Comienzo

Antes de Lessons


Pero qué hacer si lo recuerdas todo, cuando lo recuerdas todo, cada aliento cada mirada, la persecución, la caza, el sabor de la sangre, el de los gritos, la última mirada, el ultimo aliento; como pedían piedad. No hay piedad, no la hubo entonces y no la hay ahora, para ti. Porque eres un monstruo y mil voces perfectamente definidas y recordadas te lo gritan cada minuto de cada día y ¿como se puede vivir con eso? Y por debajo de ellas las risas que te dicen no puedes matarte, que no puedes escapar, que lo que viene es aún peor.
Y no sabes como aliviar el chirrido de los gritos, ¿suplicar?, ¿pedir perdón? ¿A quién, a huesos, a polvo? Hace tanto tiempo de algunos de esos rostros, no sabes qué puedes hacer porque estás mas allá del arrepentimiento, solo estás en el dolor, sintiéndote la criatura más sucia y miserable de los infiernos.

Y no comprendes como lo ha soportado Angel, ni sabes como vas a hacerlo tú.
Simplemente no puedes cerrar los ojos, no sin enloquecer aún más. Todavía un poco más.
Si hubiera sido solo por comer, quizás podría escudarse, pero no era sólo por eso, te gustaba el crujido, el poder, la rabia, correr muy deprisa y destruirlo todo. El color de las llamas el color de los gritos el crujido de los huesos al romperse. Y a veces no sabías ni lo que estabas haciendo pero otras sí eras consciente, y aun así lo hiciste -puedes recordar cada sonido cada aroma cada mirada de terror, de dolor y de reproche- y te gustaba, sabes que te gustaba.
Y entonces con la boca llena de saliva por recordar el sabor de la sangre, mientras lloras de miedo y de rabia y de arrepentimiento te das cuenta de esa verdad tan sencilla. Que es verdad que eres un monstruo, salivando mientras escuchas los gritos.
Y mientras todos los fantasmas se ríen, (Drusilla, el Maestro, la muchacha del cabello rubio) te das cuenta de que tienes que volver con Buffy. Porque a lo mejor el único rayo de esperanza que te queda, lo único que puedes hacer, es intentar salvar a algunos. Y comprendes por primera vez por qué se agarró Angel a esa tabla de salvación que suponía ella, tras tantos años de intentarlo todo. Volver a ser un vampiro, simplemente vegetar, intentar vivir de nuevo sin importarle nada, caer y rendirse y terminar absolutamente hundido.
Es Angelus el que más se ríe ahora, pero no le haces caso. Entonces él se acerca a donde estás tirado, -el suelo de un almacén viejo, un sótano, algo oscuro lleno de podredumbre qué mas da, quizás una tumba- y adopta una postura paternalista, casi clerical.
—Haberla dejado es lo mejor que pudiste hacer. No sirves para nada, y ella no te serviría de nada. Te lo dije en Paris ¿recuerdas, William? No hay escapatoria.
El fragor dentro de tu cabeza casi se silencia por tu propio dolor. Y entonces te das cuenta de que ya lo has hecho antes, ya has intentado acallar el dolor y los gritos y el horror. En algunas ocasiones, aunque estuvieras al otro lado... en el lado de los demonios sin alma. No es algo tan nuevo.
Quizás puedas intentar acallarlos lo suficiente como para... como para...
En realidad tú siempre has vivido en el infierno, y quizás por eso al cabo de un tiempo de intentarlo, consigues -solo puedes aspirar a lograr esa gracia- que los gritos las voces y las miradas de asco rabia y terror queden un poco por debajo del mundo, al nivel de un murmullo de olas. Un mar de sangre en calma que late al compás de tus recuerdos, que en cualquier momento puede volverse embravecido y fulminarte.
Pero no hoy.
—No me despedí de ella—dices, en voz baja, como para ti mismo, aunque sabes que los fantasmas pueden escucharte— Nunca le dije que me iba.

Entonces te pones en pie, trabajosamente, y miras de reojo a Angelus.
—Yo nunca la he dejado. Mate.
Luego echas a andar tambaleante, a trompicones, buscando la salida. Corriendo contra el amanecer que ya se huele en el ambiente.

 

 

FIN