La playa está sobrevalorada

 

Buffy se recuesta en la toalla, suspirando hondamente. El aroma del verano llena sus fosas nasales, y la fresca brisa remueve su cabello dorado y eriza un poco su piel expuesta.
— A lo mejor me he pasado con lo del mini bikini—dice.
—Yo no me quejo—sonríe Spike desde la toalla de al lado.
Buffy cierra los ojos, sintiendo de nuevo la brisa veraniega. Escucha a Spike incorporarse y abrir la pequeña nevera portátil, el chasquido de la lengüeta de una lata. Respinga y emite un gritito cuando él le pone la fría lata de cerveza contra el brazo.

—¡Tonto!—le dice, disimuñando la risa, mientras coge la lata y echa un trago. Spike abre otra para él.
En el cielo, las aves lanzan sus llamadas. O a lo mejor, ahora que lo piensa, son murciélagos. No hay pájaros por la noche ¿no?
—¿Hay pájaros por la noche?—pregunta. Spike encoge los hombros.
—Sólo lechuzas y eso— dice.
Buffy bebe otro trago de su lata. Spike la imita. Se quedan los dos callados un rato.
Finalmente Buffy se encoge de hombros.
—Bah, he vivido casi toda mi vida en California y apenas he pisado la playa—dice.
—Y el sol estropea la piel—asiente Spike. Buffy asiente con la cabeza.
—La playa está sobrevalorada—sentencia.
Beben de nuevo los dos, en silencio, escuchando la brisa nocturna, los chirridos de los murciélagos (o lechuzas, lo que sean) revoloteando sobre sus cabezas. En el cementerio a su alrededor los arbustos sisean suavemente, entre las tumbas. La luna llena dibuja suaves reflejos sobre el césped, lagos plateados sobre las piedras de las lápidas. Buffy asiente de nuevo con la cabeza, como al hilo de sus propios pensamientos.
—Estamos mejor aquí—dice.
Spike la mira, fijamente, sonriendo.
—Y que lo digas, pet.

 


FIN