguntándose si no estaba mejor cuando adoraba al caos y todos querían matarlo.
—Vamos a admirarlas detenidamente, la cosa lo merece—dice Willow, terminando de ayudar a su prometido con la montaña de bolsas de adornos y chucherías de Halloween. El joven vigilante, muy pálido y con aire agotado, se deja arrastrar por la bruja hacia la mesa de la cocina, donde se queda más o menos firme, contemplando la obra de los otros tres. A los que mira de través con todo el odio que puede dedicar el que ha salido luchar en las trincheras a los que se han quedado tranquilamente calentándose al fuego del campamento.


Las calabazas

Las tres calabazas los miran también a ellos, fijamente. La de Giles temblorosa, manteniéndose unida más o menos, como puede. La de Ethan gallarda, animosa, perfecta, Halloweenesca. La de Spike bizca.
La calabaza de Giles resiste el examen de Buffy y Willow  unos momentos, luego se parte por la mitad, en dos partes que se separan con un chasquido. Giles la mira torvamente. Mete la mano con brusquedad en el abrigo de Spike, que ni respira, saca un cigarrillo y lo enciende, dando una furiosa calada.
—Jodida calabaza—dice.
—Podemos...—dice Ethan, algo detrás de él —Puedo pegarla con un pequeño hechizo de unificación.
—No, déjalo. Ya está bastante endemoniada.
—Como quieras.
—Podemos usarla de cuenco para los dulces—dice Willow, con los ojos muy abiertos y esa expresión ansiosa de ayudar tan típica de ella—¡Quedará monísima!
—Como si la usáis para meter la basura, me da lo mismo—gruñe Giles.
—No seas negativo, Rupert—dice Ethan.
—Si le pones una cuerda puedes hacerte un gorrito—ayuda Spike.
—¿Sabes lo que puedes hacerte con una cuerda?—pregunta Giles ominosamente, Spike lo mira, ojos muy grandes.
—No quiero saberlo—dice.
—Chicos...chicos—interviene Willow, metiéndose por en medio— No es momento de jugar al ahorcado, tenemos que decorar la casa. ¿Por qué no vais a... tomar algo a la sala mientras nosotras nos ponemos con esto?
—Más cerveza no—gime Giles, en voz muy baja— los otros lo miran, de reojo, Ethan los va empujando a todos hacia el salón, donde hace aparecer enseguida una botella de bourbon. Curiosamente el muy comedido Geofrey le arrebata la botella de las manos y echa un par de tragos directamente del gollete antes de que Ethan localice siquiera dónde están los vasos. Pero una mirada a sus ojos vidriosos, agotados, despierta enseguida la callada comprensión del resto del elenco masculino de la casa, y nadie le reprocha nada.
Ethan pone al fin cuatro vasitos sobre una de las mesas bajas del salón y sirve cuatro chupitos de whisky.
—¿Recuerdas cuando nos encontramos Rupert? Después de tanto tiempo —dice, de repente— En Sunnydale. Era Halloween.
—Dios mío, sí—suspira Giles—Uno de los Halloween más movidos que recuerdo—Tú estabas practicando tus malas artes y tú—señala a Spike— las aprovechaste para hacer de las tuyas.
—¿Ah sí?—pregunta Ethan, arqueando las cejas, se vuelve hacia Spike—Me debes una, chaval.
—Eh, que me acabaron sacudiendo—protesta Spike, Ethan sonríe, levemente.
—Oh, bueno. A mí también.
Giles alza el vaso.
—Por el jodido Halloween—dice.
—Por el Halloween—susurran los otros tres.


Buffy y Spike

Spike echa una última calada, tira el cigarrillo lejos, toma aliento aspirando el frío de la noche. Se queda mirando de nuevo las lucecitas anaranjadas de la calle, la gente llamado de puerta en puerta con bandejitas de dulces y críos disfrazados de demonios y se encuentra flexionando las rodillas para salir corriendo hacia el cementerio.
Pero Buffy lo está vigilando por la cortina del salón y si huye sabrá donde ha ido y lo encontrará enseguida, y además tiene copia de las llaves de la cripta.
Así que echa a andar de regreso a la casa, despacito, con aire resignado.
Cuando llega se da cuenta de que la calabaza con una vela que ha puesto Buffy en las escaleras de la entrada es la que ha hecho él, y siente un extraño calor por dentro, en el estómago, que curiosamente sube hasta sus mejillas.
Pero los vampiros no se ponen colorados, así que seguro que debe ser por los dos whiskys que se ha tomado.

 

FIN