Cosas que no hay que decir




Todos sus hombres la han dejado, y a todos les ha dicho te quiero.
Salvo a Spike, por supuesto. Que sigue ahí y no la ha dejado. La deducción casi mueve a risa aunque a ella le dan ganas de llorar, un dolor en la garganta que ahoga soltando alguna palabra hiriente, o dándole algún empujón para provocar una pelea.
Ella le dijo a Angel que lo amaba, y él simplemente se marchó. Se lo dijo también a Riley, y la dejó aquella noche. Cree que quizás hasta se lo dijo a aquel idiota de la universidad con el que sólo llegó a echar un polvo. Pasó de ella el mismo día, claro.
Desde luego se lo dijo a su padre. Incluso, aunque no lo recuerda muy bien, quizás se lo dijo a Giles en algún momento. Giles que se ha marchado a Inglaterra, abandonándola también.
Todos tenían sus motivos y razones, válidas o no, y además la gente se deja continuamente, pero ella no puede dejar de preguntarse si... la habrían dejado con tanta facilidad de no haber dicho ella esas palabras.
No se trata de eso de aburrirse de lo que ya se ha conseguido, o no de que una vez que te creen segura pierden interés. Eso que le pasa a la gente, cuando se casa. No es eso, Buffy no cree que se trate de eso.
Piensa que es algo... místico. Mágico, lo que sea. Una suerte de maldición oscura que pesa sobre su destino, como todo eso de ser la Cazadora y tener que estar sola. Quizás incluso va con el lote. Como si un duende negro, reseco y malévolo estuviera al acecho sobre su hombro, listo para atacar embrollando las cosas cuando ella reconoce que ya no está sola.
Cuando dice te quiero.
Sabe que es sólo una estupidez pero... ¿y si no lo es? En su mundo las casualidades no existen, y sí la magia, los conjuros, las cosas tan increíbles que no pueden ser ciertas. Demasiadas victorias en el último segundo, demasiadas veces de salvarse por los pelos -ella, sus amigos, el mundo entero-, demasiados golpes decisivos que parecen fruto de una ayuda oculta, sobrenatural. Ella no cree en ángeles, pero sabe que existen los demonios, así que realmente no sabe qué pensar.
Meditándolo fríamente, qué puede perder. El va a estar a su lado de todos modos. Spike la quiere, con esa extraña fidelidad animal.
Aunque pensar en perderlo le pone un nudo de angustia dentro que le impide respirar. Más que con nadie, más que con ninguno. No puede perder a Spike y sabe lo que significa eso. Que las palabras -las que no quiere, las que no puede decirle- le queman por dentro como cuchillos al rojo.
—Te quiero—le susurra él. Los labios contra la piel del hombro, del cuello. Buffy apoya la cara contra su frente, aspirando hondo su aroma, sintiendo su tacto, su calidez. Luego lo mira a los ojos tragándose el amargor de la garganta y le susurra:
—Yo no te quiero.
Spike aprieta los labios, en un gesto resentido. Le huele la mentira en la voz, en la mirada que intenta ser dura, en cada uno de los poros de la piel. Le huele que tiene que morderse la lengua para no gritar lo que de verdad siente.
Ladea la cara, con los ojos fijos en los de ella. Ella retira la mirada primero.
Luego Spike se levanta de la cama, se viste, se pone el abrigo. Gruñendo algo por lo bajo acerca de que está de un humor de perros, de ir a por cerveza, o de que se aburre, o algo de patear unos culos de demonio. Quizás todo a la vez, Buffy no lo escucha, perdida en su tristeza, mientras se viste también.
Pero cuando él se la tiende se coge de su mano, y salen juntos de la cripta.


FIN