Brownies


Angel se lleva la mano a la frente, presionando entre las cejas. Donde palpita desde hace rato un fuerte dolor de cabeza. Es extraño, se supone que los vampiros deberían de estar libres de ese tipo de cosas, estrés, presión arterial, jaquecas. Pero la insistencia impenitente de Spike por el asunto más nimio es capaz de torcer hasta las leyes del inframundo. Especialmente tras las primeras dos horas.
—Spike, nosotros no comemos—repite, aunque sabe que es inútil. Spike se cruza de brazos delante de él.
—Ya pero ¿sabes cocinar o no?
—Esa no es la cuestión.
—Claro que sí, estamos hablando de ello.
Silencio. Angel retira la mano de la frente.
—Estás hablando tú. Como siempre.
Spike agita los brazos nerviosamente mientras da una vuelta completa al centro de la habitación.
—¿Pero qué sabes hacer?—pregunta.
—Algunas cosas—claudica Angel.
—¿Y bien?
Angel se queda meditando unos momentos.
—Se hacer tortitas. Y huevos revueltos para el desayuno—lo mira, fijamente—. Y tostadas.
Se produce un silencio espeso, incomodo, largo. Mientras Spike contiene el aliento y parpadea intentando alejar los recuerdos, inoportunos en ese momento.
—Bien, y qué más—insiste.
—No sé.
—Algo más habrás aprendido en todos estos años, cacho de irlandés inútil.
Angel cruza los brazos sobre el pecho enorme.
—Nosotros no comemos—repite, por innúmera vez. Spike aprieta los labios en un gesto mitad puchero, mitad indignación pura, mientras lo acusa con el dedo.
—¡Wes me ha dicho que una vez hiciste brownies! ¡Seguro que fue... una velada romantica o algo!—gruñe Spike. Angel simplemente no se lo puede creer.
—¡Por al amor de Dios!— exclama —¡Wes y yo nunca...! Bueno, esa vez. Y... pero ninguna más.
Spike lo mira, muy serio.
—Sí pero los brownies...— murmura.
Angel alza los ojos al cielo.
—¡Fueron para desenmascarar a un niño poseído!
Spike aprieta los labios en otro morrito enfurruñado.
—Y no los vas a hacer más—dice.
—Yo. No. Cocino.—sentencia Angel. Spike parpadea hacia él.
—Pensaba que no tenías citas y no tomabas el sol y no cantabas.
Angel se remueve un poco.
—Ya. Cocinar tampoco.
—Y tampoco para mi.
—No.
Spike se muerde el labio.
—Y tampoco si se trata también de algún tipo de posesión demoníaca.
Angel lo mira, fijamente. Un rato. Desde los pómulos marcados a los ojos cargados de kohl, bajando por ese cuerpo delgado, musculoso, que la camiseta oscura deja adivinar.
—O sea de poseer a un demonio—dice Spike—. Uno rubio platino, con el pelo punk, por ejemplo.
Saca la lengua con ese gesto intolerablemente provocativo. Angel contiene el aliento mientras en su impávido rostro, junto a la boca, comienza a palpitar un tic nervioso.
Luego da media vuelta y, entrando en la cocina, comienza a buscar un cazo donde derretir el chocolate.

FIN