La puerta

Apenas tienen tiempo de entrar en el desvencijado almacén y bajar las escaleras, a toda prisa, Angel por detrás de Spike, que va marcando el camino más o menos a trompicones. Cansados, sucios, molidos de la pelea. Spike se detiene literalmente de golpe contra el muro de piedra del sótano, Angel contra él, arrancándole un joooder ahogado cuando el peso del vampiro moreno lo empotra contra la pared. Angel se disculpa atropelladamente, apartándose, Spike lo fulmina con la mirada que Angel es capaz de ver con sus sentidos de vampiro pese a la oscuridad.
—¡Brillante!—gruñe Spike, señalando el sótano a su alrededor, el muro de piedra—¡Atrapados en una jodida conejera!
—Bueno, sólo son unos demonios—dice Angel, en el más puro estilo John Wayne—Los iremos liquidando según vengan.
—Perdona, mate, no son unos demonios. Son TODOS los jodidos demonios del infierno.
Angel reflexiona unos instantes mientras el ruido de la barahúnda de demonios enfurecidos se va acercando rápidamente.
—Eh...sí, eso—musita.
Como movidos por un mismo impulso empiezan a amontonar los estantes, muebles viejos, trozos de tubería y piedras que encuentran por el sótano, haciendo una especie de barricada. No creen que vaya a aguantar mucho, pero al menos no les dejará entrar tan fácilmente. Trabajan frenéticamente unos minutos, amontonando todo lo que encuentran. En los trajines Spike localiza una vieja botella de algo que parece coñac, que abre rompiendo el cuello contra una columna. Bebe un trago largo y se la echa a Angel, que la termina.
—Dios,  esto está como el alcohol de quemar—se queja Angel, Spike no lo escucha, está revisando el húmedo sótano palmo a palmo, nervioso como un gato mojado. Bueno también está mojado porque llueve. En L.A. no llueve nunca, es un desierto, salvo cuando Angel y Spike salen a trabajar, es...una especie de maldición. Acabar metidos en una maldita mezcla de peli de cine negro y Mad Max VII. Lorne dice que es algo kármico, pero Lorne dice muchas tonterías. Como que Dorys Day desentonaba...maldito demonio verde inculto musical, qué sabrá él.
—Está bien, héroe—suspira Spike al fin, dejando caer los brazos con abatimiento—Ahí fuera...—mira hacia la escalera—Casi ahí dentro, hay como 2.500 demonios. ¿Qué hacemos?
—Pues...
— Que no implique morirnos despedazados.
—Observa, chico—dice Angel, sin poder ocultar un gesto de suficiencia—Tengo un truquito
—El batmóvil—dice Spike
—NO —gruñe Angel, molesto— Algo mejor.
Con ademán elegante mete la mano en el bolsillo de su pantalón, tan caro como lleno de sangre de demonio, y saca una piedrecita negra. Spike enciende el Zippo para iluminarla. La aparatosa llama dibuja sombras ambarinas en los planos de su rostro anguloso, brillos dorados en la superficie pulida de la piedra. Angel lo mira de reojo, luego parpadea, muy serio.
—Es un conjuro de huída que me ha dado Wes—explica el vampiro moreno, acariciando la piedra, que emite un leve fulgor rosado a su contacto
—¿Y a mí por qué no me ha dado nada?—pregunta Spike.
—Porque su jefe soy yo—gruñe Angel.
—Jodido...inglés mariquita.
—Además, requiere ciertos conocimientos que tú no posees y yo sí
—Jodido irlandés presumido—murmura Spike, rencorosamente, Angel suspira hondamente, alza la piedra sobre su cabeza, cierra los ojos y salmodia un conjuro en voz baja. Casi al instante se abre ante ellos una pequeña puerta hecha de materia fulgurante que tiñe el mohoso sótano de una luz rojiza, tenue.
—Una puerta—dice Angel.
—Oh. Joder. ¡Genial!—dice Spike, y se apresura hacia ella, Angel lo sujeta del brazo, con firmeza
—Espera. Tiene que entrar el que la ha creado, si no, no funciona.
—Oh. Vale—dice Spike, volviéndose a mirarlo—Y...¿a dónde lleva?
—A donde más deseas estar  con todas tus fuerzas.
—¿Seguro? No me apetece aparecer en...Phylea y tener cuernos verdes por la cara.
Angel lo mira, sobresaltado.
—Quién...quien te ha dicho eso.
—Joder si lo sabe todo el mundo—Spike encoge los hombros, los ruidos en la barricada son cada vez más fuertes, más crujientes y más indicadores de que se está desmoronando.—Lo leí en la Hoja Informativa Semanal de cotilleos de Wolfram y Hart.
Angel lo mira, intentando por todos los medios parecer impasible
—¿Hay una hoja de...cotilleos?—pregunta, en voz muy baja
—Claro, la publican Harmony y un tío de contabilidad, que si me permites decirlo pierde más aceite que un croissant de atún.
—Oh
—La reparte Número Cinco por los despachos.
—Oh—musita Angel, aprieta los labios, contrito—A mi no me la...dejan.
—Vaya. Pues...no se por qué —Spike  lo mira, también muy serio, se quedan los dos callados, un momento. La barricada cede al fin con un retumbar resonante, derramando por las escaleras una masa compacta de muebles rotos y demonios que gritan enfurecidos. Spike jadea una palabrota y va a meterse pro la puerta mágica de nuevo, pero Angel lo sujeta con firmeza.
—La puerta es mía—gruñe, mirándolo de reojo —Tú eres el...archivo adjunto
—Joder.
—Calla y dame la mano.
—¿A donde más queramos estar con todas nuestras fuerzas?—pregunta Spike, Angel asiente.
—Sólo hay que desearlo de verdad. Con toda la maldita alma.
Spike no dice nada, se coge de su mano. Angel se inclina para pasar por el brillante portal, de un decidido paso, arrastrando a Spike un latido después tras de sí, justo cuando los demonios armados hasta los dientes se abalanzan hacia ellos. Y entonces sólo sienten un

