Secreto de Navidad



Buffy está sentada en un cojín, en el suelo del salón, cerca del árbol. Rodeada de papel de regalo y lazos deshechos; la música navideña suena de fondo desde el equipo de la librería, hay un agradable calor en el salón, iluminado por luces festivas y velas. Incluso ha caído una suave nevada. Ese es su momento del año favorito, se dice emocionada.
Aunque lo que prefiere de la Navidad es la preparación, poner la mesa y decorar la casa con todas las luces, los adornos y el árbol lleno de bolas, rojas y doradas.

A Spike en cambio lo que más le gusta es el momento de abrir los regalos. Cuando llega la hora de abrirlos el vampiro parece perder al fin su pose de chico duro de la-navidad-no-va-conmigo, yo-sólo-pasaba-por-aquí y tiene esa sonrisa tan bonita y sus ojos brillan como los de un niño.


Lleva rato disfrutando de revolver, distribuir y abrir los paquetes. Incluso los que no son suyos: si alguien no se da prisa en abrir su regalo puede encontrarse la mano impaciente de Spike tirando hiperactivamente del lazo o arrancando trozos de papel por una esquina. Spike ha ayudado a abrir los de Giles y Ethan, que se han puesto el uno al otro, venenosamente, una aburrida funda de cuadros para la tetera y una guía de cocina de Montmartre. También ha abierto el absolutamente indescriptible juego de fundas de punto para las estacas que Miss Marple ha tricotado ella misma para Buffy y Spike. La de Spike lleva una banderita británica (lo que es todo un alarde de virtuosismo con las agujas, hay que reconocerlo) y la de ella unas flores de aspecto hippie que Willow ha admirado con envidia.
Buffy ríe por lo bajo mientras termina su copa de champán, feliz y emocionada casi hasta las lágrimas, como suele pasarle en las Navidades. Mientras Willow consigue zafarse de Spike y abrir ella misma un juego de tarros para pociones que la hace palmotear emocionada, Buffy se encuentra echando de menos a su madre. Siempre lo hace, pero en ocasiones como ésa la echa muchísimo más. Le habría gustado que pudiera verlos a todos en un momento tan tranquilo y feliz . Que pudiera verla a ella esa noche y saber cómo se siente.

El corazón le late deprisa, Buffy respira hondo y coge un dulce de la bandeja, sobre la mesita baja. Ya apenas quedan regalos por abrir, el de Geofrey es el último, nada no convencional, un libro. Al joven parece gustarle y lo agradece efusivamente. Spike se lo quita de las manos, lo mira dándole vueltas y se lo devuelve diciendo que es un rollo casi tan rollo como los otros rollos que siempre anda leyendo. Buffy menea la cabeza. Geofrey manda a Spike a jugar con las fundas de las estacas. Spike lo mira rencorosamente y vuelve junto a Buffy, y se sienta en el suelo, a su lado.

Buffy extiende la mano hacia él y le acaricia suavemente el pómulo, la sien, y enreda los dedos en su pelo. Ese pelo corto, revuelto, imposiblemente rubio. El la mira de reojo, sonriente, está tan guapo.
Y mientras Buffy lo acaricia y siente en el bolsillo de los vaqueros el paquetito aromático de hierbas del conjuro que Willow le ha dado hace unas horas, y que le permitirá tener un hijo de Spike, la embarga una profunda, dulce calidez. Y se pregunta si su hijo tendrá también esos ojos, azules y rasgados.
—¿Qué?—pregunta Spike. Buffy respira hondo, niega con la cabeza.
—Nada. Que tengo otro regalo para ti—le dice, en voz baja—Pero te lo daré dentro de unos días.
Spike arquea las cejas, entre extrañado y divertido.
—Vale—dice. Luego mira de reojo hacia donde están los demás, se inclina hacia Buffy— ¿Es algo de follar? Porque mejor me lo podías dar ahora.
—¡Spike!—Buffy coge el papel del regalo desenvuelto más cercano, le pega con él.—Qué...burro eres.
Spike ríe entre dientes mordiéndose el labio. Luego se inclina hacia la mesita y coge una de las botellas de champán, con la que llena la copa vacía de Buffy, la suya propia. Los demás se apresuran a imitarlo. Brindan todos por las fiestas, la amistad y todas esas cosas por las que se suelen brindar en esos días, tan bienintencionadas y mil veces repetidas. Buffy, sonriendo de nuevo para sus adentros, brinda en silencio por su pequeño gran secreto de Navidad.




FIN