Miradas


Angel abre la puerta del despacho de Wes, entra, cierra tras de sí. Se detiene, sobresaltado, el despacho de Whydam-Pryce es un maldito desastre, el suelo entero está lleno de libros, papeles, pergaminos, las mesas, las sillas, los sillones. La luz de la lámpara de escritorio sigue encendida pese a que ya es de día. Huele a café, a té. Angel avanza la mirada por la sala, mirando los libros y legajos, hasta dar con las botas polvorientas de Spike. Sube la mirada hasta el sofá del fondo del despacho. Están ahí los dos, dormidos. Spike con la cara en el hombro de Wes, un grueso libro ha caído de su mano y descansa en el suelo, abierto. Wesley tiene la cabeza echada hacia atrás sobre el respaldo del sofá, la boca abierta. Lleva las gafas de leer puestas. Spike se remueve, echándose más contra el hombro de Wes, Wes no se despierta. Angel rumia algo ininteligible por lo bajo, en gaélico. Ese jodido Spike siempre le hace jurar en gaélico. Jodidos ingleses invasores asquerosos maricas. Los dos.
¿Se han quedado dormidos en ese sofá como dos bobos? Últimamente pasan mucho tiempo juntos. Demasiado. No sabe qué demonios tiene que hacer ese maldito Spike junto a Wesley Whydam-Pryce, imagen de la sensatez y la corrección donde las haya. Bueno… salvo esa vez, y esa otra. Y aquélla. ¿Y qué demonios han estado haciendo toda la noche? ¿Repasar libracos antiguos buscando alguna gilipollez? Bueno, Illyria, claro. Buscan información sobre cómo controlar a Illyria. Es que no entiende por qué Spike está ahí, qué tiene él que buscar, por qué ayuda al vigilante. No tendría ni que… acercarse a él.
Angel NO está celoso, es sólo que son idiotas. Posiblemente Spike sólo estaba molestando y Wes es demasiado inglés para mandarlo a tomar por el culo, donde se merece. Por qué ha tenido que venir a Wolfram y Hart, a fastidiarle a él. A remover el dolor de esos recuerdos… de esos deseos que nunca se le han ido del todo. A recordarle el daño que ha causado en el mundo, el que le ha causado a él.
Spike apenas se le ha vuelto a acercar desde aquella noche terrible, borrachos, en su despacho, por qué tiene que estar con Wes.
Spike dobla las piernas, acurrucándose en el sofá, resbala por el pecho musculoso de Wesley y cae hasta sus muslos, donde se acomoda. Wes se remueve un poco, las gafas se le ladean cuando vuelve la cara, apoyándola en el carísimo sofá.
—Esto es increíble— gruñe Angel, de pie en su pequeña islita de suelo libre de pergaminos, folios, hojas, libros, volúmenes, carpetas y trozos de papel con ilegibles apuntes. Se agacha cuidadosamente, coge un trozo de papel. No es la letra apretada, diminuta, casi ilegible del ex-vigilante, es la letra cuidada, victoriana, de Spike. Angel recuerda sus poemas de amor. Recuerda haber leído tantas veces sus estúpidos poemas de amor. Y los otros, los que ya no eran tan estúpidos. Aunque seguían siendo de amor. Un amor sucio, roto, pervertido, pero amor. Quizás aún guarda alguno, cuidadosamente doblado, por ahí.
Imbécil, romántico crío insoportable ¿por qué tiene que tener esa cara de paz, echado en los muslos de Wesley? Ojalá le babee los pantalones, se dice rencorosamente.
Lo mira, en silencio, inmóvil en su trocito de suelo. Las largas pestañas oscuras, la barbilla, la curva relajada de los labios. Tan  guapo. Angel avanza unos pasos y recoge el libro que había caído de la mano de Spike. Un volumen con vagas referencias a los Antiguos, en latín. Spike medio encima de Wesley se abraza a sus piernas murmurando algo en sueños. Angel aguza el oído pero no logra entender lo que dice. Wes suspira, se humedece los labios, se ladea un poco. Angel baraja la posibilidad de despertar a Spike de un golpe de libro en la cabeza, pero no lo hace porque no sabe a cual de los dos tiene ganas de tirar el libro en realidad.
Luego lo deja en el sofá, tras las piernas dobladas de Spike.
No quiere hacerlo, pero al retirar la mano roza un momento el rostro ladeado de Spike en una leve caricia, pasando el pulgar por la ceja que le partió esa cazadora en China. China le trae tantos recuerdos dolorosos. Nunca consigue entender que entre tanto… entre tantas cosa Spike siempre le reproche ésa.
Echa de menos que lleve el pelo largo, esos mechones rebeldes que le gustaba acariciar entre los dedos. Echa de menos tantas cosas. Algunas terribles que no debería. Retira la mano pasándola un momento por ese revuelto pelo radiactivo, espantosamente rubio, se incorpora.
—Idiotas— gruñe, y desanda sus pasos, sigilosamente, hasta la puerta. Al llegar, se vuelve hacia ellos de nuevo, un momento.
No le sorprende ver que Spike lo está mirando.
Le mantiene la mirada unos instantes y luego sale sin hacer ruido.

 

 

FIN