*PLOFFFF*




A Spike le cuesta un par de segundos situarse y darse cuenta de dónde está. Se halla en el despacho de Angel, en la sala disimulada por paneles, metido en la gran cama de Angel. Tapado con las sábanas de seda negras. Angel está a su lado.
—¡AH!—grita Spike, saltando de la cama como movido por un resorte, Angel grita también, casi a la vez, y sale de la cama medio cayéndose al suelo enmoquetado.
—¡Jodido...irlandés marica!—grita Spike, Angel se inclina hacia él, sofocado
—¡Yo no...he pedido esto, has sido tú!
—¡Yo no he hecho nada!
—¡Claro que sí!
—¡Y una mierda!—le grita Spike, Angel jura en gaélico, alterado, nervioso, intensamente sonrojado.
—¡Yo no quería aparecer en mi maldita cama contigo!
—¡Y yo menos!—Spike camina por al cuarto gesticulando nerviosamente, lo señala acusadoramente, con el dedo—¡Es culpa tuya y de tu mente pervertida!
—¡Es tuya, maldito...punkarras vicioso!
—¡Sabía que querías esto desde que me volví corpóreo, Angelus, lo veía en tus ojos!
—¡No es verdad, eres tú el que me va siguiendo por los pasillos!
—¡Y una...mierda! –jadea Spike—¡Yo quería estar en un partido de...fútbol!
—¡Y yo en uno de hockey! –gime  Angel— ¡Viril! ¡Y...sangriento!
Spike jura un rato más entre dientes, caminando nervioso por la habitación. Angel no se mueve más que para devolverle las acusaciones cuando pasa por su lado y se le encara. Ninguno de los dos miran ni una sola vez más la enorme cama.
Al final Angel cruza los brazos y asiente muy serio, con un gesto.
—La piedra no funciona—dictamina.
Spike lo mira, se remueve sobre las botas polvorientas, luego se cruza también de brazos y asiente con la cabeza, enfáticamente.



—¿Cómo que no funciona?—Wes parpadea, se acerca a ellos, alarmado—Es una auténtica piedra porta necromantica afalensis
—Pues te la habrán vendido en un saldillo—gruñe Spike
—En absoluto, la compré en un sitio muy serio. Y pagué...una buena cantidad de dinero por ella.
—Pues es un fake—gruñe Spike, Angel asiente.
—Te han engañado—dice, soltando el trocito de piedra en la mano de Wes, como si fuera un bicho venenoso—Está clarísimo que no te lleva a donde más deseas estar ni de casualidad.
—Vamos, para nada. Todo lo contrario—apostilla Spike.
—Eso.
—Sí.
Wesley los mira a los dos, francamente extrañado, luego se acerca al escritorio. Sin tomar asiento abre un cajón del que extrae una lente parecida a las de los joyeros, con la que examina la piedra unos minutos. Deja las dos cosas sobre la mesa, con sus maneras cuidadosas, se acerca de nuevo a los vampiros.
—Es...raro, parece estar perfectamente. Esta piedra se sumerge en el subconsciente a través de ondas dimensionales milimétricamente ajustadas con la realidad emocional y psíquica de los sujetos y realiza un perfecto escrutinio de los deseos más íntimos y...fervorosos, canalizándolos a través del éter hasta darles forma tangible y...
—Pues con los vampiros no funciona—gruñe Angel, en voz un poco demasiado alta, Wes parpadea.
—Claro que funciona, con los deseos profundos, verdaderos de cualquier criatura que...
Que te he dicho que no—murmura Angel, sonrojándose de nuevo violentamente.
—La jodida piedra está rota—gruñe Spike, removiéndose nervioso—Además apesta.
—Oh—Wes parpadea, se quita las gafas, profundamente extrañado—Está...bien. la revisaré.
—Mejor tírala a la basura.—murmura Spike
—La...revisaré—susurra Wes.
El ex vigilante se queda mirando a los dos vampiros, sucios, cansados, llenos de golpes, extrañamente separados uno del otro en cada punta de la habitación. Los observa mirarse, de reojo, bajar la mirada, ir hacia la puerta, Angel con sus espaldas enormes, Spike con sus andares descuidados y el abrigo de cuero cubriéndole un poco las manos.
—Y...¿dónde exactamente os ha transportado la piedra?—les pregunta
Los vampiros se quedan parados, en seco, como movidos por un mismo resorte. Sin volverse. Unos segundos de silencio.
Luego Spike murmura una palabrota británica por lo bajo y huye a toda prisa de la habitación. Angel se vuelve, apenas unos centímetros, y murmura que no se acuerda. Luego sale también.

 

 

FIN